A propósito del 8M

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Hoy es 8 de Marzo, Día Internacional de la Mujer (de las mujeres). Todos los días del año deberían ser 8-M porque es necesario que el Feminismo avance en una época como la nuestra en que las desigualdades no solo sociales e internacionales sino también de género se están acentuando porque las respectivas ideologías en las que se anclan están extendiéndose peligrosamente, sobre todo entre los y las menores de 30 años. En este, como en otros ámbitos, la confusión y las mentiras o medias verdades reinan por doquier. Está de moda decir que «no hay que ser machista pero tampoco feminista»: una frase estúpida, pero que está siendo devastadora, que presenta al machismo y el feminismo como dos ideologías simétricas respecto a las cuales habría que adoptar una sana equidistancia. Pero la frase refleja un muy grave error que es imprescindible desnudar. Lo inverso del machismo no es el feminismo sino el hembrismo (que apenas existe): tanto el uno como el otro afirman la supremacía de un sexo-género, en el primer caso el masculino y en el segundo el femenino. El supuesto objetivo del feminismo (en realidad lo sería del hembrismo) sería el de «darle la vuelta a la tortilla», sustituyendo una supremacía por otra. Falso de todo punto. El feminismo no es la antítesis del machismo sino la superación tanto de este como del hipotético hembrismo. Plantea la igualdad de derechos y de oportunidades entre mujeres y hombres y también el derecho a la diversidad de orientaciones sexuales, de sensibilidades y de modos de ser personas. Cuestiona y lucha contra la ideología del patriarcado, pero no para establecer un «matriarcado» que, además, nunca existió en la historia de la humanidad.

Es preciso hacer pedagogía ante tanta confusión, sea provocada o ingenua. Y una de las fuentes de esta confusión es el dogma atribuido al marxismo (difícilmente a Marx aunque quizá con cierta razón a Engels) de que todas las desigualdades son resultado de las desigualdades de clase. Es esta una afirmación totalmente equivocada porque las desigualdades de sexo-género, así como las desigualdades entre pueblos definidos por su cultura, formas de vida y creencias, son muy anteriores a la aparición de las clases sociales. La utilización tradicional de la denominación «sociedades igualitarias» a todas aquellas en las que no existieron clases es una aberración histórica y antropológica. La dominación de los hombres sobre las mujeres, en sus diversas formas, es muy anterior, en decenas de miles de años, a la dominación de una clase sobre otras (como también lo es la relación dominadores/dominados entre diferentes grupos étnicos).

Las desigualdades de clase, las desigualdades étnicas (o etnonacionales) y las desigualdades de sexo-género son los tres ejes que estructuran el Sistema social de desigualdades. Tres ejes que funcionan de forma imbricada y no independiente, pero sin que ninguno de ellos sea una consecuencia de otro. Lo que fue olvidado, o incluso rechazado durante mucho tiempo, por los partidos y organizaciones de clase considerando que las desigualdades de sexo-género y las etnonacionales desaparecerían si la lucha de clases hiciera desaparecer a estas. Con lo que se desatendieron los otros dos ejes como subsidiarios y tuvo que ponerse en marcha, en medio de múltiples dificultades e incomprensiones, un movimiento (nunca partido) feminista independiente para denunciar la opresión y discriminación de las mujeres y para luchar contra la ideología patriarcal (también opacada por la atención casi exclusiva a la ideología del capitalismo).

Sería bueno que en un Día como el de hoy nos comprometiéramos en profundizar en estas cuestiones -que no son simplemente académicas sino de un enorme calado político-, así como en la relación entre los diversos movimientos emancipatorios. Están muy bien las movilizaciones en las calles y las campañas (aunque no pocas de las que realizan instituciones políticas dejan no poco que desear), pero es fundamental hacer pedagogía. Contra el tsunami derechista que amenaza con revertir incluso gran parte de lo conquistado por el movimiento feminista, la pedagogía es un arma fundamental e insustituible.