Cabalgatas de ‘reyes’

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Aunque la dramática situación en Venezuela, Gaza, Ucrania, el Sahara Occidental, Nigeria y muchos otros lugares del planeta siguen siendo el centro de nuestra atención (y de nuestras solidaridades y necesarias condenas de las terribles violaciones de los derechos humanos), hoy es en la gran mayoría de las ciudades y pueblos andaluces el día de las cabalgatas de reyes. Sin que ello signifique, en modo alguno, desatender todo lo anterior, conviene también analizar -y más quien, como yo, sea antropólogo- a lo próximo, a lo cercano. Hoy es 6 de Enero y ayer salieron las Cabalgatas. Es esta una fiesta de raíz contemporánea. La más antigua de todas, la de Sevilla, tiene poco más de un siglo, pero se ha consolidado como la tercera fiesta en importancia de la ciudad, tras la Semana Santa y la Feria, con características que merecen ser destacadas.

En primer lugar, se trata de una fiesta laica, de la sociedad civil, aunque, como todas las fiestas en nuestro ámbito civilizatorio, tiene de fondo un relato religioso que arranca de los propios evangelios, sobre todo apócrifos, y se extiende en el Medioevo: los tres continentes o “razas” y las tres edades humanas (vejez, madurez y juventud) reconocen la divinidad del Niño-Dios a través de tres sabios o “magos” -lo de reyes fue un aditamento posterior- que supieron leer su nacimiento en las estrellas y le ofrendan oro, incienso y mirra. En realidad, y aunque el 6 de enero sea para la Iglesia Católica fiesta de guardar, no es porque se conmemoren las figuras santificadas a las que se dio el nombre de Melchor, Gaspar y Baltasar, sino porque se celebra la Epifanía (que no tiene nada que ver con este relato). A pesar de ello, en nuestra tradición eurocristiana el 6 de enero quedó señalado como el día para practicar “el don” basado en la reciprocidad, sea esta generalizada -sin contrapartida inmediata- o de intercambio -dar para recibir-. (El antropólogo y sociólogo Marcel Mauss escribió con maestría sobre las diversas modalidades del don en diferentes culturas del mundo).

Pues bien, en Sevilla un poeta soñador y andalucista, José María Izquierdo, se inventó, como una de las actividades culturales del Ateneo -faro cultural de la ciudad en la segunda década del siglo XX-, que los tres reyes llevaran regalos, y sobre todo ilusión, a niños desvalidos para que también ellos recibieran regalos en este día. Este fue el origen de la Cabalgata que, con el tiempo, ha llegado a convertirse en la tercera fiesta de la ciudad, tanto por la espectacularidad y número de integrantes de su cortejo como, sobre todo, por la masiva participación popular: una participación que es transversal porque, aunque son los niños los sujetos indiscutibles de la fiesta, es intergeneracional e interclasista. Y se trata también de una participación activa porque las decenas de miles de personas que nos echamos a la calle no somos simples espectadores pasivos ni palmeros sino también, al menos en parte, protagonistas: todos tratamos de coger al vuelo los caramelos que nos tiran desde las carrozas -dicen que unos cien mil kilos este año- o de preservar nuestras narices o nuestras gafas de los golpes de estos.

Contrariamente a lo que ocurre en otros lugares, en Sevilla la Cabalgata sigue siendo organizada por una entidad civil, el Ateneo, y esto la ha preservado de la pasión oficialista -municipal y/o eclesiástica- por protagonizarla como ocurre con la gran mayoría de las fiestas populares. Tampoco ha sido absorbida por el cofradierismo que parece invadirlo todo. Y todavía no ha sido subsumida por el Mercado, al menos a escala global. También sigue siendo efímera: nace y se agota en unas horas, aunque quede el corolario de las mucho más modestas cabalgatas de barrio y ahora también se extienda por delante en actos diversos -quizá ya demasiados- aunque de alcance relativo: pregón, coronaciones, salida de heraldos y pajes y otros prolegómenos.

Tres peticiones haría yo al Ateneo para que la fiesta de la Cabalgata siga siendo para Sevilla un “hecho social total” (que es categoría que utilizamos los antropólogos para dar cuenta de los fenómenos culturales pluridimensionales que involucran, de una u otra manera, a los diferentes grupos sociales). La primera, que mantenga la independencia de la Cabalgata de los tres poderes que intentan capturarlo todo para introducirlo en su lógica exclusiva: el poder eclesiástico, el poder de las instituciones políticas y el poder del mercado. La segunda, que contribuya a avanzar en la integración social nombrando cada año a una mujer para que encarne a Melchor o Gaspar y a un sevillano o sevillana negros (a un inmigrante o hijo/a de inmigrante) para que haga de Baltasar. Ello conllevaría que una mujer se disfrazara de hombre y que un hombre blanco dejara de embetunarse para parecer un negro. Ni lo uno ni lo otro sería percibido externamente y sí haría de la Cabalgata una verdadera fiesta intergéneros y pluriétnica. Y una tercera petición, con el objetivo de hacer la comitiva más interclasista y democrática: romper la barrera económica que imposibilita a la gran mayoría de los sevillanos poder ser rey mago y a la gran mayoría de las niñas y niños disfrutar arriba de las carrozas. Representar a Melchor, Gaspar o Baltasar no debe depender de cual sea la cuenta corriente o el cargo político de los aspirantes a encarnarlos, sino que debería ser un reconocimiento al trabajo, a la excelencia en el ámbito de las artes o las ciencias, o a la labor social de personas significadas. Y las carrozas deberían estar integradas por niños/niñas de colegios de los diversos distritos y barrios, para garantizar su representatividad y fomentar la cohesión social de la ciudad. Porque todos los barrios son Sevilla.

Pienso que estas consideraciones servirían también, adaptándolas a las variables locales, para las Cabalgatas que se organizan en los diversos lugares de Andalucía.

Todos los día 5 de enero, durante casi una hora, nos sumergimos con nuestros hijos y nietos en el fragor de las Cabalgatas. Hoy, desde muy temprano, los niños -y muchos ya no niños- recibirán sus regalos. Se cumplirá, un año más, el rito de la reciprocidad (que es un pilar central de toda sociedad humana). Y tras el corto paréntesis, volveremos a nuestra cotidianidad, a nuestros problemas y solidaridades. No es traicionar estas últimas, ni excusa para evadir responsabilidades, festejar la vida de acuerdo con nuestras tradiciones culturales. Al contrario, la alegría es hoy -lo ha sido siempre- una forma de resistencia.