El nuevo desorden del mundo

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Tras atacar militarmente a Venezuela con más de 120 aeronaves y secuestrar a su presidente y esposa, quien se cree emperador (o sheriff supremo) de Occidente y quizá del mundo, dio una rueda de prensa en la que quedó reflejada toda la zafiedad y falta de pudor del personaje y su desprecio por el Derecho Internacional. Presumió de su poderío militar, afirmó que iba «a dirigir ese país (Venezuela)», aunque no explicó cómo, y a «restituir las empresas petrolíferas a manos de empresas norteamericanas», advirtiendo a otros países, en primer lugar Cuba, de que les impondría que fueran «buenos vecinos». Incluso se permitió menospreciar a la líder de la oposición venezolana porque él tiene otros planes y otros cómplices que le parecen más seguros. La guinda del espectáculo fue la retransmisión televisiva en directo de la bajada de los secuestrados, encapuchados, por la escalerilla del avión que los condujo a USA.

A la espera de cómo responden las instituciones y el pueblo venezolano, la agresión imperialista a un estado soberano -cuyo régimen puede gustar o no, pero cuya existencia en modo alguno justifica una intervención armada exterior- va a tener consecuencias no solo regionales de alcance potencialmente muy graves para la paz mundial. Si Estados Unidos puede intervenir militarmente en un país, con total impunidad, para derrocar el régimen establecido, ¿por qué no puede hacerlo Rusia en Ucrania y otros países europeos, o China en Taiwan? La impunidad con que Israel, con sus intervenciones armadas en Palestina (genocidio en Gaza y colonización de Cisjordanía) y también en Líbano, Siria y otros países, sienta un precedente más que significativo. Pero, además, es una quimera pensar que un reparto, hoy, de áreas de influencia entre las superpotencias, aun siendo injusta y contraria a los intereses de la humanidad, podría suponer una cierta estabilidad. Quienes eso creen no tienen en cuenta el factor que es hoy más determinante: la existencia de grandes corporaciones económicas, principalmente financieras y de comunicación, con un poder que desborda la capacidad de decisión política de los estados, por poderosos que estos sean. Corporaciones globalizadas y globalizadoras para las que no es aceptable un planeta dividido en áreas de influencia. Porque lo quieren todo, sin límites legales ni territoriales.

Defender la soberanía de los pueblos-naciones (que no equivalen, sin más, a los estados actualmente existentes), su derecho a autogobernarse libremente y la solidaridad entre ellos es la única alternativa posible para tratar de detener este tsunami que amenaza la propia continuidad de la vida humana en el planeta.