La fragilidad de la razón

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Pocas cosas más devaluadas en la sociedad de masas que la razón, pues con ella es una pérdida de tiempo concitar vínculos sociales cuando sucede que toda la realidad ha sido asaltada y cosida de punta a punta por el miedo, la inseguridad, la inquietud, lo irracional, el fanatismo y la violencia. En este estado de cosas, unir inteligencias singulares en una razón común es si no imposible, algo milagroso.

Nos movemos entre dos polos, la sociedad masa surgida del capitalismo que  no sabe qué hacer con los individuos, pues ni los quiere ni los reconoce como sujetos racionales; y el liberalismo político, que al no reconocer más que al individuo no sabe cómo vincularlos entre sí.

Tradiciones y hábitos que se pueden montar de un día para otro, mimesis, repeticiones, fanatismos, eslóganes, discursos superficiales y líderes carismáticos con supuestos superpoderes tratan de paliar el vacío en el que flotan los sujetos políticos, llenar un inconsciente de comunidad que no existe, que fue destruido por el progreso técnico, la globalización del modelo económico neoliberal y el desarme moral triunfante de la postmodernidad.

Estado y Capitalismo no se separan demasiado, porque saben, como demuestran las periódicas crisis (económicas, políticas, coloniales), que se necesitan; y la mayoría de las personas los defiende y justifican porque, a pesar de que son profundamente injustos y para la mayor parte de la humanidad lo único que han significado es explotación, opresión, muerte y sufrimiento, a los que viven en el norte rico aún les compensa, y lo que es peor, son incapaces de vislumbrar ninguna otra alternativa, porque para ellos, fuera del Estado y el Capital solo hay caos y terror.

Queremos construir una comunidad pero el problema gordo es que solo tenemos a las masas, con su infantilismo social, con su irracionalidad colectiva y su analfabetismo político, para ello. No podemos apelar a lo ancestral o la nostalgia, a lo popular o al pueblo que tan buenos réditos dio a los totalitarismos porque volveríamos, en base a esas mismas u otras mistificaciones y falsificaciones, a poner en marcha otro nuevo proceso histórico de irracionalidad colectiva; por lo tanto hay que aprender a hacer lo más difícil, operar políticamente dentro de las masas, extender, en el territorio de lo espectacular por excelencia, los valores libertarios, con toda su fragilidad, con toda nuestra rabia. La crisis económica y social, el desprestigio de los partidos y la democracia representativa, las tensiones en la agenda neoliberal y las derivas biocidas del tardocapitalismo nos ayudarán en ello.

Necesitamos pensar el mundo y nombrarlo con palabras que sean nuestras, necesitamos un proyecto común que nos una, que sirva para agrupar las partículas del cuerpo social, enlazar las voluntades flotantes, más aún ahora que los procesos de descomposición del régimen estatista y el capitalismo afloran con todas sus contradicciones y exhibe a nuestro alrededor sus efectos más pavorosos. Necesitamos salir de un juego, su juego, en el que no podemos ganar. No creo que haya otra manera de salir de un mundo inmoral que apelando a la moral, una moral que permita y facilite soluciones políticas y económicas radicales.

Colin Ward, en Anarquía en Acción: la práctica de la libertad, nos recuerda cómo la ayuda mutua o la cooperación voluntaria, constituye un instinto tan poderoso en la vida humana como son la agresividad y el impulso de dominación. El Estado no es algo que pueda ser destruido por una revolución, sino que es una condición, una determinada relación entre los seres humanos, un tipo de comportamiento; podemos destruirlo creando otras relaciones, comportándonos de manera diferente. La gente no tendrá la oportunidad de madurar a menos que lo haga por sí misma, a menos que se involucre activamente en dar forma a su vida en común. La elección entre soluciones libertarias y soluciones autoritarias acontece en cada instante.

Por lo tanto, la cuestión de fondo no consiste en decidir si la anarquía es posible o no, sino en saber si podemos ampliar el alcance y la influencia de los métodos libertarios, y que estos se conviertan en los criterios habituales por los que los seres humanos organizan su sociedad. ¿Resulta viable, entonces, una sociedad organizada según criterios anarquistas?, porque está claro que se puede imponer la autoridad, ¿pero se puede imponer la libertad?

No necesitamos muchas cosas para vivir, como vocea el capitalismo, necesitamos mucho tiempo para el ocio, para convivir, para disfrutar de los demás, para producir bienes relacionales, para entregarnos con empatía con el resto de los seres sintientes, para cuidar y ser cuidados, para amar y ser amados, para preservar nuestro entorno, para decrecer, para que la razón tenga alguna oportunidad, para sentir que la vida tiene sentido más allá de nuestro ombligo. El anarquismo constituye una afirmación entusiasta de la dignidad y la responsabilidad, de la igualdad en la completa promoción de las diferencias entre los seres humanos. No es un programa para obtener el cambio político, sino un acto de autodeterminación social encaminado a que nuestras vidas no solo sean más libres y verdaderas, sino también más justas, más bellas, más alegres, mejores, más empáticas, menos ciegas; unas vidas, en suma, cimentadas en el  amor, la compasión, los cuidados y la biofilia. Si lo conseguimos, estaremos, sin duda, ante la victoria de lo humano mejor presidido por la razón y la libertad, pero si fracasamos, si somos derrotados, nuevos monstruos políticos harán su aparición en el horizonte, quien sabe si por última vez, antes de ser engullidos por el abismo social y ecológico hacia el que nos encaminamos.