Se cumplen 50 años de la muerte de quien puso alrededor de su cabeza, en todas las monedas, la inscripción «Caudillo de España por la gracia de Dios». Ahà es nada como definición de sà mismo. Mejor deberÃa haber puesto «dictador militar-fascista por el apoyo al golpe de estado de 1936 por parte de Hitler y Mussolini y el abandono de la República por los estados democráticos europeos».
Pocas semanas antes de su muerte, aún tuvo arrestos para aparecer en el balcón de la Plaza de Oriente y desgañitarse denunciando la «conspiración masónico-izquierdista contra España», como calificó a la oleada de protestas, incluyendo la del Papa, que se desencadenó en el mundo por las cinco ejecuciones perpetradas en septiembre.
En aquella madrugada del 20 de noviembre se anunció su muerte. Ninguna celebración ni expresión de alegrÃa pudo tener lugar, sino que fue la incertidumbre y la inquietud por lo que podrÃa pasar la nota dominante. A sus funerales acudió nada menos que Pinochet, el siniestro dictador chileno. Y, tal como estaba previsto -«atado y bien atado», les gustaba decir a los franquistas-, al cumplirse las «previsiones sucesorias» Juan Carlos de Borbón fue coronado «jefe del Estado a tÃtulo de rey» jurando lealtad a los principios del Movimiento Nacional.
En realidad, el franquismo sin Franco se prolongó, en estado puro y duro, hasta más de un año después. En diciembre de 1976 se aprobó una Ley de Reforma PolÃtica que abrÃa una reforma del franquismo cerrando la puerta (con el consenso de los dos más importantes partidos de la oposición, el recién refundado PSOE y el PCE) a la ruptura democrática que hasta entonces habÃan defendido todas las organizaciones y movimientos democráticos durante la dictadura y por la que sufrieron represalias, prisión y hasta la propia muerte tantos antifranquistas.
Quizá si Franco hubiera muerto dos o tres años más tarde la correlación de fuerzas hubiera sido mucho más favorable a una ruptura real con su Régimen (como habÃa sucedido en Portugal en 1974) porque ello habrÃa supuesto, a costa, sin duda, de una prolongación del sufrimiento, un mayor fortalecimiento de los movimientos y organizaciones populares que trataban de derrocar la dictadura. Nunca sabremos esto con seguridad. Lo que sà ocurrió fue una reforma pactada y una transición «tutelada» por las «fuerzas fácticas», es decir, por el ejército, los cuerpos represivos y gran parte de la judicatura, que dio lugar a una democracia (o mejor, partitocracia) de baja intensidad, pero que sà cumplÃa los requisitos mÃnimos de los estados europeos para que España pudiera incorporarse a las instituciones del continente -el Mercado Común, la OTAN…-, como era ya necesidad perentoria para posibilitar el desarrollo del capitalismo español.
La Constitución del 78, con su mezcla de afirmaciones democráticas y de supervivencias franquistas, asà como los Pactos de la Moncloa, fueron resultado y reflejo de esa transición en la que el mango de la sartén nunca cambió de manos con la aceptación de las cúspides de los dos grandes partidos a cambio de su legalización y de unas elecciones, las de junio del 77, cuyas normas -además- garantizaban el triunfo de los franquistas reconvertidos (a través de la UCD encabezada por Suárez).
No pocos, hoy, reconocen ya las limitaciones de esa supuestamente modélica transición, pero las achacan a que «no pudimos hacer más». Sin entrar en lo que tiene de más que discutible esta afirmación, lo que ni estos, ni otros, dicen, es que a partir de finales de 1982, con la mayorÃa absoluta prácticamente en todas las instituciones polÃticas del PSOE de Felipe González-Alfonso Guerra, y durante varios años, sà hubo una clara ocasión para profundizar en la democracia, aprovechando las posibilidades presentes en la propia Constitución, y desmontar las estructuras no democráticas en las que pervivÃa el franquismo. Pero no se hizo porque no hubo voluntad polÃtica alguna de hacerlo. De ahà que ese partido haya sido desde entonces, y continúe siendo, a pesar de algunas apariencias, la columna vertebral y el eje del régimen de la Segunda Restauración Borbónica, o «Régimen del 78»: una combinación entre principios democráticos y estructuras no plenamente democráticas.
Los lodos actuales, y el auge de la extrema derecha, no son aquà explicables como simplemente un eco local de una tendencia global, sino que son también, en grado muy alto, resultado de aquellos polvos que no fueron barridos tras la muerte del dictador. Entre esos polvos está el pacto de silencio sobre los crÃmenes de la dictadura, la garantÃa de impunidad sobre sus responsables, la no reforma de instituciones fundamentales, la sacralización de la España «una y grande», la no explicación de nuestra historia reciente en las instituciones escolares y en los medios públicos de comunicación y la tolerancia con sÃmbolos, asociaciones y lobbies claramente antidemocráticos y franquistas que sobreviven hoy, aunque se cumpla ya medio siglo de la muerte de Franco. Si no tenemos en cuenta todo esto, es imposible entender nuestro presente.
