12 de octubre: los pecados de la conquista

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Isabel de Castilla estaba en el campamento militar de Santa Fe, cerca de Granada, donde había impuesto un asedio permanente a la capital del reino nazarí, que estaba a punto de capitular por hambre y frío. Y en eso, se presentó Cristóbal Colón para prometer a su católica majestad nuevas tierras allende los mares y mucho oro. Y para maquillar esta guerra de conquista y saqueo, dijo que el objetivo era evangelizar a los pobladores de aquellas tierras ignotas. Colón convenció a la reina y pisó tierra del nuevo mundo el 12 de octubre de 1492. El  propio Almirante dirigió en persona la primera campaña militar contra los indígenas de la Dominicana. Como era de esperar, éstos se resistieron, ya que adoraban al Sol y a la Luna, y no querían un dios extraño, intolerante, vengativo y obsesionado con el oro. A Cristóbal Colón le siguieron otros conquistadores, que también llegaron con la cruz y, sobre todo, con la espada; es decir el mismo método evangelizador que antes habían utilizado con moriscos y judíos, en las tierras conquistadas de Al-Ándalus.

La mayoría de los conquistadores eran aventureros sin escrúpulos y con mucha ambición, como Hernán Cortés, que asedió la capital mexicana, provocando la muerte de más de 100.000 aztecas. Y más tarde, Francisco Pizarro, conquistador del Perú, que ordenó abrir fuego contra los indígenas rebeldes y ejecutó a Atahualpa. La conquista de América fue, por tanto, la historia del genocidio y saqueo que sufrieron las comunidades precolombinas. Y cuando la población indígena quedó gravemente diezmada por la explotación y las epidemias traídas del viejo continente, entonces fue sustituida por esclavos procedentes de África, Un crimen contra la humanidad que se prolongó hasta el siglo XIX y en el que participaron negreros españoles. Fue la gran contribución de España al esclavismo, que el actual gobierno español también pretende ocultar.

Por este motivo, el presidente de México, Manuel López Obrador, ha pedido a Felipe VI, heredero de la monarquía española, que se disculpe por los abusos cometidos durante la conquista y la colonia: “lo he pedido de manera muy respetuosa, que ofrezca disculpas por lo que se llevó a cabo de manera abusiva en nuestro país con las comunidades originarias, la represión que hubo, los asesinatos masivos, el exterminio. Pero el Estado español no lo ha entendido así, se ha sentido ofendido y creo que actúa con soberbia”. López Obrador ha hecho esta reclamación en 2021, pues su gobierno conmemora 500 años de resistencia indígena y 200 años de la declaración de la independencia de México. Y el propio López Obrador se pregunta: ¿Valieron la pena tantas muertes? ¿Tanto pueblo arrasado, saqueado y quemado? ¿Tantas atrocidades ordenadas por el mismo Cortés?

No es la primera vez que descendientes de pueblos subyugados piden a la monarquía española que se disculpe. En el año 2002, la Plataforma Granada Abierta invitó a la ciudad de la Alhambra a Mohamed Ibn Azzuz Hakim, historiador y autor del libro La Tragedia de Al Ándalus. Azzuz Hakim también pidió a Juan Carlos I que se disculpara por la expulsión ilegal e injusta de los moriscos, pero esas disculpas nunca llegaron. Los únicos que sí han recibido esta reparación moral han sido los judíos sefardíes, lo que ha creado un agravio comparativo con los moriscos y con los indígenas de América.

Paco Vigueras y un portavoz de la comunidad boliviana sostienen la wipala o bandera indígena, durante una manifestación en Granada.

Sobre la conquista de América hay también una actitud negacionista, representada por Marcelo Gullo Omodeo, autor del libro Madre Patria, pues considera que “los abusos cometidos contra los indígenas son una leyenda negra urdida por los británicos, enemigos históricos de España”. Marcelo Gullo pretende hacernos creer que los conquistadores españoles fueron poco menos que libertadores de América Latina. Sin embargo, el propio Vaticano ha reconocido los pecados de la conquista y son mayoría los investigadores que han documentado la brutal guerra colonial y el saqueo de las comunidades precolombinas, dando la razón al presidente mexicano López Obrador.

Por ejemplo, el cronista uruguayo Daniel Vidart nos dice que los capitanes de la conquista advertían a la población indígena sobre las consecuencias de no convertirse a la santa fe católica: “Si no lo hiciereis, yo entraré poderosamente contra vosotros y os haré la guerra. Os sujetaré al yugo y obediencia de la iglesia y de su Majestad, y tomaré vuestras mujeres e hijos y los haré esclavos”. Asimismo, John Maximino Muñoz Telles, especialista en Cultura Indígena Latinoamericana, añade que, en el siglo XVI, españoles y portugueses exterminaron a más de sesenta millones de indios: “La mayor masacre en la historia de la humanidad. Eso ocurrió aquí, en nuestra Latinoamérica, y no hay ni un triste museo del holocausto indígena”. Incluso Francisco López de Gomara, cronista partidario de los conquistadores, confiesa: “Denuncié en numerosas ocasiones los excesos de violencia y de codicia de los soldados españoles y su comportamiento contrario a los principios cristianos”.

Sin olvidar a Eduardo Galeano y su magistral libro Las venas abiertas de América Latina, en el que nos dice: “La hazaña del Descubrimiento de América no podría explicarse sin la tradición militar de guerra de Cruzadas que imperaba en la Castilla medieval, y la Iglesia no se hizo rogar para dar carácter sagrado a la conquista de las tierras incógnitas del otro lado del mar. Un puñado de caballeros, 200 infantes y unos cuantos perros, especialmente adiestrados para el ataque, diezmaron a los indios. Y más de 500 años después – afirma Galeano -, América Latina sigue trabajando de sirvienta para necesidades ajenas, como fuente y reserva del petróleo y el hierro, el cobre y la carne, las frutas y el café, las materias primas y los alimentos con destino a los países ricos que ganan, consumiéndolos, muchos más de lo que América Latina gana produciéndolos”.

“Es América Latina, la región de venas abiertas –continúa Galeano-. Desde el Descubrimiento hasta nuestros días, la tierra, sus frutos y sus profundidades ricas en minerales, los hombres y su capacidad de trabajo y de consumo, los recursos naturales y los recursos humanos se acumulan en lejanos centros de poder…Nuestra riqueza ha generado siempre nuestra pobreza…Entre los 280 millones de latinoamericanos, hay 50 millones de desocupados o subocupados, cerca de 100 millones de analfabetos y la mitad de los latinoamericanos vive apiñada en viviendas insalubres”. Eduardo Galeano parece que está hablando de Andalucía, pues aquí ocurre lo mismo que en América Latina, desde la conquista de Al-Andalus: nuestra riqueza se acumula en lejanos centros de poder y ha generado siempre nuestra pobreza.

Y sin embargo, parece que el Estado español ha olvidado lo que hizo en América. Por eso, vemos monumentos dedicados a Cristóbal Colón e Isabel la Católica, que presiden nuestras plazas. Y recordamos como héroes a Hernán Cortés y a Francisco Pizarro, cuando en realidad fueron villanos; es decir, buscadores de oro y exterminadores de indios. Y lo peor. Es difícil entender que la Gran Cruz de Isabel la Católica siga siendo una de las máximas condecoraciones de un Estado, como el español, que se supone democrático. Y que la conceda a Iván Duque, presidente de Colombia, acusado de crímenes contra la humanidad. No es el único. El emérito Juan Carlos I llegó a premiar con esta medalla de la vergüenza a dictadores como el argentino Jorge Rafael Videla o el uruguayo Gregorio Álvarez., responsables de regímenes militares, con las manos manchadas de sangre, que dejaron miles de desaparecidos en estos países latinoamericanos. Por todo esto, con motivo del 12 de octubre, la monarquía española debería reconocer, como ha hecho el Vaticano, los pecados de la conquista.