A vueltas con las “celebraciones” ignominiosas

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El pasado día 13 de mayo se “celebró” el 175 aniversario de la creación-fundación (1844) del cuerpo armado denominado “Guardia Civil” perpetrada por Francisco Javier Girón y Ezpeleta, II duque de Ahumada y V marqués de las Amarillas. Por cierto, el mismo día 13 de mayo (¿será verdad el mal fario del numerito?), sólo que 73 años más tarde, en 1917, tuvo lugar el acontecimiento titulado como Milagro de Fátima, en el que la Santísima Virgen María revelará a unos pastorcillos en Cova da Iria (Fátima, Portugal), la necesidad de conseguir la “conversión de Rusia”, amenazando con el fuego eterno si la gente no se arrepentía y se ganaba su perdón haciendo penitencia y entronizando a su Inmaculado Corazón como el talismán que los salvaría de todos los males. Y de paso abriendo unas grandes posibilidades de negocio, materializadas desde muy pronto en el gran parque temático que hoy encontramos en dicho “santo lugar”.  ¿Casualidad que en febrero de ese mismo año había sido depuesto el zar Nicolás II de Rusia, iniciándose el proceso revolucionario que terminaría con el dominio de la alianza entre el imperio zarista y la iglesia ortodoxa? ¿Casualidad que la guerra que asolaba Europa estuviera acentuando las ansias revolucionarias de las masas obreras y jornaleras que eran las que estaban pagando con sus vidas y su hambre la locura y la ambición de los poderosos?

Pero volviendo a la “celebración” de la fundación de la Guardia Civil, lo primero que resulta curioso es la denominación de civil para un cuerpo militar creado por el tal duque de Ahumada con el objetivo fundamental de reprimir los levantamientos protagonizados, principalmente en Andalucía, donde comenzará a actuar, por masas de jornaleros, antiguos campesinos, desposeídos de las tierras uso colectivo que habían trabajado por generaciones, como consecuencia de la desamortización civil emprendida a lo largo del siglo XIX por los gobiernos españoles. Tierras que supuestamente estaban en manos muertas (sic). No estaban “muertas”, sino que, en la mayoría de los casos, eran manejadas de una forma que hoy denominaríamos más ecológicamente sostenible y, por tanto, muy alejadas de la depredación capitalista. Este proceso desamortizador considerado, con razón, ilegal e ilegítimo por esa población campesina, tendrá como consecuencia su conversión en jornaleros en situación de extrema precariedad, para la explotación de su fuerza de trabajo a mayor beneficio de los viejos y nuevos latifundistas.

Desde entonces la Guardia Civil desempeñará el papel de instrumento represor de la población rural jornalera, campesina y de los colectivos considerados peligrosos para el mantenimiento del orden social, la moral y las buenas costumbres (católicas, por supuesto), como fueron durante un tiempo los “bandoleros”, y luego siguieron siendo los gitanos y otras gentes de “mal vivir”. Papel que no dejará de ejercer ni siquiera con el cambio del régimen monárquico al republicano, con episodios tan trágicos como el de los asesinatos de Casas Viejas, perpetrados por miembros del cuerpo al servicio de la República española, pero que adquirirá especial relevancia dentro de la estrategia represora y genocida puesta en marcha por los sublevados el 18 de julio del 36 para “asegurar la paz” en el territorio andaluz conquistado, con la persecución y exterminio de cualquier foco de resistencia, por pequeño que fuera, como los maquis (como muestra un interesantísimo botón).

Con posterioridad, establecida la pax franquista, el benemérito cuerpo continuará su labor de control y represión para intentar evitar la reproducción de levantamientos jornaleros, campesinos y obreros. Levantamientos que sin duda se hubieran producido debido a la acentuación de la explotación y la miseria en el campo andaluz durante los primeros años de la postguerra como consecuencia de la destrucción provocada por la contienda y del empeoramiento de las condiciones laborales ante la imposibilidad de oposición a los abusos de los terrateniente; y a partir de los años 50, por la “modernización” del agro, que terminó por condenar a gran parte de la población rural andaluza a la pobreza o a la emigración.

A pesar de todo, en los años 60 se producirá el resurgimiento y crecimiento del movimiento obrero-jornalero que se convertirá en un actor fundamental de la lucha contra el régimen franquista en Andalucía. Y por supuesto esta lucha obrera volverá a encontrarse con el benemérito cuerpo como el brazo armado que descargará sobre ella todo el peso represor en defensa de la sagrada propiedad privada de las tierras reclamadas, de las ocupaciones de fincas y de las huelgas protagonizadas por los obreros-jornaleros.

Así que, en Andalucía, nada que celebrar en relación a la nefasta efeméride de la creación de un órgano represor de nuestro pueblo, del que, paradójicamente, forma parte un buen número de personas de origen andaluz (las tareas más ingratas como es la de reprimir a los pobres y a los débiles siempre han estado desempeñadas mayoritariamente por miembros de los mismos sectores a los que se masacra o reprime, al ser una de las pocas alternativas se les deja para ganarse la vida). La celebración de su creación, como lamentablemente hacen la mayoría de nuestras instituciones y responsables políticos, salvo honrosas excepciones, al igual que en el caso ya comentado en mi anterior entrega de las celebraciones de tomas y otros acontecimientos conmemorativos de la humillación y la denigración de nuestro pueblo, sólo contribuye a la alienación de nuestra memoria, a la aceptación de nuestra inferioridad, al fortalecimiento del síndrome del esclavo satisfecho que nos atenaza para poder conseguir esa Andalucía Libre que tiene como losa más pesada la propia existencia de España, de ese estado-nación frustrado del que la Benemérita ha sido y es uno de los instrumentos que obstaculizan el ejercicio de nuestra soberanía.