Un hombre de luz

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Se nos fue Antonio, un hombre de luz que la fue repartiendo a cuantos se ponían a tiro. Una persona irrepetible. Encarnaba la muy difícil combinación entre sabiduría popular –no en vano tenía a orgullo ser de La Jara-, metodología de análisis –era licenciado en Comunicación por la Universidad Autónoma de Barcelona- y capacidad de acción. Encarnaba también esa fusión entre pensar y sentir que Blas Infante definía como característica central de nuestra identidad andaluza. Y sabía combinar como muy pocos la empatía -el saberse poner en el lugar del otr@- con la firmeza en los principios.

Resulta enternecedor, y reconfortarte para quienes hemos estado más próximos a él, los adjetivos que estos días, tras su muerte, han dejado en las redes cientos de sus amig@s: íntegro, bondadoso, insumiso, sabio, honesto, coherente, luchador, generoso, apasionado, sarcástico y mordaz cuando correspondía, tierno, valiente, un referente, un grande, un gigante… Algunos de quienes así lo definían confesaban que no habían tenido la fortuna de conocerlo personalmente. Una amiga escribía en facebook: “A algunos les resultará inverosímil este apego a alguien a quien nunca vi; puedo asegurarles que siento tanta angustia que se me cierra la garganta como si fuera de mi familia, como si fuera mi hermano. ¡Cuánto amor ha sembrado!” Y otra, que no terminaba de aceptar su muerte, la explicaba así: “No cabía más grandeza en su corazón de humano y no ha podido resistirlo. Tenía un corazón tan grande que le cabían todas las luchas y todos los sueños”. Y como “Don Antonio” lo llamaba otro amigo explicando que solo había utilizado antes esa denominación para referirse al poeta: “Ya tenemos otro Andaluz que con Antonio Machado merece ese reconocimiento”.

Toda su familia, y la de su mujer Isabel, son de Martín de la Jara, el pueblo de la Sierra Sur sevillana ya cercano a la campiña antequerana. El que cantó Carlos Cano en su copla, dedicada al propio Antonio, que tituló “El día de San Román”:

¿Adónde va la luna
por los trigales?
A pedir que no arranquen
más olivares.
Que me dan alegrías
y me quitan hambre,
y en diciembre me alivian
las penas, madre.
Y el día de San Román
una ventana s’abrió
y apareció en la mañana
verde y blanca la color.
¡Ay que me diga que sí!…
(que no me diga que no).
Desde Almería hasta Huelva
tiembla un suspiro de amor.

Los niños juegan, el sol se va
y en los Alcores se oye el cantar:
¿A dónde va la rosa
por los rosales?
A decirle a la luna
tengo un amante.
¡Un amante en la Sierra
de labios tiernos
que es de La Jara,
madre, y es jornalero!

¿Quién que estuviera allí podrá olvidar el homenaje a Carlos, en La Jara, en 2017, en cuya celebración puso tanto empeño nuestro Antonio?

Tras el colegio, y como tantos otros jóvenes de nuestra tierra, Antonio comenzó a trabajar en el campo mientras se le despertaba la conciencia (para utilizar la bella expresión de Rigoberta Menchu) dentro del grupo de jóvenes que adquirieron, fundidas, la conciencia de clase y la conciencia de identidad andaluza en el entorno de los curas obreros que se habían establecido en las parroquias de varios pueblos de la comarca, encabezados por Diamantino García. Fue el más joven entre los fundadores del SOC, en aquellos sus años iniciales en que Gonzalo Sánchez fue presidente y Paco Casero secretario general y en los que confluyeron en la comarca las corrientes marxista, anarquista y de cristianos de base. Y donde se creó, desde el propio sindicato, con el apoyo del PTA, para las primeras elecciones municipales democráticas de 1979, la Candidatura Unitaria de Trabajadores que tantos votos cosechó traducidos en alcaldes y concejales. No es de extrañar que habiendo vivido en primera fila aquella época, Antonio insistiera hasta el final de sus días, en que el SOC y su sucesor el SAT, deberían mantener (o en algunos aspectos  rescatar) un nítido perfil de independencia respecto a partidos y de afirmación nacionalista y revolucionaria.

Una cardiopatía le impidió seguir siendo jornalero del campo. Y como tantos otros andaluces –de ayer y también, ¡ay!, de hoy- marchó a Cataluña. Estudió Periodismo y en aquella Facultad de Barcelona, además de una sólida formación en ciencias sociales y en historia, encontró a algunos buenos profesores con los que siguió teniendo fuerte relación de amistad y solidarios lazos políticos. En su estancia lejos de Andalucía -como él escribiría más tarde- escuchaba los primeros discos de Carlos Cano “para espantar la sombría soledad de la emigración”.

Vuelve a Andalucía y se involucra en proyectos políticos y organizaciones de izquierda, trabajando como responsable de comunicación en algunos de ellos, especialmente en la IUCA de la etapa de Juan Carlos Rejón. En ellos cosecha buenas y no tan buenas experiencias, que aceleran su madurez intelectual y acentúan su espíritu crítico. Él es un espíritu libre, que no se calla ante lo que cree erróneo o  inadecuado y grita ante lo que ve injusto, sectario o mezquino. Y ello le trae problemas, evidentemente, sobre todo con aquellos que lo hubieran querido sumiso y tragando ruedas de molino. Su lucha por Andalucía y por los derechos de las clases populares andaluzas y de los grupos más marginados y excluidos de ellas no cabe en las estrechas y burocratizadas estructuras de los partidos políticos, por lo que  hace tiempo no militaba en ninguno. Sí fue, en 2013, uno de los fundadores del colectivo sociopolítico y cultural Asamblea de Andalucía, perteneciendo a su coordinadora nacional. Y hace pocos meses participó activamente en la creación de la plataforma Andalucía Viva, aunque no pudo estar presente en la manifestación del pasado primer domingo de diciembre, en Córdoba, por su delicado estado de salud.

Soberanista de sólidos ideales, fue siempre un ejemplo de cómo el nacionalismo –en su caso, y el nuestro, andaluz- puede (y está obligado a) ser internacionalista y solidario con las luchas de los otros pueblos. Antonio fue un factor fundamental para hacer posible la visita que un pequeño grupo de andaluces hicimos, hace ya casi un año, a la cárcel de Lledoners para mostrar nuestra solidaridad humana y política con Oriol Junqueras y los otros presos políticos catalanes, en equivalencia de lo que hiciera Blas Infante cuando fue al penal del Puerto, en 1935, donde estaban encarcelados el president de la Generalitat, Lluis Companys, y varios consellers de su gobierno.

Feminista no solo de palabra o postureo, apoyó a las compañeras del Coño Insumiso, denunciando la represión contra ellas, y también los derechos de las trabajadoras del sexo a organizarse sindicalmente. Si algo no podía soportar Antonio, en cualquier ámbito, era la intolerancia y el talibanismo de quienes se creen en posesión absoluta de la verdad o utilizan las ideas para su beneficio personal.

En sus últimos años, sus reflexiones a través de las redes sociales llegaron a todos los rincones de nuestra Andalucía y a muchas otras partes. Un buen número de sus amig@s y seguidores estaba en Catalunya y Euskal Herría. No es de extrañar, porque el camino más directo para ser universal es profundizar en lo concreto, en lo propio, con la mente abierta. Y en estos años, el escenario material de Antonio fue la Alameda de Sevilla, un espacio que, a pesar de la gentrificación y de la plaga de los apartamentos turísticos, aún conserva y es símbolo de lo popular andaluz en su versión sevillana, incluso de lo marginal y contracultural. A ver si somos capaces de extraer de su archivo sus reflexiones sobre/desde la Alamea y publicarlas para gozo de tant@s.

Mucho más se podría decir, y espero que se diga, de Antonio Sánchez Morillo. Pienso que él ha representado, como muy pocos lo han hecho, ese sueño de Juan Ramón de “las raíces que vuelan y las alas que arraigan”. Y a él son plenamente aplicables los versos de Federico: “Tardará en nacer, si es que nace, un andaluz tan claro, tan rico de aventura. ¡Qué blando con las espigas! ¡Qué duro con las espuelas!”. Así era él, un hombre de luz. Y esa luz sé que nos seguirá alumbrando aunque ya no podamos escuchar sus palabras ni sentir su abrazo cálido. Vivirás siempre en nosotr@s, Antonio.