Agorafobia

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¿Cómo vamos a salir de esta situación tan excepcional si nos dan miedo los desconocidos? ¿Cómo vamos a proclamar que no queremos volver a la normalidad (porque la normalidad era el problema) si tememos la cercanía de quien siente el mismo malestar que nosotros? ¿De qué forma nos podemos componer con los otros para formar una multitud dispuesta a crear otra manera de vivir y no sólo otro modo de trabajar y consumir? Es decir, ¿cuáles serán las formas de politización que aparecerán a partir de la pandemia cuando nuestros aliados políticos, nuestros compañeros y compañeras, son también un factor de riesgo o contagio?

“Nos quieren en soledad, nos tendrán en común”, cantábamos en las manifestaciones y actos de protesta del ciclo de movilizaciones que surgieron a partir de mayo de 2011. Había en esa frase una conciencia compartida de que somos más potentes mientras más seamos los que actuemos, que el número cuenta a la hora de exigir demandas a las instituciones y que, además, quienes más experiencia tenemos en manifestarnos o concentrarnos contra la autoridad de turno, también sabemos que la policía respeta más y reprime menos a una multitud indignada que a un pequeño grupo de activistas.

La política es una cuestión corporal, concretamente de encuentro de cuerpos. Pero, en estos momentos, tememos los cuerpos, tanto el nuestro, que puede estar infectado o ser infeccioso, como el de los demás humanos, ya que cualquier otro puede ser un vector de contagio. De ahí que proponga que la Peste ha diseminado por doquier dos grandes miedos/odios ya conocidos través del cuerpo político: me refiero a la agorafobia y a la xenofobia, el temor a los espacios comunes o abiertos y el temor a los extraños, a los que son extranjeros respecto al grupo más o menos extenso del que nos sentimos parte. Nos sentimos vulnerables, susceptibles de ser dañados, cuando nos vemos incapaces de controlar nuestro ambiente: quién entra y quién sale de nuestros reinos particulares. Porque eso supone tener y habitar una casa propia, esto es, un espacio privado donde sentirnos seguros imponiendo nuestra reglas de manera autocrática, como un monarca absoluto.

La democracia, como ejercicio cotidiano y público de la libertad, sólo es posible entre iguales. Por este motivo, el hogar, el oikos de los antiguos griegos, se configura como el ámbito privado y antipolítico por excelencia, el lugar de la tiranía o el despotismo. Todos hemos dicho o escuchado esa frase amenazante de “en mi casa mando yo”. Si atendemos a sus orígenes griegos y romanos, queda claro que el imaginario del hogar es patriarcal y coercitivo. Familia, al fin y al cabo, es un concepto romano que deriva de famulus, el esclavo o el sirviente. Lo familiar es, por tanto, la servidumbre. No estaría mal que, como propone el filósofo Emanuele Coccia, la ecología —de oikos, literalmente “la ciencia del hogar”— revisara su denominación para dar cuenta de su objeto de estudio: sólo los humanos disponemos de casas propiamente dichas y éstas son contingentes, temporales, frágiles. Así, esta metáfora que se refiere a una esfera doméstica bien ordenado por el dominus, el señor de la casa, está lejos de ser apropiada. A decir verdad, la naturaleza no es el reino del equilibrio perpetuo, en el que todo estaría en su sitio adecuado. Como apunta Coccia, se trataría más bien de un espacio para la invención permanente de nuevos seres vivos migrantes (y okupas) que alteran todo el equilibrio. La vida es, esencialmente, movimiento incesante. Un movimiento que, como experimentamos estos días, hace saltar por los aires continuamente nuestras previsiones. Planes que eran resultado de esa catástrofe moderna que consisten en haber confundido pensar con calcular.

De este modo, la orden ubicua que estos días nos dice “quédate en casa”, además de estar empapada de un clasismo más o menos consciente, nos está negando la posibilidad misma de hacer política. Si desaparecen las ciudades y los pueblos, si sólo quedan hogares aislados y desconfiados, no hay modo tampoco de politizar nuestros malestares a través del encuentro aleatorio con los que son diferentes a nosotros y, sin embargo, complementarios. Con esto no estoy negando que el confinamiento haya sido un espectacular ejercicio de civismo dirigido al cuidado de los más vulnerables. En todo caso, lo que pretendo es advertir que si no logramos inventar la forma de compatibilizar el cuidado de los demás y de uno mismo con la ocupación alegre del ágora, esa plaza pública donde se reúnen entremezclados propios y extraños, si continuamos, como hasta ahora, alimentando la agorafobia, se abre la terrible posibilidad de que la “nueva normalidad” no sea otra cosa que el comienzo del fin del mundo, porque el mundo, amigas y amigos, no es el planeta Tierra, sino la trama imprevisible de las relaciones humanas.

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Juan Dorado
Emigrante andaluz, Doctor en Ciencias Políticas por la Universidad Complutense de Madrid y, en la actualidad, Profesor de la Escuela de Humanidades y Educación del Tecnológico de Monterrey (Campus Ciudad de México).