Blas Infante: memoria subversiva

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Un nuevo 10 de agosto, vísperas del rito anual en el cortijo Gota de Leche, entre quienes hacen del acto un escaparate de méritos investigadores o de solera militante y quienes se apropian del nombre de Blas Infante para su uso particular en redes, se impone una breve reflexión sobre la vigencia de su doctrina. Hace tiempo que guardo un respetuoso silencio y ausencia ante la cita; sin embargo, los acontecimientos y su figura invitan a estas letras. Infante es uno de esos personajes -manoseados y desconocidos a la vez- sobre quien hay que precisar antes que nada lo que no es. Víctima de estereotipos, tópicos maliciosos o lecturas superficiales; él mismo vino a adelantarlo de su pluma: “sin ser leído seré despreciado”.

Veníamos defendiendo que Blas Infante es un heterodoxo y rompe, a la vez que supera, las lógicas políticas de su época. Su pensamiento, vanguardia para Andalucía, es perfilado a través de una inquietud constante al paso de los años: acumulativo y crítico siempre ante la política convencional de Estado. Con él, el Andalucismo Histórico creció y se definió, sobre todo, alrededor de dos instante vitales para el devenir de dicho movimiento: el Trienio Bolchevique (1918-1920) y la candidatura alternativa de la que Don Blas se hace “único” responsable, eclipsada, por cierto, electoralmente bajo lo que él denominó el “invento” del Complot de Tablada.

Sabemos que Infante no fue un político al uso, lo cual no resta importancia alguna a esta dimensión prioritaria de su personalidad. Hemos documentado que militó en partidos federales aunque nunca impulsó la creación de un “partido andalucista” como reza su sentencia de muerte, argumento quizás implementado por la fobia fascista al parlamentarismo. Tuvo sus incursiones y divertimentos literarios, históricos, filosóficos, musicales y de otras índoles. Pero, fundamentalmente, fue un animal político preocupado por la transformación de una realidad que, a su alrededor, creía injusta y cruel. Aspiraba a cambiarla a través de la forja de un nuevo concepto de ciudadanía y pueblo. Eso sí, acompañado de la clase obrera más pródiga y a su vez más necesitada por estas tierras: el jornalero. Los mensajes del Andalucismo Histórico nunca fueron interclasistas. Van dirigidos a los trabajadores manuales de una tierra que no poseen, y se acompañará de llamamientos a aquella testimonial clase media, asalariada o profesional, que existía entonces. Terratenientes, caciques, aristocracia, sectores nacional-católicos, borbones… fueron refractarios al mensaje del nacionalismo andaluz.

Por ello, creo que yerran quienes se parapetan tras el concepto de sociedad civil para definirle como un mero humanista intelectual, enfrentando su “pasión singular” a su militancia para con todo lo andaluz. Momificándole estúpidamente de manera equidistante ante la indolencia de su pueblo, e inoculándole un anticuerpo, que en realidad no existe, ante la supuesta parcialidad con la que algunos alérgicos interpretan la militancia política. La suya de antes como la nuestra ahora. Cierto es que el legado espiritual de Infante nos pertenece a todos, a unos más que de otros por cuanto fidelidad al mensaje; pero despreciar la militancia (la suya y la nuestra) y enfrentarla a una movilización civil -exclusiva y excluyente- es cuanto menos convertir el andalucismo en aquel “panderetismo” que indicaba Joaquín Guichot.

Claro que Blas Infante no es de nadie y es de todos. Por supuesto, que de ningún partido, ni de ninguna entidad o perfil digital. No obstante, es justo recordar que alguna formación, más que otras, sí que se empeñaron en rescatarlo de las tinieblas del franquismo para darlo a conocer. Es necesario aceptar que el movimiento andalucista -no necesariamente- debe que articularse solo desde opciones electorales; pero, no por eso se debe eclipsarse la legitimidad de quienes aspiran a definir y canalizar ese sujeto histórico, como pueblo que aspira a una voz propia en base a una marca andaluza y con autonomía de voto. Hay un Andalucismo Histórico y otro de neta dimensión política. Ambos son complementarios pero nunca opuestos. Lo meramente cultureta, lo creo vacuo y hasta reaccionario. La conciencia de pueblo transita indisolublemente unida a la conciencia de clase.

Que a Infante lo repudie el fascismo es todo un estímulo.  Crecemos con el odio de aquellos que justifican su asesinato y el de muchos otros. Esperaremos un año más el desprecio y la arrogancia de quien se creen superiores con el insulto; pero piden, sin embargo, disculpas rápidas cuando la familia Infante les cursa demanda. A algunos nos queda desde hace años el placer de la rebusca en el océano de la historiografía y en el batiente de archivos y datos: aún mucho por aprender y pescar. Por difundir mucho más. Nos reconforta la satisfacción de seguir nombrándole Padre de la Patria Andaluza como declarase en 1983 todo un soberano Parlamento andaluz, por mucho que algunos le pese la distinción. Nos enorgullece la emoción de símbolos colectivos que rompen lógicas heráldicas convencionales e inspiran valores de paz y esperanza hundiendo su significado en nuestra Historia. Nos embarga la emoción de seguir dándolo a conocer y que florezca entre los andaluces y andaluzas de la necesidad de conocerle más; y dicho esto, abrazamos con impaciencia la espera de sus restos, presumiblemente, en la fosa de Pico Reja de la necrópolis hispalense.

Infante no fue un intelectual convencional, puso al servicio de su Ideal sus haberes, su familia, su profesión como notario y su tiempo, hasta el punto de costarle la vida. Hoy sobran estetas andalucistas de pin, del mero lazo en la muñeca, del me gusta o del retuiteo; y necesitamos andaluces y andaluzas de conciencia. “Amigo de todas las revoluciones” como él se proclamaba, Blas se mojó en las contradicciones e incomprensiones del día a día, más allá de un onanismo intelectual, de necio y estéril ratón de biblioteca que pierde fuerza con sus palabras. Fue una figura síntesis: educador, animalista, feminista, laicista, (con)federal, intercultural, masón, amante de la historia y del mundo natural, intuitivo, combativo ante los desequilibrios de aquel capitalismo emergente… Hoy muchos seguimos echamos un pulso a ese enemigo invisible que le cuelga sambenitos una y otra vez. Como cuando solicitamos reiteradamente a wikipedia que borre su indocumentada conversión al Islam en su voz y nos amenaza, una vez tras otra, con bloquearnos por el atrevimiento. Puedes comprobarlo tu mismo.

Si no existiera Blas Infante habría que buscar otra figura; pero, por fortuna, no nos hace falta a los hombres y mujeres de la Andalucía del siglo XXI. Basta con descubrir al Blas Infante que los andaluces llevamos dentro. Hay un Andalucismo Histórico que asumimos con el respeto y la distancia que marcan otros tiempos; del que aprendemos para esa praxis de un andalucismo actual que sembramos. El andalucismo y el legado infantiano, ni son intuitivos ni hijos de una fraternidad geográfica abstracta e intangible. Ser hoy blasinfantiano implica consecuencias revolucionarias, por cuanto radicalmente demócratas y transformadoras en esta Andalucía de pandemias… mucho antes de la covid-19. Ya toca mojarse y echarse al ruedo. Infante nos invita expectante como aquel 14 de abril: “llegaron los tiempos que hubimos de predecir, desde hace veinte años, durante los cuales hemos venido exhortando al Pueblo Andaluz a que restaure su personalidad…”. Basta de melancolías inútiles e imposibles. Apártense pues, conciencias acomodaticias e ignominiosas. Dejen paso: es la hora de Andalucía.