Alabado sea “Rámper”

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Han de ser los neones. Sí, tal vez sean esos destellos que deslumbran la Gran Vía de arriba abajo. O la portentosa dimensión de los carteles –ya pantallas, según el caso- que adornan las fachadas de los teatros de Madrid. Tal vez sea la agenda, la cartera, el negocio, la prensa y todos esos parámetros modernos que miden la importancia de las cosas. La cuestión es que, a mi alrededor, proliferan los compañeros de oficio que ansían llegar a Madrid como a Ítaca, Ulises: ese “aquí estoy, por fin llegué” que validase todas las penas del camino.

Agnóstico en materia de mitografías, el canto de las sirenas de la megalomanía apenas me provoca tedio. Tal vez por eso, la Madrid teatral se me figura como esos grandes ríos del viejo Oeste a los que llegaban los intrépidos, ambiciosos o soñadores: mucha agua, mucha arena, no poco fango y demasiado cernir para poder encontrar al fin, exhausto ya y al borde de la renuncia, una diminuta, pero auténtica, piedra preciosa. Tan borbónica y con prisas, comida por la corte, no cambiaría yo la ininteligible caligrafía de mi aldea, su campesino garabato, por esa letra mayúscula y capital… si es que en mi aldea hubiese sitio para mí –menos mal que me queda la intemperie, única patria del alma mía.

En los rascacielos del Gran Bazar hay mercaderes; señoras de mal humor y mucho poder que no duermen bien; ventrílocuos condecorados que dicen “no” cuando pronuncian “sí”; caballeros muy listos que te invitan a comer pero no pagarán; soldados a sueldo del mejor postor; orangutanes ilustres que bailaron la música de moda hasta adueñarse de la pista; unos cuantos Moisés que abren las aguas varias veces al día; milagreros, prometedores, impúdicos voceros y alcahuetas de prestigio que se llevan la mano al corazón para engordar su refajo; despachos sin ideas, altares a Príapo, evangelios apócrifos, calculadas y oportunas pleitesías, palabras en subasta, mala memoria y el impenetrable polvo que deja la tristeza al caer la noche y levantarse el telón… Me disculpen sus señorías, pero preferiría el cardo que nace libre en los caminos y la discreta quietud de mi aldea… si es que aún tuviese aldea –¡qué lástima que ya ni los míos sean los míos!

Y, sin embargo, en el Gran Bazar sucede que, a veces, algo rompe la monotonía. Fue entre Embajadores y Atocha, en los Teatros Price… encontré oro. Una de esas pepitas de oro, sin más ornato que el valor macizo de su propia condición. La compañía Cancamisa Teatro presentaba Rámper, vida y muerte de un payaso. Imanol Ituiño firma un texto delicioso y dirige un espectáculo prácticamente redondo, con Juan Paños encarnando al caricato madrileño Ramón Álvarez Escudero, Rámper. Paños es un actor joven, demasiado joven para ser tan sabio sobre la escena: inteligente, versátil, sensible y dotado de un carisma natural, sencillo y solar… Reímos con él, lloramos con él, respiramos el aire que él nos da: el teatro es suyo. Y Rámper deslumbra como el zafiro en un mercado de bisutería. Con muy pocos elementos, sin alardes ni bizarrías, Rámper brinda por ese teatro que es una experiencia del encuentro: con el otro, con uno mismo, con dios y con el diablo, con el presente, con el pasado, con el futuro… fantasmas todos, pasto del olvido. Y como encuentro conlleva algo traumático, algo conmovedor: una tensión que cuestiona y amenaza nuestros límites, nuestras creencias, nuestra identidad, que potencia o resta nuestra vitalidad, nuestra alegría, nuestro ser. Rámper es un aire que nos toca ligero y sutil, pero suficiente para desestabilizarnos.

Si no estuviesen tan altas, las altas esferas del Gran Bazar, algunos señores serios, importantes y con prisas verían los sótanos donde, al pie de la calle, estalla el teatro valiente e indoblegable, a pesar de todo. Pero tan altas están, las alturas del Gran Bazar, que esos señores o ven muy poco o solo se ven a ellos mismos.