En el casco histórico de Sevilla caben 3 millones de turistas y sobran 19 niños y niñas

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En el casco histórico de Sevilla caben 3 millones de turistas y sobran 19 niños. Efectivamente, esta es la realidad de la ciudad que tenemos hoy pero que viene diseñándose desde hace décadas.

18 familias que vivimos en el centro de Sevilla, 18 familias a las que todavía la especulación no ha conseguido echarnos del barrio en el que queremos vivir, ahora nos vemos acosadas por la administración ante la negativa de escolarizar a nuestros hijos e hijas en el barrio en el que vivimos. El dibujo escolar del centro de nuestra ciudad es apabullante: 5 colegios públicos y 15 colegios concertados (de los cuales, solo uno es laico), además de los colegios privados cuyo alumnado vive en distintos barrios de la ciudad y llega cada mañana en grandes autobuses a la Plaza de San Marcos y a otros lugares históricos por los que apenas caben por la estrechez de esas calles.

Esta realidad pone de manifiesto dos cosas fundamentales: por un lado, la apuesta que el gobierno andaluz ha hecho por ampliar las plazas concertadas en detrimento de las públicas (no solo el de ahora con Ciudadanos, PP y Vox, que parece seguir una línea continuista del anterior, sino también el del PSOE que gobernó durante casi 40 años). Por otro, la del diseño de los centros históricos de las ciudades puestos al servicio del mercado, convertidos en lugares de paso y desprendidos de toda vida comunitaria: por eso, se llevan talleres artesanos a polígonos de las afueras, desaparecen negocios de toda la vida para montar nuevos Carrefour Express y, ¡¡¡no hay colegios públicos!!!

En este sentido, la Administración se ha convertido en un auténtico asusta viejas, creando todas las condiciones necesarias para forzarnos a irnos del barrio en el que queremos vivir, tratando de excluirnos de los servicios más básicos que, se supone, están garantizados y protegidos por ley. ¿Qué disparate estamos pidiendo estas 18 familias? Criar a nuestros hijos e hijas en el barrio en el que vivimos, que nuestros niñxs construyan sus vidas en sus barrios ¡todo un sinsentido, al parecer! Pero ya sabemos lo que hay: si la oferta de plazas públicas no coincide con la realidad del barrio, hay que cambiar la realidad del barrio.

En la postal de la Sevilla moderna que vender a los tour operadores no caben nuestras vidas, no cabe llevar a nuestros niños y niñas de la mano hacia la escuela, no caben los balones y carreras en plazas reservadas hoy a veladores donde se da de comer a las 12’00 de la mañana, no caben los tonos agudos de una infancia que grita mientras juega porque es posible que molesten a algún turista de chancla y calcetín o a algún presidente de los Estados Unidos al que se le pague una milloná para que se pasee por nuestras calles e incentive, así, la construcción de nuevos hoteles. El centro histórico de Sevilla no es un “juego de niños”, supone importantes oportunidades de negocio, único valor que entiende este mundo adultocéntrico. Nuestros niños y niñas molestan en este parque temático, hay que tratar de sacarlos del barrio para que no se desarrolle una vida comunitaria que ponga en peligro el negocio.

A esto se une otra cuestión relacionada con la anterior y es que, digámoslo claro, hay un discurso que nos habla del problema que sufrimos por la falta de niños y niñas, pero no se interpreta como un problema de falta de alegría y de mirar el mundo desde otros ángulos; se interpreta desde un carácter eminentemente utilitarista, de niñxs como proyecto de adultos que garanticen nuestras futuras pensiones, ¡¡¡qué deprimente!!! La niñez pierde importancia como una fase de la vida en sí misma y se convierte en un preparatorio para ser un buen adulto. Por eso, los niños y niñas son los que menos importan, y si han de recorrer con 3 años hasta 4 km para llegar a su centro escolar, pues que lo hagan, ¿dónde está el problema?

Por suerte, una vez más, la gente nos organizamos para defender nuestros derechos, en este caso, una educación universal, pública y laica para nuestros hijos e hijas en el lugar en que vivimos. Por suerte, generamos vida y hacemos barrio, aunque no paren de ponernos piedras en el camino.