Las resistencias al derecho a decidir

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Quizá una de las pulsiones humanas más potentes, y más reprimidas por todos los poderes dominantes, sea la búsqueda de la felicidad, entendida esta como el bienestar físico, psíquico y espiritual resultado de la libre decisión de vivir en armonía con la naturaleza (formamos parte de un único ecosistema), con los «otros» externos a nuestra comunidad cultural, social y política, con quienes forman parte de esta (que nunca será homogénea y sí diversa) y con nosotros mismos. La aspiración a la felicidad se ha expresado de diversas formas según las épocas y las culturas, pero para que no sea algo ilusorio son necesarias unas condiciones que solo pueden ser establecidas por la libre organización de una convivencia igualitaria y respetuosa con la diversidad dentro de la comunidad a la que pertenecemos, sin imposiciones exteriores. Que en esto consiste la soberanía.

Los procesos históricos podrían leerse como la permanente lucha y avance (aunque de forma no lineal y con múltiples regresiones) en la aspiración de la libertad, del derecho a decidir por parte de las personas y de los pueblos-naciones. La libertad es incompatible con cualquier poder de dominación estructural, sea de clase, de género, étnica o de cualquier otro tipo, y con las desigualdades estructurales que generan. Desde el comienzo de la existencia de estos poderes estructurales, la libertad (el derecho a decidir en busca de la felicidad personal y colectiva) se ha visto impedida por las «verdades» y las normas impuestas por aquellos. Y, asimismo, el avance en el ejercicio de la libertad individual es algo ilusorio si no se plantea en el marco de comunidades y sociedades, ya que, por su propia naturaleza, el ser humano no existe si no es en el seno de estas.

Desde hace algunos milenios, las principales resistencias a reconocer el derecho de las personas a decidir -sobre su presente y su futuro, sobre su propio cuerpo, sobre su proyecto de vida, sobre sus formas de actuar y de pensar…- están en las instituciones de poder que actúan en nombre y como representantes exclusivos de referentes definidos como extrahumanos y sacralizados: el Dios de las religiones institucionalizadas, el Estado y, ahora, el Mercado. A estos sacros (en realidad a quienes monopolizan el poder en su nombre) se les atribuye -y lo que es más grave, les es reconocido, a través de la ideología dominante- el monopolio sobre la vida y la muerte, sobre la definición de lo que es moral o inmoral, legítimo o ilegítimo, legal o ilegal, productivo o improductivo…

Así, el dios de las religiones «del Libro» sería el único dueño de los cuerpos y las almas, el único que puede decidir sobre qué podemos hacer y qué no con nosotros mismos, de cuándo, por ejemplo, y en qué condiciones, puede no valernos la pena seguir viviendo, o tener hijos o no tenerlos. Las personas careceríamos del derecho a decidir sobre las cuestiones centrales de nuestra vida y nuestra muerte y seríamos castigados, incluso por toda la eternidad, si nos atrevemos a hacerlo sin seguir sus mandamientos. Igualmente, el Estado afirma ese mismo monopolio sobre la vida y la muerte, tanto física como social, garantizando, además, las dominaciones estructurales (clasismo, patriarcado, racismo…) que impiden el ejercicio del derecho a decidir por parte de las personas (definidas ahora como «ciudadanos») y de los pueblos sobre los que ejerce su dominación. Y, actualmente, el Mercado, que es ya el sacro central con su propia «religión», el neoliberalismo, se ha constituido en decisorio sobre qué seres humanos, y en qué condiciones, son valiosos o totalmente desvalorizados en términos de productividad, competitividad y beneficios potenciales a extraer de ellos.

A la pregunta de quiénes y por qué se oponen al reconocimiento del derecho de las personas a decidir libremente, para que podamos avanzar en la búsqueda de nuestra felicidad, y del derecho de los pueblos a dotarse libremente de aquellas normas y formas de organización y convivencia que hagan posible los requisitos para ese avance, la respuesta es evidente. Se oponen rotundamente quienes tienen poder en nombre de referentes (sacros) que son situados a nivel extrahumano y/o extrasocial para generar la alienación de las personas y los pueblos, produciendo en ellos lo que Eric Fromm llamaba «el miedo a la libertad». Y también quienes, sin ser beneficiarios directos de esos poderes, han interiorizado sus ideologías, difundidas institucionalmente y hoy también por las nuevas tecnologías de la comunicación. Son estas ideologías las que es preciso desvelar, desacralizándolas y desnaturalizándolas, para que superemos el tabú a hablar de derecho a decidir, de soberanía de las personas y los pueblos.