Melilla y la gloria de los impostores

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No vengo a decir nada nuevo. Ya está todo dicho. Pero la realidad ahoga y hay que sacar rabia para seguir viviendo.

Cientos de cuerpos negros tumbados, amontonados, lanzados, unos sobre otros, a un lado de la valla que separa Marruecos de España, África de Europa. Indistinguibles vivos, muertos y medio muertos. Se habla de 37 personas asesinadas, cientos heridas, decenas encarceladas (de las asesinables, claro, no de las asesinas). Imposible dar números de la masacre de Melilla del día 24 de junio de este año 2022. No hay parte diario de muertos, heridos ni encerrados. Hay fosas para cuerpos anónimos, heridas podridas para carnes ajenas y celdas preventivas para vidas prescindibles.

Ayer Tarajal, hoy Melilla, mañana…

Bienvenidxs al Primer Mundo. Bienvenidxs al mundo desarrollado y civilizado, cada vez más salpicado de sangre, cuyos responsables políticos no ocultan su inhumanidad cuando felicitan la buena labor de quienes asesinan para cumplir lo pactado. No hay salida. No se pretende salida para esas vidas despreciadas, por eso no hay vías legales y seguras para salir de África y entrar en Europa. Se les arrebata todo lo que les posibilita la vida en su tierra, con el pillaje de los denominados “recursos naturales”, y se les construyen muros cuando se ven forzadxs a marcharse. Cuchillas. Palos. Fuerzas y Cuerpos de Seguridad dedicados a “resolver” el problema de la inmigración irregular.

La masacre, sin embargo, nos la explican como parte de la lucha contra las mafias… ¡Es de locos ver cómo los mismos que culpan a estas mafias, se felicitan por el asesinato de las que son definidas como sus víctimas! Como decía una de las personas convocadas en las múltiples concentraciones de repulsa por la masacre de Melilla, “no por ser víctimas de Putin, nos ponemos a matar ucranianos”.

En la Frontera Sur de Europa, ni siquiera se permite que tome carta de realidad la muy útil división establecida entre refugiadxs e inmigrantes con la que designar a un supuesto grupo merecedor, y a otro no merecedor, de ser acogido en la desarrollada Europa. La geopolítica manda. La necropolítica actúa. Ya no hay vergüenza ni complejos. Hay felicitaciones a quienes asesinan y pago por los servicios prestados.

La masacre de Melilla ha despejado toda duda, no me refiero ya a su posible relación con la traición al pueblo saharaui por parte del gobierno del presidente Sánchez -ya sabemos, “el gobierno más progresista de la historia”, dicen (ellos)-, sino al objetivo de las políticas migratorias actuales de no permitir solicitar el asilo a quienes podrían acogerse a él. Según datos del Ministerio del Interior, España otorga asilo a 9 de cada 10 sudaneses que lo solicitan. Según las ONG sobre el terreno, Sudán era el origen de la mayoría de los migrantes asesinados en la frontera entre Marruecos y Melilla el pasado 24 de junio. Es decir, les esperaba, casi seguro, la protección internacional; es lo que explica que las 133 personas que sí lograron cruzar ya la hayan solicitado.

Las duras imágenes de vivos y muertos amontonados en el suelo con vigilantes armados custodiándolos muestran un desprecio por la vida comparable al de aquellas otras imágenes que acompañan las noticias que, de vez en cuando, sin contextualización ni información alguna, aparecen en nuestras televisiones como “guerras étnicas”. El desprecio por la vida que desprende la masacre de Melilla las iguala, pero ahora, en esta masacre, es más evidente nuestra participación. Nos sabemos parte, por eso no se habla de salvajismo de unos hacia otros; ahora es cuestión de “mantener el orden y la seguridad” de Europa, nos dicen, lo que convierte en legítimo el uso de la fuerza sobre quienes pretenden salvar y/o mejorar sus vidas.

«El conflicto, la fragilidad y la inestabilidad en África y Oriente Medio afectan directamente a nuestra seguridad y a la seguridad de nuestros socios», recoge el documento resultado de la cumbre de la OTAN de Madrid que tuvo lugar días más tarde de la masacre. La inmigración irregular pasaba a incluirse como amenaza en su estrategia para los próximos años, algo de lo que también se felicitaba el presidente Sánchez (sí, ese que gobierna en coalición con Unidas-Podemos). Convertidxs en amenaza, cada vez será mayor la criminalización de lxs potenciales migrantes y la fuerza ejercida contra ellxs.

Escribe la maliense Aminata Traoré a su amigo senegalés Boubacar Boris Diop en un intercambio de cartas recogido en la publicación La gloria de los impostores[1]: “Todo a nuestro alrededor, incluso el cambio climático, demuestra el fracaso de un modelo económico asesino y explosivo. (…) Los viejos países industrializados, convencidos de que los recursos del planeta les corresponden por derecho, continúan con sus prácticas habituales (…). Más allá de nuestra región, cada vez más países están sometidos a sangre y fuego. De Irak a Siria, pasando por Sudán, Afganistán, Libia y Costa de Marfil, lo que está en juego y los perfiles de las crisis están ahora claros. La paz en el mundo depende de la lucha de Occidente por mantener su dominio sobre el resto del planeta”.

Más claro, agua.

[1] Traoré, A. y Diop. B.B. (2021): La gloria de los impostores. Cartas de Mali y África. Madrid: Casa África y Catarata.