El disputado voto del señor Cayo

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-Escucha, Dani –dijo desgarradamente- tú no quieres entenderme. Este tío sabe darse de comer, es su amo, no hay dependencia, ¿comprendes? Ésa es la vida, Dani, la vida de verdad y no la nuestra -le señaló admonitoriamente con el dedo índice y prosiguió-: Tú estás sofisticado, yo estoy sofisticado, éste está sofisticado, todos estamos sofisticados. No hemos sabido entenderles a tiempo y ahora ya no es posible. Hablamos dos lenguas distintas.

Hace más de 40 años, en 1978, Miguel Delibes publicaba ‘El disputado voto del señor Cayo’, una novela que narra el drama de la despoblación de los pueblos de Castilla, así como la existencia de dos realidades que progresivamente se iban alejando hasta desconocerse. Hace 40 años narró Delibes esta situación, y es que no es nueva, viene de antiguo, pero hoy en día es aún más grave.

En un mundo “globalizado”, donde las ciudades de distintos países son cada vez más cercanas, la distancia entre la ciudad y el mundo rural se acrecienta -en distancia/tiempo, pero también en conciencia del espacio, en cosmovisión del mundo, en sentimiento de pertenencia e identificación; llegando a hablar dos lenguas distintas-. Esta situación es especialmente cruenta en Castilla, donde pueblos, aldeas, e incluso ciudades, son engullidos por una vorágine con epicentro en Madrid. Pueblos y aldeas de historia milenaria, que no por no estar escrita o ser un lugar de peregrinación tiene menor valor, se pierden en la memoria sin que nadie haga nada, sin que aquellos que preservan su legado tengan la oportunidad de darla a conocer.

Lo que sucede en Castilla no es una situación aislada, el esquema se repite en la mayoría de los países denominados “modernos”, aunque con características distintas, y, en muchos casos, el campo se desangra para nutrir un ejército de trabajadores que aglutina la periferia de esos centros económicos, de las ciudades.

Bien es cierto que la situación de Andalucía no es semejante a la castellana, los motivos son variados: desde la predominancia del latifundio frente a la pequeña propiedad, la configuración de pequeñas y medianas ciudades como núcleos poblacionales, o la existencia de una ciudad como Madrid en el centro de Castilla que ha absorbido su desarrollo sin insertar esos territorios en él, sino teniéndose a ella misma como único foco. Aunque, todo sea dicho, es también esa situación -nuestra especialización histórica y modelo económico- la que provoca, a día de hoy, unas tasas de desempleo, pobreza y riesgo de pobreza tan antihumanas como las que se vive hoy en día en Andalucía. Y, sí bien nuestra emigración no fue a Madrid, sí lo fue a Cataluña, Euskadi o Alemania.

La situación del mundo rural andaluz, sin ser comparable al castellano, extremeño o leonés, sí que adolece de males similares al resto de casos: falta de infraestructuras, falta de desarrollo y focos económicos, falta de inversión en educación, sanidad y bienestar -derechos reconocidos constitucionalmente y cuya falta sitúa en clara desigualdad a unos ciudadanos de otros-, y un sinfín de agravios que succionan el futuro del campo, de los pueblos.

Y, de aquellos barros estos lodos. La progresiva distancia física y fáctica del campo y la ciudad recrudece ese tan manido clivaje del que tanto se habla y tan poca atención se le presta desde la (Ciencia) Política, el campo/ciudad. La ciudad no entiende -ni quiere entender- al campo, y el campo tiene problemas mucho más serios como para molestarse en entender a la ciudad. En la novela lo apuntaba el señor Cayo, “me parece a mí que no vamos a entendernos”, y lo entendía al final Víctor, “hablamos dos lenguas distintas”.

Víctor es un candidato a diputado en las primeras elecciones a la Transición, un mandado de Madrid a ocupar las listas de una provincia para garantizar su escaño, y en los últimos días de campaña visita los pueblos de la Castilla más profunda, donde se hacen palpables esas dos lenguas, no sólo en el habla, si no en la forma de entender y afrontar la propia vida. Hoy día el problema persiste, con la diferencia de que Madrid se ha alejado también de las propias capitales de provincias, como Barcelona, ambas convertidas en ciudades globales.

Esta ruptura nos deja ver en televisión imágenes que parecen sacadas de un chiste, como la de aquellos cosmopaletos que, siendo ahora el ‘turismo rural’ algo moderno, optan por alquilar alguna casa o habitación en un pueblo, y terminan quejándose hasta por el cantar del gallo al alba o el olor de los animales. Hemos desconectado tanto con lo natural, que nos resulta molesto, lo rural es molesto para la ciudad, porque el cosmopaleto ve con desprecio la falta de “refinamiento” del mundo rural, al que trata de cateto. Esta situación se narra en el propio libro, el cómo los dos acompañantes de Víctor, cada uno a su manera, mira por encima del hombro al señor Cayo, mientras Víctor observa apasionado la sabiduría que sólo proporciona el contacto con el entorno.

Cuando vemos los enrevesados debates políticos en televisión, protagonizados por niños bonitos de las ciudades que ni si quiera saben qué es una azada o su uso -probablemente más de uno que apuesta por ampliar la edad de jubilación cambiaría de idea trabajando, aunque fuese, un mes en el campo- , poco se habla del eterno olvidado: el mundo rural, que, aún venido a menos, supone una importantísima parte de nuestra sociedad, no sólo a nivel poblacional, si no porque, como decía Víctor “El señor Cayo podría vivir sin Víctor, pero Víctor no podría vivir sin el señor Cayo”, necesitamos del mundo rural.

De esas pocas veces que hablan de él es en campaña electoral, donde vemos continuamente referencias al sector primario, al agrario, al campo. Promesas vacías para cautivar un voto de una población que se siente olvidada, y cuyas soluciones no pasan por las medidas superficiales que proponen los distintos candidatos, si no por un cambio de modelo productivo, un cambio que ponga en valor e integre las economías rurales a las ciudades, y eso pasa por dotar de conexiones, pero también por invertir en el desarrollo de distintos sectores. Pero el problema para atajar realmente la cuestión pasa por el eje que lo conecta todo: la soberanía.

No podemos llevar a cabo las medidas necesarias en tanto nuestro modelo económico y producción se encuentre supeditada a los intereses de centros económicos a los que nos encontramos integrados. Producimos lo que necesitan otras economías, no lo que necesitamos nosotros, nuestra economía se basa en la exportación de aquellos sectores donde podemos competir con otras periferias; y no pensemos únicamente en productos del sector primario, también “exportamos” sol y playa. La Unión Europea no tiene problemas hasta en marcar límites a nuestra producción si es necesario, o, incluso, discernir sobre qué producimos.

Sin una soberanía política que nos permita transicionar a un modelo económico que integre el campo y nuestras ciudades, este problema no tiene solución factible, sólo parches a un bote que hace aguas, que pueden soliviantar temporalmente la situación, pero finalmente hará aguas.

Desde Andalucía, aun siendo nuestra situación grave, no nos encontramos ante la misma cuestión que en otros lugares como Castilla, Extremadura o Aragón, porque nuestros pueblos sufren, sangran, pero no desaparecen, no se despueblan, y, por tanto, nuestra solución no puede ser la misma. Soberanía como instrumento, como herramienta de transformación que permita dinamizar nuestra Andalucía rural, que es donde emana lo genuinamente andaluz. Y teniendo claro que, además de soberanía, es necesario el cómo ejercerla, su finalidad, ella misma no es la solución si no se practica de la forma que necesitamos.

No se trata -o no sólo- de cautivar el voto del mundo rural, si no que las soluciones que se proponen para él realmente se hagan desde una voluntad de cambiar su situación, y para eso, muchas veces hace falta menos foto en una ganadería o en un tractor, y más hablar con el jornalero, más, como hizo Víctor, acompañar en su día al señor Cayo, sentarse a su mesa, y molestarse en entenderle, sin miramientos por encima del hombro, sin paternalismos, yendo a su realidad.