El juego sucio del gran comercio

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La marea sube, silenciosa, implacable puede ahogarlo todo. La globalización mal entendida, la que es utilizada por unos pocos en beneficio propio, amenaza ahora con llevarse por delante el pequeño comercio, los establecimientos de proximidad, y pretender hacernos sus cómplices a los consumidores.

Porque los creativos, los departamentos de marketing son especialistas en poner pieles de cordero a los dragones. Engatusan con mensajes buenistas que encierran una gravísima trampa para todos. Ahora que llega la ola, la llamada al consumo, es el comercio minorista el que puede terminar siendo arrastrado. Si no los defendemos, si no estamos con ellos, como aquel dicho de guerra, cuando vengan a por nosotros, no habrá ya nadie para defendernos.

Veamos tres ejemplos actuales que evidencian una agresividad comercial que se traduce en acoso y derribo para el pequeño productor, para el pequeño comercio minorista: McDonald lanza la campaña de la hamburguesa que defiende los productores locales, la ha llamado Big Good. Cuando se escarba un poco, puede comprobarse que no hay pequeños productores ni hay un compromiso con el territorio, la sostenibilidad o el despoblamiento más allá de la fachada. Una estudiada e interesada utilización de los domicilios de los proveedores para presumir de una idea que en nada responde a la realidad. Una estrategia de ventas sustentada en la mayor sensibilidad de los consumidores que acudirán con la conciencia más calmada a las franquicias del gigante norteamericano. Si gustan de ese planto, por favor, disfruten de hamburguesas elaboradas en un local artesanal con productos locales y de cercanía, son cada día más los locales que ponen todo el esmero, nuestra salud lo agradecerá, nuestros productores también.

Segundo caso. En Sevilla, cada año se celebra la muestra de dulces de convento. Este año iba a quedar suspendida por la crisis sanitaria hasta que El Corte Inglés ha ofrecido los laterales de su centro para montar casetas para que las monjas puedan vender sus dulces. La gran cadena también se sirve de la sensibilidad del público para atraer su atención, lanza la idea de que es bueno acudir y comprar los dulces a los conventos pues con estos euros ellas logran la financiación básica de los conventos para el resto del año. Y claro, antes, o después con la caja de dulces en la bolsa, entrar a su centro comercial. No entiendo cómo el Ayuntamiento les hace el juego. Quien quiera dulces de convento, por favor, que acuda al torno.

Tercer caso. Amazon ha lanzado la campaña «Un Clic» para el cole mediante la que apoyará a los centros educativos que se hayan unido a la iniciativa con un crédito virtual equivalente a un 2,5% del valor de las compras de los clientes que participen en ella. Me cuesta entender cómo los centros educativos y las AMPAs se están sumando. No entiendo por qué no se promocionan en cambio los establecimientos (papelerías, librerías, tiendas de materiales) locales y del barrio. Que las familias realicen las compras en ellas es mucho más interesante, rentable, práctico y eficaz para la economía y la sociedad que alimentar la voracidad de este gigante. El pequeño porcentaje como crédito, en términos prácticos, un canto de sirena para el centro educativo, nada tiene que ver con aportar viabilidad a los puestos de trabajo en el barrio del colegio, del instituto, quizás muchos de ellos padres y familiares de los propios chavales.

Estos ejemplos y situaciones no son un posicionamiento en defensa del vecino, del territorio, del autónomo, del pequeño comercio. Que lo es. No es sólo la plasmación de toda una serie de principios y valores de corresponsabilidad para con nuestro vecino, nuestro barrio, nuestro pueblo, nuestro territorio. Que lo es. Es también una opinión fundamentada en la economía práctica.

La teoría de velocidad de circulación del dinero evidencia que genera mucha más riqueza en el territorio hacer circular el dinero en distancias cortas, haciéndolo pasar de manos que trasladarla a los grandes centros financieros. Ya tenemos certezas de cómo eluden impuestos estas multinacionales, como están siendo condenadas por tener contratos fraudulentos con sus trabajadores, cómo por ejemplo, la propia alcaldesa de Paris pedía hace un par de días que no se comprase los libros en las plataformas de internet pues supone condenar el pequeño comercio. El grado de compromiso de las grandes empresas con el territorio del que sacan sus ganancias es irrisorio. La lista sería tan larga como vergonzosa. Y en momentos difíciles a los que ya nos estamos enfrentando muestran el lado más egoísta y vampiro de las grandes corporaciones egoísta apenas pongamos un pequeño filtro de conciencia y análisis crítico.

Se acercan fechas en las que intensificamos el consumo. Mi primer deseo sería que nadie pasase necesidad imperiosa, ese es el mayor drama. La cruda realidad a la que no podemos dar la espalda, recordar y corregir los sangrantes índices de pobreza con los que convivimos debe ser la prioridad absoluta. A partir de ahí, quien por suerte pueda disponer para vestir adecuadamente su mesa, para tener un detalle con sus familiares y amigos, que ejerza en cada acción de compra su responsabilidad. Más que nunca debemos estar con el pequeño comercio, con el tendero, el frutero, el peluquero, el panadero, la pescadera, la ferretera, la florista, la librera, la mecánica, la zapatera, el electricista, el carpintero, la charcutera.

No perdamos nuestro relato como sociedad pues es nuestra identidad. No llevan razón. No es perder el tiempo cocinar, no es perder el tiempo ir a comprar, no es perder el tiempo cuidar lo nuestro porque nadie lo hará en nuestro lugar.

El consumo es el motor de nuestra economía. No ha nacido nadie con los suficientes arrestos como para frenarlo, pero sí está en nuestras manos hacerlo bien. Compra cercano, compra ecológico, compra local, compra consciente.