El otro

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Paqui hace casi diez años que nos visita. Calculo que ha pasado ya de los sesenta años y, por su aspecto y expresión, no posee un nivel socio-económico ni cultural medio-alto, precisamente. Es una asidua de la Administración de consumo: unas veces es la compañía de teléfono la que le ha facturado una cantidad con la que no está de acuerdo; y otras es la empresa comercializadora de electricidad la que pretende cobrarle más de lo debido. Cuando Paqui lleva razón todo marcha estupendamente: se media con la empresa o se celebra un arbitraje que resulta favorable a sus intereses. Pero hay ocasiones en las que Paqui no lleva razón. Bien porque no ha entendido la complejísima factura, bien porque ha confundido aspectos de las lecturas o los pagos. En estas ocasiones, a Paqui y a todos los que acuden a nuestra oficina les hago la misma pregunta seguida de una invitación a reflexionar:

– ¿Se ha planteado usted que, quizás, no lleve razón? Verá, usted nos ha dado su opinión pero ahora la empresa nos dará también su versión de los hechos. Los árbitros valorarán ambas y decidirán.

La respuesta de Paqui es elocuente por lo sincera:

– Mire, lo que yo le he contado no es una opinión, es la verdad. Lo que cuenta la empresa sí es una opinión.

Juan es un amigo que ha pasado recientemente unos días de vacaciones en Cataluña. Juan tiene un nivel socio-económico medio-alto. Reconocía que los parajes naturales que había visitado eran bellísimos; que el trato de la población local había sido muy hospitalario; y que los pueblecitos tenían, como se dice ahora, mucho encanto y se comía muy bien en ellos. Sin embargo, había una circunstancia que le había arruinado el viaje: la abundancia de banderas independentistas catalanas en los balcones. Desde que las vio ya no importaba nada más: ni las montañas, ni los bosques, ni las iglesias románicas… Todo lo habían fastidiado esas malditas banderas.

María y Pepe son dos personas católicas practicantes, de misa dominical, amantes de las tradiciones y, por encima de cualquier otra cosa, muy españolas. Participan, siempre que pueden, en actos benéficos como rastrillos y recogidas de alimentos. Pero, al mismo tiempo, ambos han participado en concentraciones para denunciar la existencia de centros de acogida para niños y niñas migrantes que carecen de madre, padres o tutores que los acompañen y asistan (los famosos MENAs). No ven ninguna contradicción en ello y lo consideran un problema de seguridad ciudadana.

Todos son casos reales. Todos son conocidos míos. Estoy seguro de que en nuestras familias, amistades y trabajos todos conocemos a mucha gente así con la que compartimos celebraciones, espacios y ocio. ¿Qué tienen en común Paqui, Juan, María y Pepe? Muy sencillo: a todos les falta la dimensión del otro o alteridad. Son incapaces de colocarse en el lugar del otro y de verlo como un sujeto de derechos con el que dialogar desde la diferencia. Esta falta de alteridad es muy peligrosa y, lamentablemente, cada vez más común en nuestra sociedad. Es peligrosa porque es un componente fundamental del fascismo como ideología catalizadora del odio, el egoísmo, el individualismo y la violencia. Es cada vez más común porque el capitalismo nos empuja inevitablemente hacia una sociedad consumista, ultracompetitiva y materialista.

En efecto, la ausencia de la dimensión del otro es un elemento básico para que surja el fascismo. La filósofa brasileña Marcia Tiburi, partiendo de Theodor W. Adorno, define al fascista en potencia como un tipo psicopolítico «políticamente pobre, justamente porque es afectiva, reflexiva y lingüísticamente pobre. […] El empobrecimiento del cual es portador, se dio por la pérdida de la dimensión del diálogo con la diferencia. El diálogo se torna imposible cuando se pierde la dimensión del otro. La figura del fascista no consigue relacionarse con otras dimensiones que sobrepasen las verdades absolutas en las cuales afirmó su modo de ser».

Pero entonces, ¿son Paqui, Juan, María y Pepe fascistas? Y, quizás más importante, ¿cómo debería ser nuestro comportamiento hacia ellos?

Bien, respondiendo a la primera cuestión, si por fascismo entendemos el movimiento político que tuvo su auge en los años 20 y 30 del siglo XX, evidentemente ya no quedan fascistas vivos. No obstante sí que podemos hablar de comportamientos propios del fascismo o que conducen al mismo. De la misma manera se puede hablar de fascistas en potencia o en estado de disponibilidad (Adorno). Y, desde luego, existen personas que, por su actuación violenta, responsabilidad política, capacidad de movilización o influencia comunicativa, sí que pueden calificarse como auténticos fascistas que fomentan de manera consciente el odio hacia el diferente.

¿Qué actitud debemos adoptar con los fascistas en potencia? ¿Debemos dejar de hablarle a nuestro pariente en la cena navideña; retirar el saludo a nuestro vecino; insultar a nuestra compañera de trabajo? Sinceramente, creo que ello sería un tremendo error y contribuiría a reforzar sus convicciones intolerantes. Al fascista en potencia, más si es conocido, se le combate y se le reeduca con el diálogo. Con firmeza en nuestras ideas de solidaridad y empatía. No asintiendo, no callando, no permitiendo que se extienda su discurso lleno de clichés, mentiras e ignorancia. Enfrentándolos a esa realidad del otro que se niegan a ver. Si, en cambio, a estas personas que pueden ser nuestro vecino o compañera, se les combate negándoles su propia alteridad, las estamos dando por perdidas y dejando que se sumen a las hordas del fascismo organizado.

¿Y con el fascismo consciente, organizado y violento? ¿Qué hacer? Aquí, a mi juicio, la respuesta debe ser diferente: combate por todos los medios sin posibilidad de considerarlos si quiera como una opción política aceptable. La intolerancia, la discriminación y el fomento de la violencia, física, psíquica o verbal, no son nunca respetables.

Me gustaría terminar recomendando dos lecturas. La primera es el Nuevo Testamento, especialmente dedicado a los hipócritas que, como dice Jesús son como los sepulcros blanqueados: limpios y blancos por fuera, pero podridos por dentro. Jesús de Nazaret, preguntado por un escriba sobre cuál era el mandamiento más importante respondió: «El primero es: “Escucha Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor, y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas”. El segundo es: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. No existe otro mandamiento mayor que éstos» (Mc 12, 29-31). Y, por si quedaban dudas sobre quién es el prójimo para Jesús, éste contesta con una parábola: «Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó, cayó en manos de unos bandidos, que lo desnudaron, lo molieron a palos y se marcharon, dejándolo medio muerto. Por casualidad, un sacerdote bajaba por aquel camino y, al verlo, dio un rodeo y pasó de largo. Y lo mismo hizo un levita que llegó a aquel sitio: al verlo dio un rodeo y pasó de largo. Pero un samaritano que iba de viaje llegó adonde estaba él y, al verlo, se compadeció, y acercándose, le vendó las heridas, echándoles aceite y vino, y, montándolo en su propia cabalgadura, lo llevó a una posada y lo cuidó. Al día siguiente, sacando dos denarios, se los dio al posadero y le dijo: “Cuida de él, y lo que gastes de más yo te lo pagaré cuando vuelva”. ¿Cuál de estos tres te parece que ha sido prójimo del que cayó en manos de los bandidos?». Él dijo: «El que practicó la misericordia con él». Jesús le dijo: «Anda y haz tú lo mismo» (Lc 10, 30-37). Nótese que, a ojos de los judíos, los samaritanos eran extranjeros, herejes y rivales irreconciliables. Ahí es nada.

La otra lectura es El último anillo, del ruso Kirill Yeskov (o Eskov). La novela parte de que El Señor de los Anillos, de J.R.R. Tolkien, es la historia de una guerra narrada por los vencedores. Sin embargo, los perdedores tienen otra visión de lo que sucedió: Mordor era un país pre-industrial y Sauron un gobernante ilustrado que promovía la razón humana, la ciencia y el progreso. Frente a él, la coalición de elfos, magos y hombres occidentales arios defendían un Estado teocrático, racista y feudal, dominado por la magia, la superstición y el belicismo.

Merece siempre la pena ver otro punto de vista.