Hasta que el golpe sea muy fuerte

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Acabó 2020. Para muchos un año nefasto. Para otros, uno excelente porque han seguido acumulando riquezas sin límite. Y para la mayoría de la población mundial, un año más en el que han tenido que seguir sobreviviendo en la miseria, sin acceso a agua potable, soportando enfermedades, hambrunas, basura y bombas cayendo sobre sus cabezas (ahora, por suerte, será una vicepresidenta afroasiática la que les mande las guerras). El año de la pandemia lo llamará nuestra ombliguista sociedad occidental, profundamente idiotizada, miedosa, decadente, carente de ética y valores humanos, que sigue pensándose el centro del universo. Y oculto tras el velo del virus se sigue ocultando la crisis sistémica de nuestra sociedad, cada vez más cerca del inevitable colapso.

La insignificante roca en la que habitamos ha comenzado un nuevo viaje alrededor de la estrella que nos alumbra, dándonos la vida, de la misma manera que nos la quitará como especie dentro de millones de años. Si quiera sea por eso, merece la pena reflexionar sobre qué nos depara el tiempo que tenemos por delante y cómo afrontarlo.

Más allá del virus pasan otras cosas, aunque no lo creáis. Y algunas son bastante más graves. Caminamos hacia un tremendo colapso económico, energético, climático y político. Económico porque nuestro progreso lo fiamos a un absurdo eterno crecimiento, a un consumo desbocado y a un ídolo con pies de barro llamado dólar estadounidense, sin una creación de riqueza real que lo respalde. Actualmente el Imperio USA es poco más que una terrible, aunque menguada, potencia militar mundial secundada por decenas de Estados vasallos que, a la primera de cambio, aprovecharán la más mínima oportunidad para cambiar de señor cuando haya otro que les ofrezca una alternativa económica y cultural más fiable. Lamentablemente, un país como Andalucía, con una economía dependiente y extractivista (minería, agricultura y turismo) sufrirá la crisis de peor manera que otras sociedades con un tejido productivo más diversificado.

Energéticamente el modelo actual es insostenible. No es posible satisfacer de manera indefinida el modo de vida occidental. Menos aún cuando el pico de producción del petróleo hace años que se alcanzó. Ni siquiera las llamadas “energías limpias” podrán hacer frente a la demanda actual (es sencillamente absurdo pretender sustituir todos los automóviles de combustión por eléctricos, por poner un ejemplo). Antes de lo que pensamos llegará un día en que no puedan circular tantos aviones, barcos o coches. Ni podrán encenderse tantas luces. Naturalmente siempre habrá quienes no notarán nada y esto es lo que contarán en los medios. Es realmente descorazonador que Andalucía carezca del más mínimo poder de decisión sobre su política energética.

Climáticamente la especie humana se ha garantizado un punto de no retorno. La voracidad del capitalismo, una pandemia que ha causado muchas más muertes que el coronavirus, ha provocado la destrucción de ecosistemas, la aparición de enfermedades como el famoso Covid-19 y un calentamiento global que nos deparará fenómenos meteorológicos extremos. Desgraciadamente, un país como Andalucía verá como muchos de sus ecosistemas desaparecen, y los veranos y las sequías se hacen más largos y extremos, sin que ello cope las veinticuatro horas los canales de televisión como sí lo han hecho con las nevadas en Madrid.

Y políticamente el panorama es bastante descorazonador. Décadas -o incluso siglos- de aculturación han logrado una sociedad profundamente estúpida, egoísta, sin ningún sentido crítico, inquietud intelectual, ni sentimiento de comunidad. Y aquí no caben excusas que dispense a los propios y acuse a los contrarios. El ascenso de un autoritarismo profundamente ignorante y soez no es patrimonio de una sola formación política. Es una sociedad entera la que va tomando esa deriva. Vivimos una política de hooligans, en la que los nuestros siempre llevan razón y los contrarios siempre están equivocados. No ofrecemos soluciones reales aunque sí una buena capa de pintura roja, morada, tricolor o arco iris que lo tapa todo, de la misma manera que otros se esconden en sus colores patrios como si eso lo arreglara todo. El líder o el partido siempre llevan la razón y nunca lo cuestionamos porque el enemigo es aún peor. Hemos perdido la empatía con los demás y nos hemos llenado de miedo. Valgan dos ejemplos: la subida del precio de la electricidad y el autoconfinamiento por la pandemia. En la subida de la luz el debate se ha centrado en si el gobierno heredó el sistema del gobierno anterior o no. La renuncia a cambiar las cosas, a regular de otro modo un sector estratégico es una muestra evidente de pérdida de soberanía. La defensa de unos líderes a ultranza roza el patetismo. Con el autoconfinamiento pasa otro tanto: resulta frívolo y de un aburguesamiento extremo propugnar un confinamiento general cuando tienes tu vida resuelta, cobras del Estado, no temes perder tu trabajo, disfrutas de una vivienda amplia con luz, agua, gas y todas las comodidades. Más grave aún es cuando defiendes eso y sabes que hay miles de familias que no disponen de ellas, que van a perder su empleo y nadie se atreve a defender públicamente como condición indispensable para el confinamiento, el sustento, salario, asistencia y viviendas dignas para todas ellas. Luego nos extrañará que surjan fenómenos populistas y extremistas y que sean las clases populares quienes los apoyen ante la desilusión generada por un progresismo cosmético.

Estoy convencido de que la única salida a las crisis que tenemos en lontananza es echar el freno. Pararnos y dejar de crecer. Volver a lo local y a lo que nos rodea. Tenemos dos opciones: o lo hacemos de manera ordenada o lo hacemos de manera abrupta y violenta. Naturalmente es preferible lo primero. Pero para ello será necesario cambiar muchos hábitos de vida: tendremos que modificar nuestro modelo de ocio y turismo, dejando de viajar a destinos remotos. Habremos de modificar nuestro consumo, que será más local y de temporada. El concepto de empresa, de beneficio, de escuela o de propiedad habrán de ser necesariamente diferentes, integrando valores de cooperación, de bienes comunes y de formación humanística, multidisciplinar y andaluza.

La otra opción es seguir igual, pandemia tras pandemia, culpando a los chinos, a los inmigrantes o a los que no madrugan por las mañanas. Hasta que el golpe sea muy fuerte… Quizás hasta nos lo merezcamos…

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