La caridad como publicidad; el virus de la vanidad

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Qué de cosas aprendemos en este confinamiento. Si bien en cada esquina brotan epidemiólogos, presidente del gobierno (o líderes de la oposición), estadísticos, aprendices de ministros o asesores de la OMS; cada día descubrimos algo nuevo. Lejos de toda melancolía propia del conocido icono capitán a posteriori, el capitalismo sabe reinventarse y con él su publicidad. Es bondadoso cuando le interesa. No faltan entidades financieras, aseguradoras, cerveceras, telefónicas, eléctricas… que no haya estado diligente para mostrar su sensibilidad publicitaria ante la realidad a la que nos empuja el tiempo presente. Las cadenas televisivas airean la exquisita bondad de los inversores de sus respectivos grupos mediáticos. Sin embargo, si toda esa inversión se hubiese canalizado en su día a la sanidad pública igual otro gallo nos cantaría. La virtud teologal se ha convertido una vez más en el mejor marketing empresarial. Una absurda carrera a ver quien dona mayor cuantía, más pronto y mejor.

No obstante, la mayor de las paradojas está en aquellas cuentas corrientes donde ahora, justo ahora, se recauda dinero para ayudar a una sanidad siempre pública que pelea en el mercado internacional por mascarillas y respiradores. Hasta los narcos han aprendido de estas prácticas para ganarse el favor popular. Bandas que no valoran ni una perra gorda la vida humana, haciendo ahora lo posible para la subsistencia de “las familias”.

Podría servidor recurrir al bíblico sermón montañés; aquel que dice que lo que hace tu mano derecha no se entere la izquierda. Pero todo apunta a que demasiados cristianos ejemplares, esos de golpe de pecho, prefieren dar lo que les sobra antes de compartir lo que tienen esperando siempre una recompensa para la otra vida. Rentable inversión no se sabe a qué plazo y con cual recompensa. Un verdadero relajante de conciencias. Se podría aludir también que es humanitario ayudar. Cierto, es una íntima satisfacción. Lo que no debe llamarse así nunca es a la capacidad de arrimar el hombro para darla a conocer publicitariamente y recibir elogios y recompensas en muy diferentes formatos. Eso tiene otro nombre. Cuando se emplea la solidaridad para vender una marca, creencia, servicio técnico o grupo empresarial…, cuanto menos hay que ponerla en cuarentena por interesada o hipócrita. Incluso, en algunos ejemplos aunque sólo posean un logo de publicidad, pero su primera intención religiosa es tan manifiesta como escondida. Convenientemente adobados los hechos con la publicidad, video o foto correspondiente, la acción caritativa en tiempos de este cólera, se convierte en un mero ejercicio de vanidad como modalidad barata del marketing empresarial, grupal o personal. Es más, de buenas maneras cazamos dos pájaros a la vez: ejercemos nuestra caridad evangélica y promocionamos nuestros servicios en tiempo de crisis. Y si de paso esta caritativa inversión desgrava a Hacienda, mejor. Los pobres son siempre rentables.

Tampoco faltan famosos/as, en todas sus vertientes modalidades imaginables que, de camino que nos enseña su jardín, gimnasio o cocina… como no puede ser de otra forma, nos anima a soportar la levedad de este confinamiento en la medida que le imitemos en sus recomendaciones. Qué fácil ejercer de modelo social siendo acomodado o famoso; o ambas cosas.

Es de suponer, que ante estas líneas algunos pensarán que es mejor que sea así antes que dar la espalda a lo que se llama responsabilidad social de toda empresa. Al fin y al cabo, más allá de sus beneficios, la referida suma de gestos representan un valor añadido e intangible que aumenta la imagen empresa. Es verdad. Como también lo es esa capacidad camaleónica de un capitalismo que se aprovecha la miseria de muchos para aparecer como héroes. Ese deshumanizado capital que, en buena parte de los casos, es el causante indirecto de tantas lacras sociales y que frente al voluntario -y verdadero héroe- anónimo, es incapaz de mostrar su “humanidad” en un contexto normalizado siempre sometido al imperio del beneficio y la rentabilidad.

Acompañada la cuestión de una permanente ración de aplausos todos los días a las ocho, se convierte en una justificación perfecta. Otra adormidera de conciencias; porque eso de analizar e ir a la raíz de los problemas es algo muy complejo. Implica un esfuerzo mental que incomoda y remueve tu zona de confort. Eso de reclamar más inversiones en sanidad pública es cosa de rojeras y no está uno (ni la empresa de rigor), como para identificarse con causas “políticas”. Posiblemente de hasta gobiernos “social- comunistas” (¿).

Es muy posible que quien pasa el tiempo buscando engaños, bulos gubernamentales, falsedades… no tenga energías en ver otras cosas. Ni quiera, instalado en su pensamiento único: o lo que es lo mismo, un solo pensamiento. Donación, fotos y redes ese triangulo perfecto de una vanidad para ir por casa escamondao de conciencia. Pero al margen del problema sanitario que no es poco, creo que aún no ha empezado en demasía la crisis social y económica. Comienza a despuntar. Quizás esos repartos de voluntarios, con toda la buena voluntad del mundo, quizás vayan más destinados a quienes por diferentes motivos no puede moverse de sus casas. Convencido estoy -y mire usted que me gustaría equivocarme muy mucho- que vendrán tiempos donde a la escasez de alimentos se sume la pobreza energética y, aunque tengamos qué comer, nos encontremos entre otras cosas, privados de luz o butano para cocinar como es debido. Veremos entonces qué empresas echan una mano solidaria en esa otra crisis, tanto o más profunda, cuando se hayan saturado los clientes y consumidores de fotos y mensajes tan bondadosos como faltos de humildad.