La ciudad

La ciudad fue, desde su origen y por su misma naturaleza, un lugar asediado y asediador. Sus murallas se contraponían al campo, que carece de ellas, para definirla, concretarla y delimitarla; y sus murallas encerraban a los que vivían dentro de ellas bien diferenciados como esclavos, extranjeros de paso o ciudadanos. La ciudad fue la primera gran máquina de habitar colectiva y también de excluir, de discriminar, de expulsar en nombre de un estatus político y una personalidad colectiva tan estandarizada como falsa, basada en los valores políticos de las clases hegemónicas que han sido los que históricamente la han modelado sobre dos principios básicos: beneficiándose y rentabilizando su espacio a través de operaciones especulativas sobre el suelo urbano y protegiéndose con ese mismo urbanismo de los de abajo. Los guetos, los desahucios, las batidas policiales, la destrucción de barrios enteros, han sido la respuesta habitual de los de arriba en su miedo al contagio con los de abajo y su afán por controlar los lugares donde crecía la desobediencia y la insumisión, porque la ciudad jamás fue para ellos el espacio donde ensayar un modelo de convivencia democrática sino un proyecto de mercado cuya expresión más patética quizás sea la actual ciudad tematizada, con los ciudadanos convertidos en figurantes de un espectáculo imposible donde la ciudad se dota de una narración cuyo eje se sostiene precisamente en haber expulsado a la historia de ella.

Si la lógica de la política de nuestras democracias representativas es la de mantener lejos a la ciudadanía de los asuntos que le conciernen, por qué iban a querer que en la vida ciudadana representaran otro papel que el de extras y por qué la ciudad tendría que ir más allá de representarse como simulacro, parodia de su supuesta idiosincrasia cultural o histórica, artificio que recrear sobre algún elemento singular y auténtico que refrende el que todo sea pura escenografía puesta al servicio del mercado y del olvido de las contradicciones que laten en el seno de esa comunidad.

En 1948 el alcalde de Granada organiza en el Corral del Carbón una exposición para que los turistas vean, sin tener que desplazarse al conflictivo Sacro Monte, cómo es el modo de vida troglodita de los gitanos; para ello se recrearon dos casas-cuevas que fueron expuestas a modo de piezas de museo ambientadas con los propios gitanos del barrio. Lo mejor es que toda esta parodia sucedía a escasos tres kilómetros del lugar donde la vida humilde y las condiciones miserables de vida se daban la mano sin mediaciones, sin simulacros y por tanto, sin que pudiera ser consumida por el espectáculo; pues lo gitano, como objeto de atracción y fascinación, únicamente se puede relacionar y comunicar con los espectadores a través del flamenco que, en cualquier caso, no deja de ser una reducción de la vida a objeto museístico y de consumo.