La línea, la sombra del sensacionalismo

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La Bahía de Algeciras en general y La Línea en particular, son un embudo por el que entra a Europa la droga, el terrorismo y la inmigración ilegal. Así comienza la serie de Netflix “La sombra del narco”. Por boca de un policía, como el 95% de la narración. Un trabajo documental, 80 entrevistas y trescientas horas de grabación, que es una apología indisimulada del trabajo policial con buenos y malos. Un trabajo que supongo que será bien recibido por el público en general, ya que cuadra con el resto de productos de ficción del género que se puede encontrar en cine y televisión. Porque el trabajo tiene mucho de ficción. Solo que aquí los policías y narcos se interpretan a sí mismos, maquillados y con buena iluminación, exagerando sus gestos, lanzando frases dramáticas y haciendo posturitas. Su referencia se encuentra evidentemente en los realities estadounidenses sobre la policía, tipo Cops, donde el cámara sigue a la típica pareja de policía cuando entran en un barrio bajo, con la esperanza de poder grabar algún asesinato en directo.

Como se trata de una mala ficción policial, no hay lugar alguno en el guión para la ambigüedad moral. Los policías hablan del mal, de los malos y hasta del imperio del mal con la misma convicción con la que Bush llamaría a bombardear Irak o Afganistán. Probablemente no hay ficciones ajenas a la ideología. Ésta en concreto transmite una representación de la realidad extremadamente burda. Hay policías que son buenos y narcotraficantes que son malos, a los que les mueve la ambición y la adrenalina (textual del documental). No hay contradicciones, ni complejidad, todo es blanco y negro, como en un comic malo para un público infantil.

¿Qué tiene de malo idealizar la actuación de estos funcionarios del estado? Cuando vemos una ficción al uso, una ficción que no intenta fingir ser otra cosa, al menos el tratamiento maniqueo responde a una cierta aspiración utópica de un mundo mejor. Hay una aspiración legítima a que existan policías incorruptibles, dispuestos a hacer justicia cueste lo que cueste. Además, todo resulta mucho más sencillo cuando los buenos son muy buenos y los malos muy malos. Sin embargo, cuando trasladamos esta representación ideológica a la propia realidad, el efecto es inquietante. Tiendo a sospechar que, cada vez más, los chavales de barrio, incluidos los que están implicados en algún tipo de narcotráfico, tienden a imitar los estereotipos que muestran los policiales estadounidenses. De igual forma, los policías pueden acabar creyéndose que están en un mundo parecido a la ficción y actuar como si estuvieran en una película. Luego nos extraña que en EE.UU. le peguen siete tiros por la espalda a un sospechoso, a medio metro y por la espalda. Desde luego, con un producto de este tipo, no creo que se beneficie a La Línea. En absoluto. En todo caso se incentiva y se legitima una futura escalada de violencia, que desde luego le vendría muy bien a la industria española del espectáculo.

Una consecuencia paradójica de la visión tan extremadamente parcial del documental es que, en el primer capítulo de cuatro, para un documental montado a base de entrevistas, solo podemos asegurar que uno de los que hablan sea de La Línea, el alcalde. La Línea es una ciudad grande y bastante vital en comparación con otros lugares. Para las personas que viven allí su vida cotidiana no es un lugar menos seguro que cualquier barrio obrero de cualquier ciudad andaluza. Es una ciudad con una historia compleja y apasionante. Con una identidad rica, llena de influencias inglesas y africanas, al mismo tiempo que muy enraizada en la cultura de la Andalucía occidental costera y más abierta. Un enclave geográfico privilegiado, desde el que se avistan dos continentes, tres estados, un mar y un océano. Un centro muy vivo, en expansión y con un espacio público que ha mejorado mucho en la última década. No es un mal sitio para vivir. Nada de esto sale en el documental y a nadie parece interesarle.

La Línea, y el campo de Gibraltar, tienen muchos problemas. Es un lugar en el que confluyen mundos tremendamente desiguales, con casinos flotantes a un lado de la verja y grandes concentraciones de infravivienda y barrios degradados en la otra. Con unas tasas de paro demenciales, víctima de la reconversión industrial y de las decisiones del gobierno de turno respecto al paso de la frontera. Es un lugar que no solo ha sido ignorado, sino maltratado sistemáticamente por las administraciones del Estado, prácticamente desde su fundación como municipio. Tratar estas cuestiones es un reto. Reducirlo a una cuestión de orden policial es renunciar a cambiar nada.