La responsabilidad socio-ambiental de la ciudad turistizada: ¿una Sevilla con su territorio?

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Durante más de 6 meses, distintos colectivos de Sevilla se estuvieron reuniendo para montar el Encuentro Social contra la Turistización: Alternativas y Resistencias (EST:AR), más de una semana de actividades, mesas redondas y acciones directas que tuvieron lugar desde el 2 al 7 de abril, coincidiendo con la cumbre de la patronal turística global (WTTC) en la misma ciudad. Este encuentro se plantea frente a los mensajes institucionales de situar a Sevilla como capital global del turismo, una vuelta de tuerca más sobre otra ciudad mediterránea, donde el turismo resulta ser el eje vertebrador de la economía urbana en menoscabo de las personas que realmente la habitan. El encuentro partió de distintos ejes a los que afectaba el proceso de turistización, y a través de una agenda colectiva se fueron dando forma a distintas actividades que denunciaban, reivindicaban y proponían alternativas al desarrollo turístico como monocultivo de nuestros territorios.

La ciudad actual tiene un doble papel: uno como lugar-mercancía desde donde extraer valor, ya sea por sus peculiares características socialmente construidas, como por su patrimonio material. El otro, la emergencia de las ciudades como actores claves de la economía global. Así, las ciudades resultan ser anclajes estratégicos, infraestructuras de la nebulosa del capital financiero necesarias para su funcionamiento donde se sitúan bufetes de abogados, consultoras, auditoras y otra serie de servicios fundamentales para que los flujos de capital sigan moviéndose de manera cada vez más rápida, así como para ser el escaparate del consumo turístico.

En este sentido, la cumbre WTTC da buena cuenta de esto: Por un lado, el ayuntamiento ha forzado el escenario sevillano para la cumbre, disponiendo el Alcázar o la Plaza de España para uso y disfrute de los inversores, reflejando cómo la propia ciudad puede ser perfectamente una estampa de flamenco y monumentos al servicio del consumo turístico. Por el otro, la disposición de salas privadas para la negociación de inversiones millonarias, el listado de bienes públicos puestos a disposición de esta patronal, o la cantidad de agentes del sector del turismo, pequeños y medianos incluso, que pugnan por dar servicios a esas grandes inversiones sedientas de aterrizar en la ciudad. Con esto último me refiero a, por ejemplo, nuevos formatos de empresa que dan servicios de limpieza doméstica, entrega y recogida de llaves, o sistemas de tele-seguridad, todo calculadamente precarizado y feminizado, para dar servicios a grandes actores en espacios estratégicos del turismo global como los formatos de economía colaborativa (véase AirBnB).

En este doble papel, como infraestructura económica y como lugar de consumo, cabe destacar asimismo la presión ejercida sobre los recursos naturales puestos a disposición de la ciudad que se turistiza. Así, a los procesos de consumos materiales y energéticos desorbitados de cualquier gran ciudad, se le suma la presión ejercida por el turismo, en un contexto donde la ciudad domina, modifica y adapta los socio-ecosistemas rurales a las necesidades de desarrollo urbano. Todo ello a un coste muy bajo, una colonización en cubierto de los recursos naturales puestos a disposición del turismo.

Dos ejemplos claros de esto: el primero, algo tan básico como los alimentos, donde si ya nos encontramos ante un sistema agroalimentario globalizado e industrializado con grandes impactos sociales y ambientales, hay que sumar la adaptación de su organización a las pautas de consumo acelerado del turista, con su rapidez y disponibilidad constante, sin importar la procedencia ni las condiciones sociales, lo que de seguro incrementa sus impactos. Cuando vemos la apertura de negocios pertenecientes a la gran distribución en los centros de las ciudades, con los formatos de comida pre-fabricada o express, ofertando productos cada vez más empaquetados, en formatos cerrados (obligando a consumir más y fomentando el desperdicio alimentario), y disponiendo de productos más adaptados a los turistas que a las habitantes, se intuye el impacto medioambiental que esto supone. El segundo, los desarrollos de infraestructuras estratégicas que conectan las ciudades, un atentado ambiental en toda regla como hemos podido observar con la ampliación actual del aeropuerto de Sevilla, infraestructuras que incrementarán los transportes más contaminantes. Esto también es patente en las derrochantes inversiones en el AVE, un medio que se beneficia del turismo y cuya rentabilidad ecológica resulta de dudosa fiabilidad.

Y es que el turismo, en términos generales, no es esa gallina de oro que pueda generar riqueza manteniendo bajos impactos medioambientales. Si lo primero se pone muy en entredicho, lo segundo queda refutado por autoras como Iván Murray o Joan Buades, que han analizado el impacto medioambiental de la transformación de las Islas Baleares en destino turístico, y la relación entre la huella medioambiental de los vuelos, cruceros y hoteles con el fomento del sector turístico respectivamente.

Todo esto refleja cómo los consumos ejercidos desde las ciudades turistizadas, por sus dinámicas y estructuras sociales, son patrones que externalizan los impactos medioambientales, colonizado entornos rurales y sometiendo todo al desarrollo urbano. Pero además, se perpetúa el patrón de colonización del Sur, donde el mediterráneo es receptor neto de turismo, y donde sus recursos son puestos a disposición de un Norte que visita contaminando hasta ocho veces más que un local según recientes estudios. Así, esta dualidad territorial se materializa en una jerarquía social que sitúa en la cúspide a los circuitos de inversores capitalistas urbanos, y conforme bajamos en la escala obtendremos combinaciones de racialidad, género, clase y ruralidad, sujetos que poco se ven beneficiados de la nueva gallina de oro del turismo.

Estas mismas falacias han sido denunciadas durante el EST.AR, quedando claro que su modelo NO es una industria poco contaminante y que cree riqueza. Así, distintos ejes sacaron a debate la necesidad de visibilizar los impactos socio-ambientales que enmascara la panacea turística. En este sentido, sería bueno que las distintas administraciones encargadas de velar por el bienestar social y ambiental de nuestros territorios reflexionaran sobre estas denuncias, y defendieran realmente tanto la dignidad de aquellas personas que habitan las ciudades que pretenden convertir en parques de atracciones, como la responsabilidad medioambiental que tienen las ciudades con la situación de emergencia climática ante la que nos encontramos. Independientemente de ello, las vecinas han comenzado a organizarse pensando en esta clave, porque pensar que Sevilla no tiene suficiente turismo es un atentado ético y moral contra el medioambiente y las personas que habitamos estos territorios. Es por ello que durante el EST:AR, coincidimos las que estamos Retomando los Barrios, Resistiendo en lo Común.