La Virgen del Rocío en TV3: Libertad de expresión, supremacismo y andalufobia

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Desde el martes pasado, y en especial desde el fin de semana, parece que no existe otra cuestión tan central –habiendo tantas- como la sátira a la Virgen del Rocío en un programa, definido como “de humor”, en la TV3 catalana. Las reacciones han sido furibundas, sobre todo desde partidos políticos, varios de los cuales (los más de derecha y anticatalanistas) han incluido ya el tema en su precampaña electoral.

Vaya por delante que defiendo como un derecho irrenunciable la libertad de expresión, soy opuesto a la censura y contrario a penalizar como delito la utilización de palabras y expresiones, siempre que no propaguen conscientemente falsedades de grueso calibre o choquen frontalmente con los Derechos Humanos. La apología del nazismo o del franquismo, el negacionismo del holocausto o declaraciones explícitamente clasistas, sexistas, racistas y xenófobas sí deben ser delitos porque entrarían en este último apartado. No así los ataques o críticas verbales a símbolos y sentimientos, porque ello supondría uniformizar de forma impositiva una sociedad que, como la nuestra actual, es compleja y está fracturada de forma múltiple.

Esto último no significa que sea legítimo, o ni siquiera decente, cualquier tipo de crítica o sátira no ya a los conceptos y normas –lo que es plenamente aceptable-, sino a los sentimientos y referentes identitarios de colectivos definidos por su género, etnia, ideología o cualquier otra característica cultural fuertemente interiorizada. Siempre me ha parecido infame que, con la excusa del humor, se ridiculice desde el poder establecido o desde la mayoría social a colectivos no heterosexuales, a negros, indios, gitanos, moros, inmigrantes, creyentes de religiones no cristianas, etc. Tradicionalmente han sido objeto de chistes más o menos bárbaros y han sido estereotipados de manera que quedara justificada su inferioridad (física, moral, cultural…). El supremacismo desde la ideología y colectivos dominantes se ha expresado y expresa, en estos casos, con entera libertad. Otra cosa es si la sátira y la ridiculización se dirige a símbolos, instituciones y referentes propios de la parte dominante de la sociedad. En este caso, aunque algunos pretendan no verlo, existen múltiples tabúes y límites (no necesariamente legales) al ejercicio de la libertad de expresión. Límites que parecen no existir si la sátira va dirigida contra los débiles, contra los “otros”. Defiendo, por tanto, la libertad de expresión, pero también la necesaria prudencia y equilibrio en el tratamiento de símbolos identitarios, sean o no religiosos y puedan o no gustarnos sus contenidos, sobre todo cuando son referentes de sectores, clases o grupos étnicos en situación estructural dominada.

Pero al igual que me parecen infames los estereotipos acuñados, con la excusa de que son en clave de humor, contra las minorías o sectores minorizados de la sociedad, porque son caldo de cultivo para el sexismo, la homofobia, la xenofobia y el racismo, tampoco acepto a los inquisidores que pretenden imponer un pensamiento único y dictar lo que es correcto y lo que no lo es.

Aplicado lo anterior al gag o parodia de TV3 sobre la Virgen del Rocío, entiendo que muchos andaluces, y aún más si son rocieros, se hayan sentido heridos en sus sentimientos. La pantomima, además de ser de sal gorda, grosera y “malaje” (como la ha calificado, pienso que adecuadamente, Teresa Rodríguez, de Adelante Andalucía), solo repite tópicos no precisamente favorecedores para los andaluces. Y sus autores parecen desconocer que un sentimiento de rechazo iba a producirse no solo en Andalucía sino también en la propia Cataluña, donde viven cientos de miles de ciudadanos que, además de catalanes, continúan sintiéndose culturalmente andaluces y que iban a rechazar el tratamiento que se hacía de este nuestro pueblo desde un supremacismo inaceptable. Rechazo no solo porque la Blanca Paloma tenga allí más de una veintena de hermandades (la mayoría de ellas no reconocidas por la “matriz” de Almonte), presida Casas de asociaciones y celebre romerías que concentran a decenas de miles de personas, sino porque están hartos de ser tratados, a veces, como “charnegos” cuando han contribuido como pocos al progreso del país catalán.

Habría que indagar a qué intereses responde esta gratuita provocación cuya utilización partidista amenaza con resucitar allí el fantasma de las dos comunidades. Si no fuera porque TV3 es una televisión pública, me inclinaría a que está ideada, a menos de dos meses de las elecciones municipales, por enemigos de ERC y del gobierno de la Generalitat catalana, para echar en brazos de partidos de la derecha españolista a un muy amplio porcentaje de electores que son andaluces o descendientes directos de andaluces, muchos de los cuales se habrán sentido ridiculizados en su identidad de tales, sean o no rocieros (que tampoco, si es así, hay que identificar necesariamente con creyentes católicos practicantes). Claro que, a lo peor, solo se trata de una estupidez, de una ocurrencia, que debió ser interceptada por los responsables políticos de dicha televisión.

Tanto los casos del Rocío como de la Semana Santa, en los carnavales de Cádiz y en obras teatrales de gran éxito en Sevilla, como Estrella Sublime, han sido objeto de parodias sin grosería, que caben sin demasiados problemas dentro de nuestras claves culturales. Pero el sketch de TV3 refleja, además de una total falta de sensibilidad, empatía e ingenio, un desconocimiento profundo sobre lo andaluz, lo que ha dado pie a reacciones indignadas, algunas espontáneas y otras políticamente planificadas. En pocos días, se han sucedido condenas y desgarramiento de vestiduras por parte del obispado de Huelva, de la matriz de Almonte, de hermandades y asociaciones varias y, sobre todo, de partidos políticos que han activado la polémica para llevar el ascua a su sardina presumiendo de “andalucismo” y activando la catalanofobia. Algunos exigen, nada menos, que la restitución del «honor mancillado» de la Virgen del Rocío, como si mancillar el símbolo pudiera estar al alcance de los responsables del más que desafortunado programa. Me temo que pueda haber iniciativas de desagravios, en la más plena reactivación del nacionalcatolicismo, interpelaciones en instituciones políticas u otras exigencias descerebradas. Ya desde el PP están exigiendo a Sánchez que rompa con sus socios catalanistas (¡! ) Quizá hubiera sido preferible la indiferencia o el desprecio hacia los perpetradores de la «gracieta» sin gracia. Y no dar cancha a los oportunismos, aunque ya esto no sea posible porque hay interesados en convertir la chispa en incendio.

Mención aparte merecen aquellos que, declarándose andaluces, han aplaudido la chanza sólo porque iba dirigida, formalmente, hacia un símbolo religioso. El talibanismo laicista (que existe y no hay que confundir con la defensa necesaria de la laicidad) les impide ver que de lo que se trataba es de ridiculizar no ya a una Virgen concreta (aunque se ha escogido a la más popular de Andalucía y la única que tiene hermandades en las ocho provincias y también en Cataluña) sino a los andaluces en general, más allá de que podamos ser rocieros, católicos ortodoxos, agnósticos, ateos, laicistas o libertarios. Porque la burla venía desde arriba, que es donde se sitúan sus autores, y se hacía a quienes ellos consideran que somos los de abajo: los andaluces. Por ello es inaceptable.

Termino señalando que cuantos se escandalizan por el inadecuado tratamiento de un símbolo religioso deberían también, no menos, escandalizarse porque Crucificados, Nazarenos y otras imágenes, en días pasados en no pocas de nuestras ciudades y pueblos, hayan sido rodeados, portados o acompañados en sus procesiones por gente armada (y no me refiero a los armaos de la Macarena y otros romanos sino a la Legión y demás cuerpos militares), suplantando a aquellos en el protagonismo con la excusa, en este caso, de su veneración. ¿No tienen nada que decir a esto obispos, cofradías y capillitas varios?