Los corralones artesanales de Sevilla. Un patrimonio etnológico en peligro

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Desde tiempos medievales y hasta bien entrado el siglo XX, Sevilla se configuraba como una ciudad caracterizada por la multifuncionalidad, la diversificación y la concentración espacial de actividades económicas y socioculturales. En esta promiscua ciudad densificada convivían en un mismo espacio multitud de usos económicos junto con otros de carácter sociocultural (residenciales, de sociabilidad, rituales, festivos…). Como señalaba Luis Pons, a finales del XIX en una misma calle se podían intercalar «un suntuoso palacete de la alta burguesía y unas calles más abajo un corral de vecinos… un edificio del siglo XVII, otro de reciente construcción” (1981:5-6).

En esta ciudad en la que lo habitual era «el entremezclarse de las residencias con los talleres y las industrias” (Marín de Terán, 1980:41) abundaban los popularmente conocidos como “corralones artesanales”: enclaves socio-productivos representativos de una arquitectura vernácula urbana pre-moderna formados por una red de callejuelas sin salida que concentran distintos talleres artesanos, artísticos e industriales.

Afortunadamente hoy siguen activos algunos de estos corralones que aportan singularidad socio-urbanística a Sevilla. Son espacios fundidos con la ciudad, pero al mismo tiempo están ocultos, fuera de la escena cotidiana, lo que los convierte en sitios sugerentes y sorprendentes de gran interés etnológico. A pesar de situarse en el centro histórico y simbólico no los vemos, ya que se localizan “entre bastidores”, tras un pasillo o adarve que, una vez recorrido, descubre un mundo artesanal muy distinto del colindante donde pueden oírse el repicar de un cincel sobre el mármol, el corte de la madera, los golpes del repujado, verse los humos de la forja y respirar los tintes usados para curtir piezas de cuero o el polvo del granito del escultor. Penetrar en estos corrales es como entrar en otra dimensión. Supone acceder a un entorno híbrido formado por maestros, oficiales, aprendices, obreros y artistas que, inadvertidos, laboran toda una suerte de objetos útiles o suntuarios en plena ciudad y para la ciudad.

Los corralones no son polígonos industriales de naves separadas e independientes, y los artistas y artesanos que allí trabajan no desarrollan su actividad ajenos a sus vecinos. En ellos predomina una atmósfera colaborativa. Su estructura urbana circunscrita y enmarañada, la disposición adosada de los talleres, el arrendamiento como régimen de tenencia dominante, la existencia de aseos y otros servicios públicos comunes como la portería, el contacto cotidiano…, son factores que contribuyen a generar un espíritu comunitario y un clima propicio a la creación y al diálogo entre sensibilidades y oficios distintos. Aquí la tradición y la creación van de la mano alimentándose, porque en los corralones interactúan viejos y sabios maestros artesanos con jóvenes artistas ávidos por comunicar a través de sus obras ideas y sentimientos personales. Son socio-ecosistemas donde es posible reinventar la tradición.

En Sevilla se mantienen activos tan solo unos pocos corralones. Estos espacios constituyen un Patrimonio Etnológico en Peligro, no porque las actividades que allí se desarrollan sean marginales o residuales, ya que generan empleo e ingresos y conectan distintos universos sociales de la ciudad y de fuera, sino por el riesgo objetivo que supone la especulación inmobiliaria. No hay duda de que estos espacios de varios miles de metros en el corazón de la Sevilla histórica son un pastel muy goloso para el capital financiero y las empresas constructoras. La amenaza es evidente. La extinción de estos enclaves singulares supondría un jalón más en el proceso de transformación de los cascos históricos en zonas residenciales indiferenciadas para grupos privilegiados con elevados niveles de renta y en inertes espacios museificados orientados al monocultivo turístico.

La posible desaparición de los corralones no solo perjudica al conjunto de creadores y artesanos que allí laboran. Es un problema social, urbanístico y patrimonial que afecta a la ciudadanía, al hábitat urbano y, en definitiva, al modelo de ciudad. Son distintas las iniciativas que pueden llevarse a cabo para blindar a los corralones ante el envite especulativo. Destacamos cuatro grandes medidas: inclusión en el Atlas del Patrimonio Inmaterial; reconocimiento como Bienes de interés Cultura (BIC) en la categoría de Lugar de Interés Etnológico; aprobación de un Plan Especial dentro del PGOU y aprovechamiento de los instrumentos que proporciona la Ley de Artesanía. No obstante, estas iniciativas difícilmente prosperarían sin el concurso de la ciudadanía y la organización de los propios artesanos y artistas en la defensa de estos singulares referentes de nuestro patrimonio cultural.