Media etiqueta

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Hace unos días recibí una gentil invitación. La Asociación de las Artes Escénicas de Andalucía, ARESAN, celebraba la ceremonia de entrega de los VII Premios Lorca, para coronar a los mejores de la escena andaluza, durante el último año. No fui, pero quizá asista a la próxima… Es de agradecer tanto la deferencia como el esfuerzo que hace ARESAN para visibilizar, por medio de estos eventos, el teatro, la danza y el circo andaluz… pero no fui. En primer lugar, porque me siento francamente incómodo en esos saraos (más próximos a un paseo a caballo por la feria de abril que al teatro, y ni me gustan los paseos a caballo ni la feria de abril. ¡Qué dios –que seguro es de Sevilla capital- me perdone!). Y, en segundo lugar, porque llevo tiempo preguntándome si no nos falta algo de creatividad para encontrar vías de promoción, difusión y evolución de las artes que, ni siquiera por definición, alienten la competencia, la competitividad y todos esos conceptos tan propios de esta época. Por lo demás, les resumo: ganaron, más o menos, los mismos de siempre. Lo cual dice poco de casi todos: del medio, de la organización y, sobre todo, dice poco de los mismos mejores de siempre… Fin de la crónica, que no merece más verbena lo que, la mayoría de las veces, es un accidente y, siempre, una impostura. Pero como diría la ilustración de este país: “es el mercado, amigos”.

Sin embargo, no estaría llenando de palabras el digno vacío de esta página si no fuera por un detalle. El detalle, al contrario que lo anecdótico, es aquel hecho lateral que, bien enfocado, es más revelador que el acontecimiento nuclear. La invitación de ARESAN, exclusiva y válida para dos personas, culminaba gloriosamente con un ruego: “Se ruega media etiqueta”.  Con certeza, esa petición no pasará de ser una mera fórmula, pero incluso como simple formalismo resulta una declaración de principios sorprendente. Tan sorprendente que parece una ironía, pues ese clasismo es totalmente ajeno a la realidad del sector –además de anacrónico y hortera.

Y yo entiendo que un Lorca debe de ser casi como la boda de una hija, que uno empeña lo que no tiene con tal de que ese día luzca aristocrático y rumboso. ARESAN los quiere guapos y elegantes, no es suficiente con asearse y presentarse limpitos a la gala. No, se ruega media etiqueta, tal vez por emular el glamour de otras alfombras rojas, más largas y prestigiosas (como los Goya o los Max: el tedio tiene diversas y variadas estatuillas). Tal vez por superar nuestro provincianismo. O, tal vez, para disfrazarnos por un día, emplumar nuestra apariencia y brindar, con una sonrisa radiante, por el éxito y la buena salud de nuestras artes escénicas.

Pero lo cierto es que ni las alfombras rojas, ni los cócteles, ni las medias etiquetas podrán esconder lo que realmente somos el resto del año: andrajosos. Tristes campeones de la limosnería, incapaces de barajar nuestros deshilachados harapos. El pordioserismo de nuestras producciones, la invernal ingratitud de nuestro día a día, la carcajada hiriente que es nuestro futuro son indisimulables, por mucha lentejuela que amontonemos sobre nuestros raídos esqueletos, una fugaz mañana de primavera. ¿Para cuándo unos Lorca, también en la sala principal del Teatro Central de Sevilla, que sirvan solo para exhibir nuestra pobreza, nuestra soledad y nuestro hastío? ¿Para cuándo ARESAN repartirá tarjetas, sin aparato de cornetines pero con la lógica y sensata invitación de “Se ruega llevar puesta la rabia, el descontento, la impertinencia”? Y que, luego, cada cual calce su desprecio con alpargatas o botines blancos de piqué.