Neofascismos, corporaciones agroalimentarias y filantrocapitalismo

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En Andalucía, el modelo agroexportador impuesto como forma de desarrollo se ha centrado en incentivar la industrialización agrícola con vistas a supuestamente captar mayor valor agregado a través de la exportación, la intensificación y la simplificación de los agroecosistemas. Sin embargo, varias décadas del modelo han demostrado que su implementación no ha hecho sino descomponer la agricultura familiar, incrementar la dependencia de la agricultura de otros agentes del sistema agroalimentario, y empobrecer de manera gradual el sector agrícola y ganadero. A todo ello se suma el ya de por sí desigual reparto de la tierra y los fondos de las políticas agrarias, que siguen la tónica de lo indicado anteriormente. Este modelo afecta de manera particular en la dependencia de importaciones para abastecer a la población regional, precisamente porque el modelo agroexportador muchas veces facilita la comercialización exterior por encima de la conexión con el comercio a escala local, y en consecuencia lo que no se produce aquí hay que ir a buscarlo al mercado internacional. A todo ello se suma la cada vez mayor concentración de la población en áreas urbanas, emplazamientos donde pocas corporaciones de la distribución alimentaria se reparten el mercado, garantizándose así un poder nunca antes visto. Así, el principio de la soberanía alimentaria que much@s defendemos, un proyecto político a nivel global que persigue retomar el control sobre los sistemas agroalimentarios de manera democrática y sostenible, se encuentra en las antípodas del modelo que en la actualidad presentamos.

A pesar del fracaso, el contexto pandémico ha permitido despuntar determinados tintes heroicos asignados a este modelo, aludiendo una supuesta funcionalidad a la hora de abastecer efectivamente a la población. Diversos foros del sector agroalimentario aplauden la capacidad del sistema agroalimentario actual en abastecer efectivamente los lineales de los supermercados y tiendas donde todas nos abastecemos, reforzando esta idea de que es precisamente este modelo el único capaz de realizar tan ardua tarea durante la pandemia. Como es propio de la esquizofrenia capitalista, en la misma conversación se aluden las bondades de un sistema agroexportador a la par que se denuncia la fragilidad del abastecimiento, sin entender el vínculo existente entre la hiperespecialización a la que estamos sometidos los territorios y la dependencia de los mercados globales para nada autorregulados.

También hemos visto cómo grandes corporaciones agroalimentarias salían como héroes por su capacidad de abastecer los lineales de los supermercados, mostrando músculo precisamente por cómo la cadena agroalimentaria funcionaba con la aberrante normalidad, esta vez en su versión filantrocapitalista. Prueba de ello son las muestras de Responsabilidad Social Corporativa puestas en marcha durante el confinamiento: desde multinacionales de bebidas alcohólicas haciendo publicidad en cubierto en el telediario por su conversión para la fabricación de geles hidroalcohólicos, hasta donaciones al Banco de Alimentos, pasando por barriles gratuitos para la hostelería, puesta a disposición de cadenas logísticas, todo ello bien macerado de una estrategia de visibilización de la marca corporativa en todas y cada una de las acciones. Dice un experto en marketing que aquellas corporaciones que invierten en periodos de crisis son las que se hacen con el mercado en el periodo posterior, haciendo alusión a las estrategias llevadas a cabo por Kellogg’s durante la II Guerra Mundial y su posterior conquista del desayuno mundial. Pero lo que me parece más interesante es a los valores a los que se aluden en estas estrategias, sobre lo que volveré más adelante.

De cualquier manera, la pandemia ha tenido evidentes efectos reales sobre la aberrante normalidad económica a la que estamos acostumbrados en la sociedad capitalista. Desde el punto de vista de la producción agroalimentaria, en medio del pico hemos visto las condiciones inhumanas a las que se sometían a los no-ciudadan@s jornaler@s de los campos de agricultura intensiva, una necropolítica en la medida en la que se abandonaban a su suerte en asentamientos de infraviviendas precisamente por su condición de sin papeles. Y en el mismo sentido hemos visto a ciertos sectores empresariales agrícolas suscritos al modelo mencionado anteriormente, reclamar al estado facilidades para acceder a mano de obra necesaria para las tareas agrícolas, llegando incluso a solicitar excepciones particulares para permitir a est@s jornaler@s a trabajar en condiciones que quebrantaban las medidas sanitarias impuestas. Esto es una muestra más de la contradicción extrema del modelo, en donde la dependencia de mano de obra empobrecida es uno de los factores fundamentales, que se asienta sobre la inserción selectiva en el estatus de ciudadan@: necesitan mano de obra, sí, pero que sea el estado el que estructure su disposición porque los costos de producción no les permiten pagar más.

Más allá del sector agroalimentario, no podemos olvidarnos que estamos en un periodo en el que nuevas formas de fascismo vienen conquistando esferas políticas y cotidianas a pasos agigantados. No solo la llegada a las instituciones de partidos partidarios del racismo cultural que amedrenta a las clases altas del barrio salamanca a salir a manifestarse. Pienso en la cada vez mayor presencia de la bandera española en los balcones como signo de hartazgo ante el confinamiento, en los grupos ultras que pasean por nuestras ciudades, o en movimientos de corte ciudadano que hablan “por el bien de España” que recuerdan a los camisas azules. Pero también pienso en los mensajes que calan poco a poco, aludiendo a algo más que un partido político, a ese movimiento visceral que con píldoras predigeridas de información falsa es capaz de incorporar un nuevo sentido común que normalice el fascismo como si de otra opción política más se tratara.

En este momento, las posturas reaccionarias son fácilmente identificables pero los grises se tornan complicados. Los intentos de encubrir los significados de la bandera nacional española pasan por normalizar su presencia en los balcones, figurando como una amenaza para quienes sabemos su historia, pero transformando su significado en las conciencias de las clases medias en estos tiempos turbulentos. Y digo clases medias porque el fenómeno fascista no habría sido históricamente posible sin su suscripción al proyecto reaccionario, a pesar de que hoy nos empeñemos en indicar que el populismo neofascista se asienta sobre las clases más bajas de nuestras sociedades modernas. En momentos de crisis de acumulación de la economía-mundo capitalista, aquellos sectores que han visto empeorar su estatus son los que circunscriben su apoyo a proyectos “gloriosos”, que generan imaginarios aludiendo a un pasado idealizado y falso, prometiendo retornar sus privilegios. Pero tampoco podemos eludir el debate sobre el futuro que tendremos con un paro estructural que nos devuelve a la época franquista, porque ante la falta de oportunidades y de cohesión en un proyecto político, el fascismo es la receta que mejor se desenvuelve.

Aunque parezca que la globalización alimentaria, la heroicidad corporativa y la emergencia de los neofascismos parezcan temas vomitados al tuntún, creo que existe una línea que los conecta.

El nacionalismo español, del que bebe la corriente neofascista que afecta al estado español, podríamos entenderlo como un poliedro de múltiples caras, pero con un núcleo común. Su construcción histórica, en la que no me veo capaz de profundizar, no quita que en el contexto actual absorba y transforme elementos patentes en la pandemia para su funcionalidad. Es aquí donde el hilo conductor entre el sistema agroalimentario, las corporaciones que lo gobiernan y las corrientes reaccionarias tejen el vínculo.

De un lado, creo entender que en la pandemia se han ido disputando entre, por un lado, los sentidos de solidaridad entre personas tejidas a través de las múltiples redes de apoyo mutuo surgidas a escala local pero articuladas, y del otro, los valores asistencialistas promulgados desde grandes corporaciones. Entre medias, el valor del “remar todos a una” y el lenguaje belicista contra el virus, propios de un proceso de transición hacia otro modelo, son utilizados por grandes corporaciones para presentar su mensaje. Así, tenemos publicidad de grandes cerveceras anunciando “A las Barras” como forma de resistencia, aludiendo a la mítica frase de A las barricadas de la lucha antifascista del siglo pasado. O a bancos aludiendo al esfuerzo, la solidaridad, el estar juntos y que nadie se quede por el camino, los mismos que hipotecan, desahucian y participan en el acaparamiento de tierras incluso en Andalucía. Y como coletilla, siempre se suele meter el sentimiento de falsa pacificación y reconstrucción nacional en el que el capitalismo se suele sentir tan cómodo. Aunque parezca una mezcla extravagante, incluso los significados de solidaridad y apoyo mutuo son resignificados con fines publicitarios y nacionalistas españoles, persiguiendo la normalidad que les permite sustentar el poder y mantener sus cuotas de crecimiento económico. Pero lo que me parece más importante es que relajan el componente político de las redes de apoyo mutuo, haciendo suyo esos términos, y suscribiéndolo a un “bien mayor”, la recuperación, un paraguas que resulta peligroso.

Cuando se habla de sacrificio y bien común en estos términos no implica un proyecto debatido que nos permita transformar los tremendos desajustes producto del capitalismo neoliberal, ampliamente denunciados y expuestos por movimientos sociales del mundo entero. Se promueve retornar al consumismo, a la invisibilidad de los procesos de explotación, a la perpetuación de las jerarquías sociales con vistas a construir la normalidad, pero manteniendo los procesos de extracción económica de esta fase capitalista, esta vez bajo un sentimiento nacional de “reconstrucción”.  De esta manera tenemos la imposibilidad de reuniones en la calle si no es para consumir, la concesión exclusivamente temporal de permisos de residencia para mano de obra infra-asalariada transportada con financiación hasta las explotaciones agrícolas, o los rescates a sectores económicos contaminantes, con baja empleabilidad o que han mercantilizado esferas crecientes de la reproducción social.

Pero si es importante hacia donde se avanza de cara a esta supuesta recuperación, más aún es quiénes los impulsan. Parece darse a entender que en esta fase avanzada del capitalismo neoliberal, el rescate de las empresas es prioritario por encima de las personas, idea reforzada por el papel “heroico” que estas corporaciones han llevado a cabo durante el confinamiento. Así, la reclamación de una vuelta al estado por parte de sectores incluso ultraliberales resulta paradójico observando el odio a lo público que estas doctrinas económicas defendían. Pero no resulta tan chocante cuando observamos que incluso el presentarse como servicio público nacional hace que dichas corporaciones se alineen simbólicamente con instituciones públicas, colocándose al mismo nivel en términos de legitimidad política, como si de un estado de bienestar en paralelo se tratara. Desde el transporte de mascarillas en cantidades similares a las de la administración, hasta el desarrollo de actividades propias de trabajador@s sociales, todas ellas ejercidas por conglomerados empresariales de gran poder con una buena dosis de publicidad les permite colocarse a la altura de legitimidad institucional.

Es precisamente esta heroicidad que me resulta propia de los populismos reaccionarios neofascistas, encumbrando a sus propietari@s como si de líderes políticos de masas se trataran. Así, las redes arden cada vez que Amancio Ortega hace una donación, con no pocos seguidores defendiendo su labor y presentándole como una persona con responsabilidad, capaz de poder llevar adelante al país incluso como gobernante. O vemos a Joan Roig, presidente de Mercadona, siendo aplaudido por las manifestaciones españolistas en Valencia, como si de un héroe del pueblo se tratara. Este último es tomado como gurú futurista, entiéndase la ironía: una persona “hecha a sí misma” y un modelo de la marca España, que dona y garantiza el abastecimiento, con visión de futuro y con capacidad de control de la situación. Este filantrocapitalismo funciona a la perfección aquí precisamente por 40 años de dictadura franquista: desde la aclamada casa de Alba y su pertenencia a la jet set de la dictadura, pasando por la ex- cúpula de El Corte Inglés que milita en la Falange independiente son un par de ejemplos de cómo corporaciones agroalimentarias y neofascismos podrían y pueden llevarse tremendamente bien.

Es por ello que encuentro estas versiones filantrocapitalistas muy vinculadas a la emergencia de los neofascismos precisamente por los elementos a los que aluden: reconstrucción nacional, heroicidad, filantropía asistencialista y protagonismo del empresariado en la vida política del estado. Y como ocurre en otras situaciones, la temática alimentaria, por ser una cuestión básica para la supervivencia de la población, se encuentra en esta posición protagonista. Tocar las emociones, como tocar la panza, es algo que los fascismos históricamente han sabido hacer para aglutinar el hartazgo.

Por ello, necesitamos estar atent@s a los valores y significados que se atribuyen y apropian en lo relativo a la alimentación y la agricultura, así como a la manera en la que queremos y quieren transitar hacia nuevos escenarios en esta crisis del capitalismo global.