Oficios y saberes tradicionales ¿imposibles?

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I. Arte de tiro de playa (Jábega). Un lance al alba

Cinco de la mañana, catorce hombres con una media de edad de 70 años en una playa mediterránea inician su faena. Una tripulación con cuatro de ellos se adentra en el mar en una barca para largar el arte, (el boliche o jábega), de más de cien brazas de longitud, compuesta de un copo, dos relingas, la superior con corchos, la inferior con plomos (antes hechos de barro) y dos bandas. Botan la barca en el mar al grito que lanza tímidamente el patrón del bote “Vaya la barca pá bajo por Dios y la Virgen del Carmen”. Un lance nocturno, antes del alba.

Los hombres bogan recto, alejándose de la costa. Con una linterna o “jacho” encendido, un bidón de plástico con una vela en su interior, se hacen señales con los de tierra: “marea hacia levante”. Se cala. La barca describe un cerco y vuelve a la orilla aproximadamente a unos 100 metros al Este de donde partió, a favor de la marea.

Una vez completado el cerco, se inicia el duro trabajo del arrastre. Los hombres halan la red desde la orilla tirando de los dos cabos o “betas” que se adosan a sus bandas, equidistantes entre ellos, la de “panda”, al oeste y la “arribadero”, al este, en dos líneas paralelas  entre sí y perpendiculares a la orilla. Más de 800 metros de longitud cada beta. Los marineros se cruzan sus trallas en bandolera con una cincha. Esto pequeños cabos  tienen en su extremo una corcha que con un movimiento circular enganchan a las betas. Los hombres suben hasta el patrón de tierra, que va estibando el cabo sobre la arena. Los marineros llegan a él y vuelven a bajar hasta la orilla.  Y vuelta a empezar. Halan, echando su peso hacia sus espaldas de cara al mar, o hacia su pecho, mirando a tierra, cuando el copo está más cerca. Halan sucesivamente acercando la red a la playa. Suena un compás de silencio. Un fatigoso danzar sobre la arena. Mientras, la barca en el agua, ya con un solo hombre, cuida de que el arte no se averíe de camino a la orilla y avanza junto a él.

Halando la jábega. Dibujo de Julio Alvar. Fondo Gráfico IAPH

Finalmente, el copo asoma en la orilla con unos doscientos kilos de jureles atrapados en su malla. Su claro no es para atrapar peces de poco tamaño. Se siente un rumor de chapoteo en el rebalaje y un revolotear de escamas. Los jureles brillan en la noche dentro del copo mientras el alba se hace en el horizonte. Cientos de gaviotas acompañan a los pescadores en la playa.  Hay pescado para todos los que hayan ayudado y para quienes les haga falta, incluidos los pájaros. La captura se distribuye en cinco espuertas o bombos y se subasta en la misma playa.

Ya de mañana, empieza la subasta. El patrón del bote, dueño del arte, trata con los compradores que lo venderán a las pescaderías cercanas. Unas cuantas miradas, silencios y un precio final.  No hay compasión con estos viejos marineros: 40 euros por bombo. En la playa, algunos de ellos, encarnan un palangre con trozos de calamar y cabezas de sardina, anzuelo a anzuelo.

En el bar se hacen las “partes”, con el ruido de fondo de una partida de dominó y el olor a café, listo para quien vaya llegando. Caben a 14 euros por cabeza. Algo más para el patrón de tierra, para el dueño del arte y para los que han bogado. Complementan así, lance a lance, sus escuetas pensiones mensuales que no dan para mantener a toda la familia. Todavía queda faena. Hay que volver a la playa, remendar la red y estibarla meticulosamente ordenada en la barca. Preparada para la próxima faena, una nueva madrugada y otro lance.

Remendando el arte. Cogiendo “las avería”. Fotografía de Gema Carrera

Este arte ancestral, milenario, que también dio nombre a una embarcación, seña de identidad de las costas andaluzas, la jábega, con siglos de historia de pueblos mediterráneos en su haber, está prohibido actualmente en toda la costa andaluza[i]: en Huelva, en Cádiz, en Málaga, en Granada y en Almería. Hombres y mujeres, plenos de saberes, no hacen esta dura faena, patrimonio cultural de gran valor, aunque paradójicamente ilegal, solo por 14 euros. Son marineros, y no pueden dejar de serlo. El afecto, el amor a su oficio, a la mar, a este arte, les hace sentirse partes de una comunidad, les permite seguir viviendo. Solo este sentimiento colectivo puede explicar la permanencia de esta práctica, a pesar de su dureza, a pesar de los años, de las leyes, las multas y de la falta de recompensa económica.

Este es un ejemplo, entre otros muchos, de uno de los mayores problemas que se encuentran algunos colectivos que aún son depositarios de conocimientos tradicionales relacionados con los recursos naturales, beneficiosos para sus economías de subsistencias, para la diversidad cultural y para los socioecosistemas en los que habitan: las restricciones y regulaciones impuestas por las normativas globales actuales, que se aplican sin distinción localmente,  siendo posible atender a situaciones de excepcionalidad, provocan, a veces, los efectos contrarios de lo que aparentemente pretenden.  Si no concebimos de manera amplia nuestro patrimonio cultural, si no hay diálogo entre los distintos agentes implicados y sus competencias, con la desaparición de estos oficios se perderán inveitablemente un sin fin de saberes y conocimientos, una forma de vivir, un código lingüístico, una cultura del trabajo, un paisaje cultural y una forma de concebir y entender el mundo.

[i] Ley 1/2002, de 4 de abril, de ordenación, fomento y control de la pesca marítima, el marisqueo y la acuicultura marina.

Nota: Texto elaborado  a partir de la observación y trabajo de campo realizado en uno de los estudios de Caso del proyecto “REDPeScA Redes para la Salvaguarda del PCI pesquero-marítimo andaluz» coordinado por el IAPH y subvencionado por el Ministerio de Cultura y Deportes en régimen de concurrencia competitiva para proyectos de salvaguarda del patrimonio cultural inmaterial, correspondientes a 2018 (Orden de 17 de septiembre de 2018 del Ministerio de Cultura y Deporte). Además del IAPH, participan como investigadores externos David Florido del Corral, profesor titular del departamento de antropología de la Universidad de Sevilla y Eva Cote Montes.