¿Por qué perdimos la lucha contra el cambio climático y qué significa para nuestro futuro?

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Así, en pasado, como lo reseña del filósofo Dale Jamieson en el subtítulo de su libro Reason in a Dark Time. Porque el sueño ilustrado de que la razón nos permitiría ir más allá de nuestros límites evolutivos ha sido sacudido, volteado por las guerras mundiales y los genocidios y ahora, el cambio climático lo ha esfumado para siempre.

Porque el cerebro humano ha evolucionado para preocuparse por el presente, no en futuros lejanos y escenarios hipotéticos y oscilantes sujetos a millones de variables.

El Cambio Climático, el mayor reto al que nos enfrentamos exige acciones colectivas y coordinadas hasta ahora nunca conocidas, por eso nos supera. Así lo demuestran las sucesivas cumbres climáticas. Por eso, tras casi treinta años desde la celebración de la Cumbre de la Tierra en Río que se cerró con grandes ilusiones y esperanzas, las emisiones contaminantes no sólo no han bajado, sino que no han parado de crecer. Porque se requiere un compromiso colectivo coordinado y, más allá de los poderes fácticos económicos que muchos creen que son el gran freno al cambio, somos nosotros mismos los causantes. Por eso el año 2020 para el que se pusieron muchos objetivos globales pasará con pena y tratamos de calmar la conciencia poniendo la mirada ahora al 2030, al 2050. Y la historia se repetirá.

Casi el 70% de la población cree que el cambio climático afectará de manera decisiva a muchas especies y al propio futuro de las generaciones futuras, pero sólo el 30% considera que el cambio climático cambiará su vida. En ese gap está la clave en la priorización de nuestros comportamientos y preocupaciones. Nos preocupa mucho más el disfrute o el precio barato de la electricidad y la gasolina. Por eso los ciudadanos, los electores siguen solicitando a sus representantes políticos que mantengan el estado de bienestar, los impuestos bajos y la facilidad para el disfrute y el consumo a precios asequibles. No estamos en un mundo pervertido por intereses económicos, sino condicionado por la irresponsabilidad colectiva para con el futuro.

Pedir a las personas que escojan, porque es voluntario, llevar una vida que permita la conservación de la naturaleza a cambio de ciertos sacrificios y esfuerzos personales, hace que las enfrentemos a dilemas contrarios a la propia dinámica evolutiva de sus cerebros porque, es ahora cuando hemos logrado, en el Antropoceno, un mundo que gira en torno a lo que siempre habíamos buscado y deseado, el disfrute. Porque, a cuenta de qué supuesto Dios natural tendríamos que llevar al altar de los sacrificios las cosas que nos alegran la vida y que masivas campañas de merchandising se encargan de recordarnos cada minuto. Ahora que por fin hemos logrado un progreso tecnológico y económico suficiente, cómo vamos a ser tan estúpidos de no aprovecharlo, grita el subconsciente de miles de millones de personas.

Además, nuestra posible contribución a la reversión del cambio climático es insignificante. Nuestro máximo empeño no pasaría de ser una gota en el océano. Esa losa consigue rendir al más fervoroso de los apóstoles. Porque eso son los que practican una vida de respeto al entorno, apóstoles del futuro. La clave es el significado que le queramos dar al término insignificante. Utilizarlo en perspectiva y con relatividad. Porque insignificante es el plancton en nuestra vida, y sin embargo la condiciona más que ninguna otra cosa.

Andalucía es uno de los territorios del planeta en el que el Cambio Climático va a provocar mayores consecuencias. Altas temperaturas, estrés hídrico, desertización, pérdida de biodiversidad, pérdida de suelo fértil, imposibilidad de mantener cultivos tradicionales, desaparición de razas autóctonas, desastres costeros. Es notorio, es cierto, lo confirman todos los estudios y científicos (curioso que hayamos aprendido a hacer caso a los científicos sanitarios pero no a los biólogos, geólogos y geógrafos). Pero ni siquiera apelando a escenarios apocalípticos, crece la conciencia colectiva. La inmensa mayoría de los andaluces no están dispuestos, así lo demuestra su conducta, a revisar algunos de sus hábitos para poner su granito de arena para frenar el proceso.

Hace unos meses, un grupo de personas comprometidas pusimos en marcha el Parlamento Climático Andaluz. Un foro abierto que, coincidiendo con los plenos quincenales del Parlamento de Andalucía, nos hemos venido reuniendo, trayendo a expertos de diversos ámbitos y debatiendo sobre aspectos que consideramos esenciales: modelo agrario y alimentario, energía, movilidad, agua….

Siendo honestos, la iniciativa cuenta con mucha simpatía y son muchos los gestos de aliento que hemos recibido, pero no se acerca, ni por asomo, a un movimiento social digno de referencia. Llama la atención especialmente la exigua presencia de jóvenes, los que más deberían estar preocupados por el medio plazo. Sin duda, esta escasa capacidad de movilización es una de las grandes causas por las que los representantes políticos no presten mayor atención ni prioridad a este asunto.

¿Quiere decir esto que los andaluces no estén preocupados por el tema? No lo creo, lo están, pero en su escala de prioridades están más preocupados por si esto del cambio climático va a impedir que este verano puedan ir a la playa o la factura de aire acondicionado que tengan que pagar, que por la calidad de vida de sus hijos y sus nietos. Al fin y al cabo, todas las generaciones de la humanidad les han dejado cosas buenas y malas a las siguientes.

Igual que volvemos a las terrazas de los bares y a llenar las ciudades de coches, volveremos a incumplir cualquier objetivo de respeto al medio que nos da la vida. Porque siempre hemos practicado el expolio universal en el ámbito de nuestras posibilidades. Ahora es la misma historia de siempre solo que a escala global. Apelaremos a la tecnología y a nuestra capacidad para adaptarnos y reinventarnos gracias a ese término ahora de moda, nuestra resiliencia.

Por eso los movimientos ecologistas que propugnan una vida equilibrada y de respeto al prójimo, a la Tierra están, por definición condenados al fracaso, su máximo éxito es prolongar la agonía. Una sola cosa los distingue, como decía Carson en su Primavera Silenciosa, otorgar un valor irreemplazable a cosas que no pueden estimarse en dinero. Tienen a su favor un argumento ético positivo extraordinario. Porque, ¿de verdad nos da igual eliminar a los pájaros de este mundo?