Pornografía de Estado

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Es cierto que la diáspora de mis mayores queda lejos. Pero no tanto.

Cuando mi abuela Guadalupe cogió a sus hijos y los pocos enseres de que disponía y cruzaron de punta a punta el país para instalarse en Martutene, dejando atrás Andalucía y poder estar cerca de mi abuelo Manuel, preso político condenado en 1939, comunista y defensor de la democracia de la II República, no imaginaron que ni ella ni él volverían a pisar nunca más su tierra.

Ella siempre me decía que, aunque yo hubiese nacido en el norte era andaluz, y debía sentirme orgulloso de ello.

Mis dos abuelos eran maestros de escuela de aquellos que defendieron el modelo de la Institución Libre de Enseñanza y, por ello también, el régimen fascista los condenó: a él a enseñar a leer y escribir a sus compañeros presos, y a ella a limpiar el colegio del pueblo para sobrevivir ya que le fue prohibida la práctica de la docencia. Cuántas veces la vi fregar la pizarra y llorar mientras me decía (me dejaba acompañarla en su trabajo en aquella escuela vacía a deshoras) que yo debía aprender mucho para no convertirme en un burro como aquellos que tenían preso al abuelo.

En aquel humilde piso frente a la cárcel, y separados por el hedor de aquel Urumea que nos separaba del viejo, aprendí que el acento de mis mayores, y el mío, no era de aquel lugar.

Manuel aguantó su encarcelamiento, algo más de veinte años y algunos falsos fusilamientos, antes de morir de un cáncer pocas semanas después de ser puesto en libertad. Después todo se precipitó.

Mis padres decidieron volver a Granada y mi abuela quedó en Guipúzcoa con sus otros hijos y nietos vascos. Nací en el exilio interior y, como mis padres y abuelos, nací perdedor.

Hasta la muerte del dictador, todavía siendo yo un niño y con una incipiente conciencia de clase, viví bajo la angustia de la oscura sombra de su represión. Luego su heredero, con la vergonzante colaboración del PCE y una sociedad civil desarticulada y sumida en el miedo, restauró la monarquía borbónica perpetuadora del régimen en la que cuestiones como la inevitable amnistía general para los presos políticos fue, sobre todo, garantía de total impunidad para los criminales franquistas y sus necesarios colaboradores responsables de la represión en los cuarenta años en los que estuvo sumido todo el país.

Dimos por bueno lo podrido y pocos intentaron arrojar luz al proceso de transición de la dictadura al monarquismo continuista: la mayoría de los actores supuestamente democráticos tragaron con ruedas de molino que cuarenta años después pasan por encima de una sociedad desclasada y ninguneada a todos los niveles.

Un Borbón preside en Sevilla el día de las Fuerzas Armadas con su resplandeciente uniforme militar que lo acredita como autoridad máxima de todas ellas, mientras los niños con sus padres agitan de un lado a otro banderas nacionales que les han puesto en la mano, mientras en el cielo ven pasar aviones de guerra y desfilar a su lado tropas que recuerdan a los ciudadanos que «los nacionales» siguen rigiendo sus destinos en lo universal. La muchedumbre congregada responde con entusiasmo y secunda los gritos de ¡Viva España! ¡Viva el rey!, mientras otros muchos, ignorando el pornográfico espectáculo de Estado, en nuestro fuero interno gritamos un renovado ¡Viva Andalucía libre!