“¡Que no ronde el silencio!”

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La crisis sanitaria-hospitalaria desencadenada por la denominada “pandemia” del COVID-19 y por el debilitamiento previo de los sistemas sanitarios estatales, parece desvelarse como una de las nuevas consecuencias del capitalismo neoliberal y lo que parece un viraje hacia un nuevo orden económico mundial,  que muy probablemente, nos volverá a llevar a situaciones parecidas si no cambiamos colectivamente las reglas del juego. La población mundial, por responsabilidad y, sobre todo, presa del miedo suscitado por la expansión del virus y la diaria comunicación de cifras a través de los medios, ha acatado e incluso exigido un mayor control por parte de las autoridades con el fin de detener la expansión de la epidemia.

Si bien esta situación está afectando a todos los aspectos de nuestra vida, la crisis generada por este último Coronavirus SARS-CoV2, ha incidido, por estos mismos motivos, de un modo particularmente drástico, en la Cultura.

No me refiero solo al denominado “sector cultural”, que desde un concepto humanístico de la cultura engloba aspectos como la producción artística, el teatro, la música, festivales y conciertos, el cine, los espacios culturales y patrimoniales, los museos, y a todas las personas que trabajan en este sector. Todas ellas, lamentablemente, se han visto gravemente afectadas, también en lo económico y se verán aún más en el futuro, si siguen en pie durante mucho tiempo las medidas de distanciamiento social implantadas de forma global a raíz de la crisis sanitaria. No me refiero tampoco al patrimonio inmueble y monumental, ni a los sitios de patrimonio mundial, que están cerrados en un 80 % de los casos y cuya materialidad  se ve poco afectada, aunque su clausura, sí ha impactado enormemente a las comunidades que los viven y gestionan.

Sin minimizar estas drásticas consecuencias, cuando desde la antropología hablamos de “cultura”, nos referimos a un universo mucho más amplio y para el que la crisis sanitaria ha tenido y tendrá un efecto aún más dramático, pues afecta a la diversidad cultural del planeta. Esta situación desvela más que nunca que el verdadero valor del patrimonio es social e intangible y que es el patrimonio vivo el que ha recibido el mayor impacto de las medidas tomadas para enfrentar y frenar esta crisis sanitaria. Sus efectos a largo plazo, pueden llegar a ser muy perjudiciales para ciertas formas de expresarnos y de celebrarnos como grupo, como colectivos. Una parte de estas expresiones son las relacionadas con los rituales festivos y las expresiones colectivas musicales y dancísticas que forman parte del denominado patrimonio cultural inmaterial, por constituir hechos sociales totales, con los que se sienten identificados los grupos que los celebran y recrean constantemente pues les hacen sentirse parte de una comunidad. Para estos, dada su dificultad, ninguna institución ha diseñado medidas de salvaguarda para situaciones de emergencias como estas, más allá de los que las propias comunidades generan para expresarse a pesar de las circunstancias.

Andalucía es rica en expresiones culturales que podríamos integrar en este concepto de patrimonio inmaterial, siendo precisamente los meses de marzo, abril y mayo, en los que hemos mantenido el confinamiento, el periodo en el que en esta tierra, como  cada primavera, se hace patente en sus calles, en sus plazas, en cada uno de los pueblos que la componen, su fuerza vital, a pesar de su situación de crisis estructural y de posición histórica de subalternidad que tiene en el seno del Estado.

Las fiestas andaluzas toman múltiples formas y significados y reflejan la riqueza y diversidad cultural de Andalucía en razón de otros tantos diversos contextos territoriales y como resultado de su histórica multiculturalidad. Desde la sierra hasta la costa, desde el valle hasta el altiplano, Andalucía celebra cada año la vuelta de la primavera a través de sus expresiones culturales, sin tratar de obtener a cambio beneficio económico, o al menos, no directamente, a pesar de los múltiples intereses que estas generan en su entorno, y que son para algunos, el gran sacrificio de su no celebración. Tampoco  se celebran, a pesar de otros muchos, para tratar de convertir sus tradiciones en espectáculos, sino que, en la mayor parte de los casos, se viven como contextos para autoafirmarse como grupo social y como comunidad simbólica. Estas manifestaciones culturales de  creatividad colectiva son una forma de plantar cara la deshumanización de las relaciones impuestas por la lógica del mercado y las tendencias homogeneizadoras de la sociedad actual.

Algunos valores de la cultura andaluza como la capacidad de socialización y de organizarse colectivamente en redes sociales no institucionalizadas; la tendencia hacia el igualitarismo y la capacidad de relativizar son  los más afectados por las medidas del distanciamiento social  actuales. Pero lo preocupante no es la suspensión de esta fuerza social durante una primavera. El problema es qué significará, culturalmente hablando, esta “nueva normalidad”, que tanto nos anuncian los diferentes jefes de estados a escala planetaria con idéntica narrativa, en el futuro. Todo ello, mientras se intentan suplantar nuestras relaciones sociales de contacto y proximidad, de cuidados colectivos, con plataformas despersonalizadas de comunicación online, aprovechando para implantar, entre tanto, nuevas tecnologías de control social, tanto para el ocio como para el trabajo. La necesidad creada, no dará lugar al cuestionamiento de sus efectos negativos, ni a la vuelta atrás.

Esta primavera, Andalucía se ha resistido a acallar sus formas de expresarse a pesar del respeto absoluto del confinamiento. ¡Qué no ronde el silencio!, sonaron los tambores judíos en Baena, a fuerza de baqueta, aunque fuera desde los balcones. La vega de Antequera y sus empinadas cuestas no fueron remontadas en Semana Santa, muy a su pesar. Los hermanacos no corrieron la Vega en el corazón de Andalucía. Los rostrillos de la Mananta en Puente Genil no cubrieron la piel de los rostros de los pontanenses, y sonaron silenciadas sus cuarteleras. En Sevilla se vivió la semana Santa como los místicos desde la taberna de Núñez de Herrera “No ven nuestros amigos la Semana Santa. Pero la sienten, les basta saberse inscritos en ella, mejor que en el espacio, en el tiempo”. Córdoba no se fue de patios, pero el cuidado de sus vecinas y sus vecinos hizo más soportable su confinamiento.  La “Morenita” no ha visto al Cerro del Cabezo de Andújar, lleno de júbilo ni de mujeres en sus jamugas.  En la de abril, pescaíto y pañoletas colgadas en muchas casas encasetadas de Sevilla y manzanilla para ahogar las penas. Las pandillas de mujeres de Lebrija no abarrotaron sus calles cantando corraleras para sus cruces, pero desde las ventanas y balcones entonaron corraleras y sonaron los almireces, se adornaron de flores sus rincones y patios, se vistieron sus cruces, se celebró con una alegría callada esta fiesta femenina de celebración de la primavera, se comieron caracoles y habas corchas. No sonaron fandangos de pique por las calles de Almonaster la Real, ni las romeras de la Puebla de Guzmán, en el Andévalo, vistieron sus trajes de Gabacha ni danzaron sus danzantes a la Virgen de la Peña. Los berrocaleños vitorearon callados a sus bestias engalanadas, los de arriba, los de abajo.  Mientras tanto, los troveros de la Alpujarra no paran de componer décimas y quintillas, repentismo de trovadores campesinos al pie de cada balate. Pero el lamento más grande de este renacer truncado fue el de no volver como cada año, a sentirse parte de esta comunidad simbólica, miembros de un colectivo que se celebra unido, que se reproduce como grupo cíclicamente. Esta vez, lo celebró distanciado.

Menos mal, que antes de todo esto hubo un febrero.  El carnaval sí se echó a las calles a entonar su canto a la Libertad.

Mi experiencia como antropóloga que se dedica al patrimonio inmaterial me hacía afirmar hasta ahora que los rituales festivos frente a otros ámbitos del patrimonio vivo, como el de los oficios y saberes tradicionales, tenían menos problemas de salvaguarda en el contexto global. Pensaba, antes de que la distopía impuesta anulara nuestra “utopía identitaria” (como diría mi colega y amigo José María Manjavacas), que mientras haya sentimiento de grupo y cohesión social, habría fiesta. Y si hay fiesta, es que hay un colectivo cohesionado.

Si invertimos los términos de este enunciado, si se impone el distanciamiento social, si la “nueva normalidad” contempla evitar la reunión, el encuentro, la celebración del colectivo, la fiesta como hecho social complejo, no sólo asistiremos a la desvertebración social, sino también a una pérdida de diversidad cultural sin precedentes.

¡Que no ronde el silencio!