Salustiano Gutiérrez Baena, el valor social del individuo

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Por estos días, cada mes, escribía en este Portal un Gutiérrez. De nombre Salustiano, profesor, historiador y vecino de Casas Viejas en Cádiz. Éste no lo hará. Lo hace otro Gutiérrez, familiar político (en el amplio sentido de la palabra) suyo. No hubiera querido escribir estas líneas. Lo hago porque hace unas horas su cuerpo nos ha dejado. Aunque, sonará a tópico, pero continúa entre nosotros.

Desde que nos conocimos hace casi veinte años, hemos estado embarcados en diferentes travesías. Duras y amargas unas, gratificantes y alegres otras. Pero no quiero referirme a ellas, ni a la bondad de su persona, ni a la profundidad de su trabajo, ni a lo que le “deben” los casaviejeños. Ya se sabe que, una vez desaparecidos físicamente, todos somos buenos. Mejor que sea así para seguir creyendo en la bondad humana en estos tiempos de odio y rabia. Afortunadamente, Salus tuvo la posibilidad de recibir el reconocimiento de la institución más cercana al ciudadano: su ayuntamiento. También pudo ser lo contrario. Un motivo más para pensar en la existencia de la justicia moral. Quiero escribir sobre su personalidad social, sobre la importancia que tiene el individuo en la construcción de las sociedades. Sobre que el individualismo no es sinónimo de egoísmo y base de desigualdad sino que puede ser, como decían los antiguos, uno de los pilares de un mundo más fraterno e igualitario.

Me gustaría referirme a Salus como alguien que representa a la perfección el compromiso individual con la sociedad. Eso que no está de moda e, incluso, es denostado y considerado algo negativo. Salvo cuando se refiere a las prácticas caritativas ligadas con la religión. Me refiero a su compromiso social, a que ejerció su tarea educativa no sólo con presteza y diligencia profesional sino entendiendo que educar es sobre todo aprendizaje, que junto a la pedagogía, a la transmisión del conocimiento, está el compromiso social, la incidencia que éstas tienen en la sociedad, en la creación de un mundo en el que buscar ser mejor que el que vivimos. Salus practicaba algo tan viejo como que aprender sea una herramienta de construcción social, no una mera habilidad profesional o de promoción económica. Él lo tenía  tan claro que pensaba en que el punto de partida de la transformación de Casas Viejas estaba en la apertura del instituto. De ahí la profunda huella que deja entre quienes fueron sus alumnos y compañeros.

No quedaba ahí su compromiso, su militancia (otro término maldito hoy). La traspuso a su vida social en Casas Viejas. Salus intervino en la política sin militar en ningún partido; fue memorialista sin estar en ninguna asociación; fue más historiador que muchos catedráticos universitarios y comprometido con el pueblo como el que más. Por eso es recordado, por eso el ayuntamiento –captando el sentir de muchos vecinos- declaró dos días de duelo, por eso hubo quien ya reclamó que pusieran su nombre a una calle o comerciantes que se preocuparon de la atención física de los deudos. Es cierto que estuvo demasiado sólo en algunas ocasiones pero también lo es que estuvo rodeado de manos que le ayudaron. En especial de los más cercanos. Sobre todo de Juani su compañera de vida y alma, el cimiento sobre el que descansaba esa mole de más de 1,80 metros y cabezón. Sin ella, detrás y delante cuando hizo falta, no podemos entender a Salus. No siempre es más fuerte el que aparece en primer término, el decorado que ven los espectadores se soporta en unos peines que no se ven.

Salus es un valor colectivo para Casas Viejas, para sus vecinos. También para quienes tienen la obligación, o se la echan encima, de airear armarios demasiado tiempo cerrados, de comprometerse en la vida colectiva, de no escurrir el bulto. Como buena mosca cojonera ha dejado una tarea que nos pondrá en evidencia, que, de no cumplirla, nos sacará los colores del alma. Los materiales están y ahora depende de nosotros que se sigan utilizando. No es menor el reto.

Seguimos viéndonos en los bares.