Toma de Granada. Donde se agita la peor burguesía de España

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“Fue un momento malísimo, aunque digan lo contrario en las escuelas. Se perdieron una civilización admirable, una poesía, una arquitectura y una delicadeza únicas en el mundo, para dar paso a una ciudad pobre, acobardada, a una tierra del chavico donde se agita actualmente la peor burguesía de España”. Así respondió Federico García Lorca al periodista Luis Bagaría, redactor del diario El Sol de Madrid, cuando le preguntó su opinión sobre lo que sucedió en Granada el 2 de enero de 1492, tras la conquista de la ciudad por los Reyes Católicos.

Y lo que más molestó a la derecha, fue la definición que hizo Federico de lo que para él significaba ser granadino: “Yo creo, dijo, que el ser de Granada me inclina a la comprensión simpática de los perseguidos. Del gitano, del negro, del judío… del morisco que todos llevamos dentro”. Palabras que fueron consideradas como una provocación, casi una herejía, por aquella Granada inmovilista, aún obsesionada con la pureza de sangre. Con esta respuesta, que hizo de forma meditada y por escrito, el poeta se pronunciaba claramente contra la celebración sectaria, anacrónica y excluyente de la Toma, dice el biógrafo lorquiano Ian Gibson. Aquellas declaraciones provocaron un fuerte rechazo por parte de los sectores más conservadores de la ciudad, que ya estaban conspirando contra la legalidad democrática de la República. Pocos meses después, Lorca sería asesinado por los franquistas.

Pero no fue el único intelectual de la época que tuvo la valentía de hacerlo. Constantino Ruiz Carnero, íntimo amigo de Lorca y director de El Defensor de Granada, también ironizó sobre la Toma en el año 1932, cuando el himno republicano se incorporó a los festejos tradicionales. Decía Constantino: “Ante la sagrada tumba de los señores Reyes Católicos, ante los inmutables y terribles, la banda de música lanzaba al viento las voces revolucionarias del Himno de Riego. Fue impresionante, como si acabara de romperse una tradición secular. Y los viejos devotos se santiguaron precipitadamente, mientras silabeaban padrenuestros y avemarías”. No acabó aquí la sátira del maestro de la ironía, pues Ruiz Carnero también propuso cambiar el tradicional grito “Granada por los Reyes Católicos”, por otro más innovador: “Granada por la cultura, por el progreso social y político, y por todos los generosos postulados de la civilización humana”.  Por supuesto, el franquismo fusiló al veterano periodista en las tapias del cementerio y suprimió el Himno de Riego en la Toma del 37.

Entre los granadinos notables que se mostraron críticos con el significado de la Toma, no podemos olvidar al historiador Américo Castro, para quien “la convivencia de las tres culturas semíticas fue determinante en nuestra historia y forjó nuestra forma de ser y de pensar”. Naturalmente, Américo Castro acabó en el exilio. Otro ilustre exiliado fue Francisco Ayala, que nos dejó igualmente testimonio sobre el triste recuerdo infantil que le dejó la celebración de la Toma: “En mi niñez -decía el escritor granadino- cada vez que veía tremolar el pendón se me apretaba el corazón, se inundaba de tristeza. No podía soportar aquellas escenas, después de haber leído los cuentos de la Alhambra de Washington Irving. Una amargura, por lo demás, nunca confesada a nadie”. La Fundación Ayala tiene hoy su sede en el hermoso Alcázar del Genil, donde el último emir de Granada entregó las llaves de la ciudad.

Y quien más recordó la tristeza del rey Boabdil fue Carlos Cano en sus Crónicas Granadinas, que también arremetió contra la celebración en su murga satírica Moros y cristianos. El cantautor nunca pudo comprender el empeño de borrar ocho siglos de civilización andalusí: “La desaparición de al-Andalus -decía- fue un desastre para nuestro pueblo. Aquello era el renacimiento y luego vino el oscurantismo”. La derecha  respondió a Carlos Cano y a los firmantes del Manifiesto 2 de Enero contra la Toma con desprecio e incluso con insultos. El entonces alcalde popular, Gabriel Díaz Berbel, hizo unas declaraciones xenófobas, impropias de un político democrático: «que se pongan un turbante –dijo- y se vayan a Marruecos». Y José María Aznar, ex presidente del PP, se atrevió a decir que Carlos Cano estaba al frente de «un grupúsculo de intelectuales necios que firman manifiestos absurdos».

Entre los intelectuales a los que Aznar había llamado necios estaba Federico Mayor Zaragoza, director general de la UNESCO, que se pronunció de forma tajante: “Granada debe ser un ejemplo de concordia para el mundo y, bajo esta idea, creo que se debería cambiar el Día de la Toma para evitar situaciones de confrontación. Y que los granadinos den muestras de conciliación y respeto por la paz y los pueblos”. También el biógrafo lorquiano Ian Gibson, que había estampado su firma en el manifiesto, afirmó: “Si Granada quisiera un día honrar de verdad a su poeta, suprimiría como fiesta local la celebración islamófoba de la Toma”. Y Antonina Rodrigo rechazó igualmente “esta fiesta inmovilista y arcaica”, abogando por recuperar el Día de Mariana Pineda, la gran fiesta popular y laica de Granada, que el franquismo había eliminado.

Por fin, el 2 de enero del año 2000, el gobierno municipal tripartito, formado por el PSOE, Izquierda unida y Partido Andalucista, desmilitarizó el Día de la Toma e incluyó la lectura de un Manifiesto por la Concordia y las Culturas, que fue leído desde el balcón del Ayuntamiento. Dos cambios que había solicitado la Plataforma Granada Abierta para empezar a transformar la Toma en una fiesta de las culturas. Lamentablemente, aquellos cambios sólo se mantuvieron un año, pues el alcalde socialista, José Moratalla, cedió a las presiones del Partido Popular y la extrema derecha, eliminando el manifiesto por la concordia y militarizando de nuevo la Toma. Pero más decepcionante aún fue la actitud de otro alcalde socialista, Francisco Cuenca, que en vez de llamar a la convivencia desde el balcón municipal, prefirió llamar a la Legión, echando más leña al fuego de la polémica. Isidoro Moreno, catedrático de Antropología Social de la Universidad de Sevilla respondió así a semejante despropósito: “La Toma, tal y como está concebida, es una bufonada y una falsificación histórica”.

Ahora es el ciudadano Luis Salvador quien calienta el sillón de la Alcaldía granadina. Es decir, el alcalde más impopular en la historia del municipio, pues ha llegado al poder local con sólo cuatro concejales. Es conocido popularmente como el alcalde del trifachito, tras haber pactado con el PP y aceptado el apoyo de la extrema derecha. Este año,  la comitiva de la Toma ha estado más animada que nunca con la prepotencia del diputado ultraderechista Javier Ortega Smith, un nostálgico del franquismo dispuesto a continuar la cruzada para seguir expulsando a los moros: “la reconquista –dijo- aún no ha terminado, frente a la invasión islámica”. Pero el esperpento ha tenido otro bufón: un concejal socialista que ha tremolado con entusiasmo el pendón.

De todas las reflexiones que ha suscitado la polémica fiesta del 2 de enero, quisiera subrayar la que nos dejó el autor del legendario libro A la sombra del granado, Tarik Alí, durante su última visita a Granada: “La Toma es una resaca del pasado que acabará muriendo”. Con esta sentencia, Tarik Alí nos anima a seguir luchando para cambiar la celebración sectaria y excluyente de la Toma por una fiesta democrática y abierta a toda la ciudadanía.