Violencia contra las mujeres. Mujeres frente a la violencia

 A propósito del 25 de Noviembre

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Aunque soy poco partidaria de “los días de días”, como decía Larra, días en los que se celebra mucho, pero que resultan indefectiblemente vísperas de nada, en el caso de las violencias contra las mujeres, es tan necesario seguir reflexionando sobre ello que no conviene desaprovechar ninguna oportunidad para hacerlo.

Un nuevo 25 de Noviembre me sugiere algunas reflexiones:

  • El déficit educativo y de conciencia sobre este gravísimo problema estructural seguirá existiendo mientras se siga abordando como una temática puntual y descontextualizada en los currículos escolares y como un «día de…» en las agendas políticas.
  • Sigue sin asumirse que las violencias, en plural, contra las mujeres son el resultado de un sistema que se apoya y se construye en la desigualdad. Por tanto, para erradicar la violencia machista hace falta mucho más que intercambio de roles o retoques en un sistema que se considera reformable y susceptible de mejora. Las consecuencias de este planteamiento son dramáticas: ahí está la persistencia y el número de asesinatos machistas para atestiguarlo.
  • La alianza entre el patriarcado y el capitalismo, además de perpetuar formas históricas de violencia, provoca el surgimiento de formas nuevas, que los feminismos deben tener en cuenta, no solo para denunciarlas sino también para combatirlas:

1.- Violencia económica: colectivos de mujeres precarizadas, feminización de la pobreza, depredación sexual en entornos laborales hostiles y sin derechos, desprecio del trabajo de cuidados, al que solo se toma en consideración si se convierte en empleo, a menudo poco y mal remunerado y ejercido principalmente por mujeres.

2.- Violencia del ordenamiento jurídico.

La pervivencia de un ordenamiento jurídico, a pesar de la constitución de un estado social (¿incluyente?) con poca capacidad transformadora y, en cambio, un alto grado de  legitimación de la realidad existente. Ello se traduce en códigos civil y penal donde el principal sujeto de derechos es el hombre, mientras la mujer no es una «sujeta» sino un ente sujetado. Dicho de otro modo, seguimos siendo ciudadanas formales en lo público y súbditas en lo privado, porque “el derecho no nos hace iguales a los hombres, sino que nos hace hombres y, por tanto, iguales”. ( Recordemos como botón de muestra el último fallo del Supremo en el caso de la niña de 13 años y la inefable sentencia del juez Marchena…)

3.- Revictimización de las mujeres víctimas de violencia, a quienes se les usurpa su voz y se les niega su capacidad de agencia política, tanto en las instituciones como en las prácticas políticas del feminismo institucionalizado.

4.- Los intentos, infructuosos, de resolución de la pobreza y la precariedad con una caricatura de redistribución de la riqueza en modo de subsidios, rentas mínimas y servicios sociales siempre deficitarios, que reducen de nuevo a las mujeres, mayoritariamente a ellas, al papel pasivo de usuarias, perfil impuesto desde las instituciones, el único con el que se puede acceder a pobres ayudas tras auténticas gymcanas burocráticas y que si bien no nos hacen avanzar como sociedad en justicia social, en cambio sí mantienen a las mujeres en su estado de subordinación y dependencia económica y personal de las instituciones dispensadoras de esta “caridad”, de la estructura familiar, en la que deben insertarse necesariamente y, en ocasiones, de sus propios maltratadores.

5.- La violencia del lenguaje. Aquí no me refiero solo al ejercicio irresponsable de los medios de des-información, al nombrar como muertes lo que son evidentes asesinatos, por ejemplo; también me refiero al hecho de referirse a las violencias contra las mujeres como “violencia de género” (lo que se hace tanto desde el poder mediático como desde el poder político y desde el feminismo institucionalizado), identificando  así “género” con mujeres, despolitizando el feminismo y tratando de desactivar su poder transformador y de denuncia no solo de la desigualdad, sino también del sistema en que se asienta. Por no hablar de la intención de retomar la expresión “violencia doméstica” o “violencia intrafamiliar”, lo que supone un burdo intento de devolver la violencia al ámbito de lo privado, un espacio estrecho, invisible y desprovisto de derechos para las mujeres, tratando de borrar la enseñanza, asentada desde el feminismo de la segunda ola, de que “lo personal es político”.

6.- La violencia médica y obstétrica, consecuencia de la configuración, por una parte, del sujeto sano con los parámetros médicos y de salud del cuerpo de los varones; por otra, consecuencia de la negación, en este caso por razones “técnicas”, de los saberes de las mujeres sobre su propio cuerpo y de la consideración de este, y de sus dueñas, como un objeto, como la dimensión física y fisiológica de un ser pasivo y sin soberanía sobre sí.

7.- La tiranía de los cánones estéticos, que ejercen una violencia física sobre los cuerpos de las mujeres, en forma de cirugía estética, tratando de moldear sobre el cuerpo, bisturí en mano o tallaje imposible en las etiquetas de la ropa que vestimos, un corsé disciplinante que borra nuestra identidad individual, al tiempo que modela cuerpos útiles al mercado.

8.- El rechazo y la invisibilidad de las mujeres viejas, inservibles al sistema productivo, una carga para el sistema sanitario, un estorbo para el sistema de vida capitalista, por su escasa capacidad consumidora y el desprecio a sus saberes y su experiencia.

Y podría seguir con la enumeración…

Sigo confiando en la fuerza colectiva de resistencia de las mujeres, en su capacidad de organizarse para hacer frente a las violencias, una conocimiento al que se puede acceder desde la construcción y reconstrucción, con una mirada feminista, de las genealogías de esas resistencias. Confío tanto en ello como desconfío de las políticas partidistas y de estado para adoptar medidas realmente transformadoras de la situación actual.

Asumamos, con todas las consecuencias políticas que ello implica, que las mujeres somos diversas y estamos atravesadas por diferentes desigualdades y jerarquías; no solo el género nos afecta, sino también la clase, el origen cultural o la etnia. Por eso hay que hablar de feminismos en plural y seguir construyendo un feminismo diverso, habitado por sujetas políticas y articulado con y a partir de la mujeres concretas; un feminismo encarnado, en el que los análisis tomen cuerpo de mujer y en el que las mujeres no sean  ignoradas, enajenadas de su identidad y su voz acallada o suplantada.

Pienso que es hora también no solo de resistir, sino de pasar a la acción: de exigir medidas concretas con gran potencial transformador, como la Renta Básica Universal e Incondicional, el protagonismo político en los ámbitos de decisión, más allá de la escuálida paridad, siempre puesta en cuestión por unos y esgrimida por otros como pobre evidencia del cambio (¿de qué cambio?). Atrevámonos a pensarnos como sujetas soberanas exigiendo un nuevo pacto social y político, en el que las mujeres estemos como sujetas de pleno derecho y donde nuestros derechos se contemplen desde el principio y no se nos otorguen por el poder constituido.

Pensémoslo bien, por nosotras, por las que han sido y por las que vendrán: hay atrevimientos tan urgentes y necesarios que no plantearlos siquiera nos reducirá, a corto plazo, a la miseria vital y moral y, a medio plazo, a la pérdida del potencial transformador del feminismo y a su consiguiente irrelevancia política y social.