El historicista

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(Relato incluido en “Antropoceno, la edad de la tierra acosada por el hombre”, editado por Utopía Libros en 2018).

 

La bondad de las máquinas es inversamente proporcional a la mala follá de sus usuarios. No depende de sus creadores no, son los que las manejan, los que les ponen alas o cuernos. He estado en ambos lugares y lo sé.

Todos me ubican en la vanguardia. Hace mucho que me pusieron la etiqueta de friki de la tecnología. Nos les falta razón pues me gano, me ganaba la vida con ello, pero no sólo soy eso, hay algo más en mi. Allá ellos si sólo alcanzar a encontrar al friki. Me cansé, hasta de justificarme. Pocos saben siquiera lo que leo, yo solo sé lo que me influye.

Nadie sabe que lo que me tiene calado es el pensamiento clásico, el originario. No puede ser de otra forma, es muy simple, todo está inventado desde hace mucho, la vida es circular, todo lo que pueda acontecernos y que para nosotros constituye una novedad, una exploración hacia lo desconocido, en realidad ya ha sucedido. Si exploramos hacia el pasado y aplicamos el conocimiento que nos transmite, podremos gestionar nuestro presente. Si escuchásemos a los maestros clásicos, podremos ser dirigentes hoy, planificar el mañana.

Deberíamos ducharnos a diario con barnices de humildad. No hay nada nuevo en lo que pienso o hago, solo copio, solo replico.

De todo lo malo que puedan acusarme ya condenaron a otros antes. Todo lo que pretenda inventar, puebla los baúles de antiguas civilizaciones.

Somos tan estúpidos que, en el desarrollo de la sociedad, no hemos alcanzado a ir más allá de la concepción aristotélica de la democracia. La ley básica sigue siendo mandar obedeciendo. La verticalidad del mando y la horizontalidad del consenso. Nos estrujamos innecesariamente, inútilmente, la mente, tensionamos las instituciones empleando un tiempo y una energía extremadamente valiosa, pero eso no hace cambiar nada, las decisiones y acciones de mente tiene esa regla básica, mandar obedeciendo.

No quieren creerme, y seguimos, seguiremos estrellándonos. Parecen estar ahogados por el fatalismo de Voltaire.  Olvidan que su visión fatídica de la humanidad quedó destrozada en una discusión que tuvo con Rousseau. Fue por causa del terremoto de Lisboa, el 1 de noviembre de 1755, cuando el movimiento sísmico impredecible arrasó pueblos y cambió la configuración del golfo de Cádiz. Un desastre natural en el que Voltaire vio otro síntoma del derrumbamiento de la humanidad. El desastre natural nos llevará por delante, afirmaba. Entonces Rousseau, puso otros ingredientes encima de la mesa: las catástrofes nunca son tan naturales como parecen, lo que ocurre en la naturaleza, reflexionó, solo se convierte en desastre cuando los humanos sufrimos las consecuencias.

En cuanto pueda, en cuanto me den acceso a mi Tablet, les envío a estos listos de la policía las obras completas de Rousseau.

Que yo haya diseñado el dispositivo que está poniendo en jaque el poder establecido no quiere decir que haya puesto una semilla envenenada en sus circuitos. Que yo sea el padre de la criatura no me convierte en el origen de las fechorías de los que están manejando sus pantallas.

En el siglo XVII, la mano del hombre era aún débil, la humanidad aún viajaba en barquillos de papel, pero Rousseau ya lo veía. Hoy, la acción del hombre está detrás de muchas de, las mal llamadas catástrofes naturales, pero no el mal que me atribuyen y por el que me tienen ahora preso no tiene nada de natural, cago en Dios. A ver si tengo que refrescar ahora la etimología de todo. En la tragedia friega, catástrofe (kata-strophè), designa la escritura de la última estrofa y tiene varias acepciones: destrucción, derrocamiento, desenlace.

El mío parece que se ha escrito cuando la máquina ha comenzado a venderse. Aunque justo, desde ese momento dejé de ser el responsable. Se emancipó mi criatura, en realidad pasó a tener millones de padres.  Si los usuarios del Xphone 9 han conseguido crédito ilimitado de sus entidades bancarias gracias a la app instalada de serie, UNCO (UNlimited COnsumerism), es un problema de los bancos, las empresas, de los estados pero no el mío. Estamos en el reino de la riqueza virtual donde se es rico, se tienen posesiones o se puede comprar según diga una pantalla de móvil, pues nada, a asumir las consecuencias. Me pidieron que incluyese la app para facilitar las compras del móvil, pues eso he hecho. Objetivo conseguido, los usuarios están comprando y comprando sin parar, las restricciones de acceso al crédito no pueden ser responsabilidad mía. Andan desarmados, desorientados sin saber cómo reaccionar. Volveremos a caer en el mismo error de hace un siglo tras el jueves negro. Lo mismo también tendré que recordarles que las políticas proteccionistas y de restricción de libertades que se aplicaron al principio con el susto metido en el cuerpo, dieron lugar a una recesión de carácter mundial. Lo mismo tengo también que recordarles que la economía más pujante en aquel entonces, abocó al resto del mundo a una depresión mundial y que las actitudes cobardes, que el apego a los asientos, que el levantamiento de barreras sólo sirvió para derramar más miseria. Lo mismo están diseñando y poniendo en marcha ahora, lo mismo, estúpidos. Tendré que recordarles también lo que decía Nietzsche en «Así habló Zaratustra» cuando plantea la hipótesis del eterno retorno. Y lo que decían Karl Marx y Friedrich Engels, más o menos por la misma época, cuando desarrollan el materialismo dialéctico que afirma el desarrollo en espiral de las sociedades humanas.  Estoy pensando que quizás sea eso, y que la historia no sea tan circular sino que funcione en espiral porque, aunque muchos acontecimientos históricos son muy similares, si se analizan detenidamente, los posteriores superan a los previos. Así, la primera guerra mundial se libró con fusiles, en la segunda se repitió el proceso pero con tanques y aviones que causaron mayor destrucción, llegaron hasta las tristes bombas de Hiroshima y Nagasaki. En la tercera, se repetirá el mismo error humano, sólo que las bombas termonucleares y de alto pulso electromagnético acabarán con la vida humana debido a la radioactividad. La tecnología mejora geométricamente y su longitud de alcance de forma exponencial. En 1866, Prusia derrotó a los austríacos en Sadowa gracias al fusil de aguja de retrocarga. En la Primera Gran Guerra, los alemanes consiguen sus mayores avances gracias al uso de las ametralladoras, el lanzallamas y los gases tóxicos. Pero al final del altercado mundial, los tanques y los aviones acaban haciendo ganar a los angloamericanos y franceses. En la Segunda Gran Guerra reciente, los alemanes, aprendida la lección, desarrollan la Blitzkrieg, la Guerra Relámpago, gracias al entente cordiale de la Luftwaffe y los panzers. Él y yo más, llevó al tristemente recordado seis de agosto del cuarenta y cinco.  Cuando el conflicto multilateral vuelva a reventar, el final, ya es conocido, lo único que cambia es el número de afectados, de víctimas, de muertos. En el siglo XIX las guerras provocaban decenas, quizás centenares de miles de muertos, en el siglo XX, millones, en el siglo XXI vamos a ser centenares, quizás miles de millones. Los sucesos, las dinámicas se repiten, sólo cambia la escala. La tecnología mejora, la naturaleza humana, no. Esa es la fatídica espiral. Antes de la sangre y la destrucción, el caldo se calienta en las tensiones sociales, en las crisis económicas, en el poder amenazado como el que están sintiendo bancos, empresas y estado. En una economía fluida, etérea, virtual, falsa como la que estamos, el dinero puede pasar de unas manos a otras con una línea de programación. En ese comando está el poder. Me tienen de cabeza de turco por haber ideado esa orden de la APP, pero yo no soy el culpable. La ejecutan otros en un mundo que se tambalea.  Puesto a vanagloriarme, si llegase la historia futura, lo mismo me verá como el Einstein del siglo XXI. Él no diseñó para destruir. No era un iluso, como yo tampoco, quería mejorar su mundo, no reventarlo. Si el historicismo es falso y esa es mi hipótesis falsa de partida. Si la historia no sirve para explicar el presente y el futuro, y que lo que se repiten son los errores humanos. Si nos pensamos tan listos como para conseguir reiterar nuestro error y fracaso, entonces es que he cometido el mismo error que Einstein o Pascal, poner el avance a disposición de todos.  La historia no es cíclica, ni siquiera espiral, sólo nos repetimos nosotros y nuestros errores. He cometido el peor de todos, creer en la bondad humana.