Flamenco de fiesta

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Fiesta en Triana. El Planeta, asido a su pátina legendaria cayéndole por la tela tullida de sus mallas, ampara a El Fillo ante los ojos de medio arrabal. Cantan, beben, percuten las cuerdas de la vihuela como si la noche no fuera a encontrar nunca su fin. Serafín Estébanez Calderón lo está viendo todo. Su pluma, arde en deseos de contarlo. La tinta corre por las páginas de sus “Escenas Andaluzas”. Las palabras flamenco y fiesta aparecen una vez más juntas. Su comunión va más allá de la cita de Cadalso en sus “Cartas Marruecas”. Desde este momento se puede hablar de un vocablo: simbiosis. Y hasta hoy.

El estudio de la fiesta, como momento extraordinario u opuesto a lo cotidiano, fue iniciado por los folkloristas de finales del siglo XIX y principios del XX al encontrar en ella el fenómeno más exótico de la vida rural. Los antropólogos, en cambio, condicionados por toda una serie de paradigmas y marcos teóricos, tardaron en ver la fiesta como algo más que un epifenómeno de la cultura diaria. De hecho, el interés de la Antropología por la fiesta surge de la inquietud despertada por el estudio de los ritos. El tiempo de fiesta es un “tiempo fuera del tiempo”, o una especie de paréntesis dentro de lo que hemos dado en llamar vida cotidiana.

El aprendizaje y transmisión del flamenco ha estado fuertemente vinculado al ámbito doméstico. Casas, patios de vecinos y corrales fueron durante años su espacio de desarrollo. Por aquel entonces, el flamenco cumplía una función social básica: servir como diversión y liberación personal de sus oficiantes. En cuanto a la manifestación identitaria, sabemos que la fiesta sirve como elemento catalizador de la identidad del grupo. Así pues, será durante el transcurso de la fiesta cuando la comunidad se muestre a sí misma, a los nuevos miembros del grupo y a los invitados, resumiendo simbólicamente su identidad. No obstante, el poder ve en la fiesta el peligro de un competidor, pues sabe que la manifestación festiva representa una reflexión sobre la sociedad, en la que individuo y grupo se piensan a sí mismos. Las fiestas son modelos de la sociedad: representaciones simbólicas de las relaciones sociales, pero a la vez son un modelo para expresar, sin temor a represalias, la sociedad que se desea. Posiblemente esa es una de las razones por las que el poder ha tratado de prohibir o limitar la fiesta, e incluso dirigiéndola, devolverla a la comunidad convertida en espectáculo. Sin embargo, la fiesta necesita independencia, igual que el individuo y la sociedad necesitan la fiesta. Una fiesta dirigida, reavivada o mantenida por las instituciones oficiales, tiende a decaer y, en el peor de los casos, desaparecer. En este sentido, Enrique Gil Calvo nos apuntará una explicación al argumentar:

Los seres humanos hacemos fiestas porque gracias a ellas nos sentimos mejor y llegamos a hacernos mejores: tanto en capacidad de trabajo y organización social como en bienestar corporal y capacidad de hacernos felices unos a otros. Esa es la razón por la que hacer fiesta es una necesidad antropológica y biológicamente evolutiva[1].

La música por sí misma no posee nunca significaciones, sino que le son socialmente otorgadas. Por ello, el conjunto ritualizado de sentimientos, pensamientos y acciones que giran alrededor de la música, aunque siempre desde el mundo de la mostración, se manifiesta en la intención, el propósito y el deseo expresado. Fuerza de expresión que, a su vez, producirá efectos en la audiencia: sentimientos, pensamientos y acciones. Todo ello dentro de un consenso estructural, informalmente establecido, en el que se conjugarán desde momentos, directamente relacionados con la música como son cante, baile y toque, a tiempos muertos, momentos de tertulia, risas, bromas y/o guasa. Que el protagonista central de la acción sea una persona concreta no significa individualismo, ya que los ámbitos de interacción social y cultural, en los que se desenvuelve el flamenco ponen en contacto a toda una serie de individuos. No obstante, una fiesta deja de ser fiesta cuando se convierte en espectáculo y los participantes en espectadores, aunque también es cierto que en toda fiesta existen espectadores, siendo éstos tan necesarios como los propios oficiantes. El éxito de la celebración viene determinado por la gente de fuera que acude y que pone de manifiesto el grado de atracción de la celebración. Es frente a estos espectadores ante quienes se reafirma la identidad grupal.

Desde las proto-juergas narradas por los viajeros románticos, las fiestas en reservados, cuartos, tablaos y casetas de feria, hasta las zambombas, romerías y ritos de paso –pedimentos, bodas y bautizos- han sido varios y muy diferentes los ámbitos que nuestra música ha utilizado como vehículo de expresión en su vertiente de uso. Así pues, el flamenco no puede ser entendido como “hecho social total” si no incorporamos su dimensión de sociabilidad colectiva fuera de los ámbitos de la industria artística, es decir, la manera de compartir socialmente unas determinadas formas musicales.

A lo largo de la historia del flamenco, existen numerosos relatos que nos hablan de un tipo de reunión, fiesta o juerga, al que comúnmente se conoce por el nombre de fiesta de cabales en clara referencia al grupo de persona que tiene acceso a ellas. Para la jerga flamenca, cabal será todo aquel aficionado al que públicamente se le reconoce un alto grado de conocimiento del flamenco, aparte de una determinada estética y comportamiento.

Este tipo de reuniones suelen ser socialmente poco permeables, por lo que el acceso a las mismas estará fuertemente condicionado por factores como el género, la etnia, o la afinidad de los oficiantes. De hecho, hay quien sostiene que es en este tipo de reuniones íntimas donde únicamente se puede ver y oír flamenco en estado puro. Sin embargo, nuestra intención no es tanto la de entrar en este tipo de polémicas, como la de marcar la diferencia entre dos tipos de manifestaciones de lo flamenco; el llamado flamenco de fiesta, con un marcado valor de uso, y el flamenco de espectáculo, que no es otro que aquel que surge una vez que el arte se convierte en fuerza de trabajo debido a su profesionalización y que, por lo tanto, tendrá un marcado valor de cambio.

Pero, vayamos por partes, y comencemos por las denominadas “fiestas espontaneas,” directamente emparentadas con lo que hoy entendemos debió haber sido el flamenco en sus orígenes. Este tipo de reuniones, suele decirse que no tienen lugar, en fecha ni hora fijos -de ahí el apelativo de “espontáneas”- y en un alto porcentaje dependen del ánimo y predisposición de sus oficiantes. De ahí que, en la literatura especializada, podamos encontrar con suma facilidad relatos contextualizados en cualquiera de las épocas o etapas históricas del flamenco, haciendo referencia a este tipo de reuniones en las que nunca falta el vino como elemento propiciador. Estas fiestas localizadas en ventas, tabancos, tabernas, patios de vecinos, gañanías o casas particulares, suelen celebrarse en espacios tan reducidos como cuartitos y reservados en los que el aforo permite mantener una cierta intimidad, que habrá de ser determinante en el resultado final de la misma, al incidir directamente en el ánimo de los asistentes.

Por otra parte, nos encontramos con las denominadas fiestas pagadas, cuya principal característica será la separación entre artistas y espectadores. En este caso, los oficiantes recibirán una determinada cantidad de dinero a cambio de su participación. No obstante, hemos de convenir que existen notables diferencias entre un espectáculo al uso y una fiesta de estas características, como también las hay entre fiestas pagadas y fiestas espontáneas, sobre todo en lo que a las relaciones de sociabilidad se refiere. Ya que, si bien es cierto que en las fiestas pagadas la separación entre oficiantes y espectadores no tiene porqué estar condicionada por la existencia de un escenario, la obligación a la que se ve sometido el artista a cambio de una retribución hace surgir diferencias notables con respecto a las espontáneas, en las que existe verdadera libertad para expresarse sin ningún tipo de condicionamiento. De manera que serán los propios protagonistas quienes marcarán la diferencia entre un tipo de fiesta y otra, al tomarla como un trabajo o simplemente como un lugar y momento de diversión.

La relación vino flamenco ha hecho correr ríos de tinta a lo largo de la historia del ritual flamenco, dadas las relaciones de sociabilidad a las que dicha sustancia ha predispuesto a lo largo de la historia. No obstante, en los últimos años ha comenzado a producirse una segmentación por grupos de edad, que ha surgido como fruto de las nuevas tendencias por las que atraviesa el flamenco de fiesta. Clásicos lugares de reunión para los flamencos como eran las peñas, ventas y algunos ámbitos laborales, han dado paso a una serie de espacios de reunión como chalets, bares de copas, o ambigús de teatros, en los que las nuevas generaciones se sienten más cómodas a la hora de expresarse.

Finalmente, hemos de hablar también de la incorporación y consumo dentro del ritual festivo de nuevas sustancias, más allá de las tradicionales asociadas al vino, o ahora al whisky. Como todo, los hábitos de consumo han cambiado y el alcohol ha dado paso en los últimos años al consumo masivo de drogas de distinto grado, como los derivados cannabicos, la heroína y sobre todo la cocaína, que han pasado a tener un papel muy protagonista en el desarrollo de algunas juergas. Lo que ha acarreado, un cambio en el comportamiento de los oficiantes y un nuevo y excluyente tipo de segmentación basado en el consumo, o no, de dichas sustancias.

Por eso no hay que olvidar que desde aquella fiesta del Planeta y El Fillo han pasado dos siglos. Doscientos años. La máquina del tiempo espeta sus argumentos: los hábitos cambian, las personas pasan y el flamenco de fiesta se reinterpreta en las manos de las nuevas generaciones. Pero quede clara una cosa: cualquier tiempo pasado no fue mejor. Sólo distinto.

[1] Gil Calvo. 1991