Menos España y más humanidad

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El toro herbívoro convertido en fiera por el hombre
El toro y el caballo, hermanos en la pradera.
La desgracia del toro, ¿son sus cuernos?
Luego es el hombre.

Blas Infante

 

 

El debate sobre la pertinencia de las corridas de toros es tan antiguo como su propia existencia. Desde que adquirieron el formato tal como lo conocemos hoy en el siglo XVIII, han sido muchas las voces que han mostrado su aversión a la lidia definida como espectáculo poco didáctico y edificante. Intelectuales deudores del pensamiento ilustrado como Jovellanos y escritores reconocidos como Mariano José de Larra o los de la Generación del 98, entre ellos Miguel de Unamuno, Pío Baroja, Antonio Machado y, sobre todo, Eugenio Noel, arremetieron contra las corridas de toros por considerarlas actos de barbarie. El ideario y organización libertarias que penetraron con fuerza en las últimas décadas del siglo XIX y en las primeras del XX en numerosas comarcas andaluzas, y del que es deudor en buena medida el padre de la patria andaluza, Blas Infante, también abominaban de la lidia y de toda práctica que suponga maltrato a los animales. No obstante, la oposición al festejo se limitaba, en todo caso, a una crítica intelectual o práctica individual o grupal, que no ponía en peligro su propia existencia que, por otra parte, gozaba de gran notoriedad en la cultura popular. Ha sido a partir de las últimas décadas cuando el cuestionamiento a la tauromaquia logra alcanzar un amplio respaldo social, a la vez que sus seguidores decrecen de manera ostensible.

Los protaurinos defienden su causa con el peso de la tradición, los valores culturales, identitarios y artísticos de la tauromaquia y hasta las “bondades” ecológicas y económicas que entraña. Hablan de una fiesta genuina y ancestral, arraigada en la sociedad española, alabada por poetas, intelectuales y grandes literatos, atracción del turismo internacional y generador de empleo y recursos económicos. Aducen en su defensa, también, que si no existieran los juegos taurinos no existiría el toro de lidia, ni tampoco la dehesa, su hábitat de crianza donde el bovino, además, lleva –afirman– una vida de lujo. Y como remate, sostienen que el toro muere de manera digna en la plaza. Como vemos, este argumentario incorpora razones de índole histórico, antropológico, artístico, económico y hasta “animalista”, si consideramos en esta categoría la atribución de “buena vida” del toro en la dehesa.

Desde posiciones ecologistas y de defensa de los animales, estos argumentos son rebatidos fundamentalmente apelando a la sensibilidad moral, aunque no han faltado otros criterios estrictamente políticos procedentes de ámbitos de la izquierda y de los nacionalismos periféricos. Mientras que desde el ecologismo y el animalismo se apuesta por la definitiva supresión de las corridas de toros y demás espectáculos, tipo rejoneo, novilladas, toros lanceados, embolados, ensogados y cualquier otro que suponga maltrato, desde las otras posiciones, apostando mayoritariamente por la abolición, no se cuestionan, al menos de manera abierta dado su gran calado popular, otros festejos como los encierros, las capeas, los correbous, etc.

Se dice que el buen aficionado no se deleita con el sufrimiento del toro –hay quienes, incluso, niegan ese sufrimiento por considerarlo como cualidad exclusivamente humana–, que lo que disfruta de verdad es con el arte del toreo. Pero cabría preguntarse si no es aún más reprobable ignorar la tortura cuando ésta se produce ante tus propios ojos ¿Acaso se puede sentir una emoción estética por el colorido de la plaza y la maestría de la lidia y mostrar indiferencia ante los mugidos y jadeos de un animal acosado que chorrea y vomita sangre?

Uno de los argumentos primordiales de los defensores de las corridas es su catalogación como símbolo de españolidad. La dictadura franquista promocionó la tauromaquia como emblema y uno de sus más genuinos referentes patrios. Los partidos que han gobernado en la etapa democrática han seguido la misma política de promoción del toreo con subvenciones en general a ganaderías, festejos, escuelas taurinas, etc., y con la presencia de autoridades del máximo rango y gente famosa en los cosos, arrastrando a multitud de medios de comunicación. A falta de otros símbolos de “identidad nacional”, el españoleo se identifica con la figura del matador. De ahí la grotesca estampa que tantas veces vemos en competiciones deportivas internacionales, con grupos de hinchas, ataviados con monteras y capotes, al son del pasodoble torero y el olé, mostrando al mundo su castiza identidad. Esta burda identificación con las corridas de toros ha encontrado su gran acomodo y respaldo en las distintas (ultra)derechas políticas españolas, abanderadas del nacionalismo centralista de Estado, defensoras sin fisuras de la llamada “fiesta nacional” a la que han otorgado categoría legal de patrimonio. Con el partido popular en el gobierno, el senado aprueba una ley en 2013 con los votos de la derecha, la abstención de los socialistas y la oposición de la izquierda y los nacionalistas periféricos, por la que se declara la tauromaquia como “patrimonio cultural de España” y se insta a la UNESCO para que se designe como “patrimonio de la humanidad”.

Aficionados de la selección española de fútbol en el Mundial de Rusia de 2018. Fuente: euromundoglobal.com

Desde posiciones contrarias a la tauromaquia bajo una perspectiva meramente política, se pone en duda que la fiesta sea realmente “nacional” e identifique a todos los pueblos del Estado español. No existe la misma tradición taurina en todos ellos. Hay algunos con mayor tradición, entre los que se cuenta Andalucía –con abundante programación taurina en sus medios de comunicación públicos y privados–, y otros donde no ha existido o se ha evaporado con el devenir del tiempo. Ahí tenemos a Canarias y Catalunya en las que se abolieron las corridas en 1991 y 2010 respectivamente, entre otras comunidades como Baleares, Galicia y Asturias con escasa afición. Cada vez son más los ayuntamientos gobernados por la izquierda, ecologistas o nacionalistas periféricos –con la excepción del PNV en Euskadi– que han declarado sus municipios zonas libres de corridas de toros, y se niegan a promocionarlas y a sufragarlas.

Hoy día, según manifiestan todas las encuestas, la mayoría de la población española no se reconoce en la “fiesta” ni acude a una corrida en su vida, porcentaje que va incrementándose año tras año con índices muy altos entre las mujeres y la gente joven. La tauromaquia está en crisis y subsiste en la actualidad gracias a las subvenciones públicas que apoyan tanto las derechas como el partido socialista, mientras que avanza la oposición a que las instituciones del Estado promuevan un negocio manchado de sangre que correspondería hacerlo, en todo caso, a los empresarios y agentes privados del sector taurino.

Sin embargo, mientras las corridas pierden en aceptación social, los encierros, las capeas y otros festejos populares con presencia de toros, vacas y becerros, siguen manteniendo vigor y pujanza en las poblaciones locales. La divulgación de imágenes de algunos de estos rituales donde predomina el sadismo, la violencia y la saña contra el animal, casos de los toros lanceados, ensogados, embolados, asaeteados o víctimas de la mutilación de algunas de sus partes, ha contribuido en la toma de conciencia colectiva sobre el maltrato animal como un tema intolerable. De la indiferencia se ha pasado a la acción con masivas manifestaciones anuales contra este tipo de rituales. En nombre de ninguna tradición se puede justificar la crueldad. Y como bien decían aquellos pensadores, nada edificante tienen estos festejos. No promueven los valores cívicos, sino todo lo contrario: se hace alarde del machismo más montaraz con todos sus atributos de falso heroísmo y violencia colectiva ante un ser sintiente asustado y confundido. Y se inflige sufrimiento sin mostrar atisbo de sensibilidad y empatía alguna. Si la defensa de estos rituales ancestrales supone la protección del “patrimonio español”, habría que reivindicar menos España y más humanidad.