Nosotros, los burros

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En un pueblo de mi querida Andalucía celebran, en el marco de sus fiestas patronales, una tradicional carrera de burros (animal muy apreciado en la comarca). Sin embargo, este año no ha salido suficiente gente voluntaria y han quedado jumentos sin competir. Una razón, pienso, es esa reticencia de la juventud de hoy día a hacer el tonto en cualquier festejo popular. Pero el motivo puede ser otro: unos jóvenes se han colocado en la acera con sendas pancartas, denunciando el maltrato animal.

Las pancartas y los lemas son distintos, porque son grupos animalistas diferentes. Unos son antiespecistas, que niegan a los humanos la supremacía moral sobre otros seres vivos. Los otros defienden no utilizar a ciertos bichos (toros, patos, burros) en las diversiones humanas. Según explicaron, son filosofías muy diferentes.

Por la megafonía, la organización muestra una empatía exquisita. Advierten que con lo recaudado en la carrera, los burros podrán llevar una existencia feliz durante todo el año; explican que, para que no sufran, se deben montar a pelo, sin ningún tipo de bridas, sillas ni estribos, e insisten en que durante la carrera no se les puede pegar, ni espolear. Solo el ¡arre! tradicional, y de buenas maneras.

La carrera prometía y no defraudó. A la señal de salida, los burros salieron andando y a su paso hicieron el recorrido, ya que no tenían ni zanahoria que les incentivara. Ganó el burro mejor alimentado, de nombre Pedro Sánchez, sin duda porque tenía la zancada más larga. Al pasar por una de las pancartas, una joven lloraba a moco tendido, compungida por el maltrato y quizá por mi insensibilidad.

Nada que objetar a estas chavalas y chavales, capaces de dar la cara en estos eventos y hacernos replantear nuestras relaciones atávicas con el resto de especies vivas. Sin duda, es buena gente, indispensable para el avance social.

Ignoro cuál será el destino de los burros, si se les dejará pastar y reproducirse libremente en nuestros campos. Mucho me temo que, si no se ganan el pienso de algún modo, acabarán desapareciendo, ya que tampoco se les puede encerrar en los zoos. Pero no iban por ahí mis reflexiones.

Recientemente he leído “La trampa de la diversidad”, de Daniel Bernabé, donde muestran cómo la proliferación de frentes y activismos, pese a sus nobles intenciones, acaba siendo complemento del neoliberalismo. Y cómo la sucesiva fragmentación de luchas, acaba en el individualismo. La contradicción fundamental, amos y plebe, se ha desvanecido para mayor gloria del capitalismo. En las series de televisión veremos negros, inmigrantes, feministas, gays, trans, pacifistas, veganos, animalistas y mil clases de ONGs, pero nada con virus revolucionario, algo que muestre la lucha de clases, esa plaga que genera en el mundo 1400 millones de parias sin acceso ni al agua potable, y 4000 millones más en el umbral del subdesarrollo, mientras una piara de cien mil privilegiados acapara riquezas a un ritmo que ni Marx pudo imaginar.

Los jóvenes que portaban las pancartas, como los que montaban los burros, viven en una civilización con medios inimaginables para repartir trabajo digno, bienestar y tiempo para estudiar, amar y vivir. Y sin embargo, por el robo institucionalizado, tienen un futuro más negro que el que tuvieron sus padres en los años 70/80 del siglo pasado. Entonces, una familia humilde y numerosa se mantenía con un sueldo y compraba su casa en plazos razonables; hoy día deben trabajar dos y en peores condiciones; evitarán tener hijos e hipotecarán su vida a unos bancos que, periódicamente, les vaciarán la caja de las pensiones para autorescatarse. El maltrato a millones de mujeres, y de hombres, comienza al alba, cuando se someten todo el día, hasta la vejez, a trabajos alienantes para sobrevivir. Las ocho horas fue un sueño comunistoide. La precariedad es ahora sinónimo de libertad personal. Al año matan en el mundo más revolucionarios que toros en las plazas. Nos preocupamos en atender a los refugiados y votamos a quienes provocan las guerras que los originan. Denunciamos en las redes la situación de los cerdos en una granja industrial, pero nadie pregunta por la situación de los trabajadores que los cuidan.

Todas las causas, por nobles que sean, incluso la de liberación nacional andaluza, serán manipuladas por los mandamases si no están impregnadas por la contradicción fundametal, esa que desde la Comuna de París nos concita a poner la sociedad del revés, para que deje de aplastar a las mayorías. Solo así haremos que todas las luchas sean solidarias. Porque no habrá futuro para ninguna especie, ni para ninguna diversidad dentro de esta cárcel de colorines que llaman neoliberalismo.

Pese a las sinceras lágrimas de la activista de la pancarta, los animales más sufrientes no eran los de la carrera de ese pueblo. Los verdaderos burros de carga somos nosotros.