La desposesión de las ciudades

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En 2001, la UNESCO declaró la plaza Yemá el Fná (Marrakech) Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad. En gran medida, ello se debió a la movilización impulsada por el escritor (premio Cervantes en 2014) e intelectual nacido en Barcelona, Juan Goytisolo. La plaza Yemá el Fná de Marrakech es un espacio público en el que han confluido ancestralmente lenguas, tradiciones y culturas en un ambiente abigarrado de imágenes, palabras, gestos, sonidos y vestimentas de colores. Narradores de cuentos, alquimistas, vendedores, encantadores de serpientes, acróbatas, nigromantes, domadores de monos… todo un caleidoscopio de expresiones culturales en libertad que, finalmente, recibió el reconocimiento de la Unesco para salvaguardar este denso y rico patrimonio oral e inmaterial. Juan Goytiloso, desde la muerte en 1996 de su esposa, Monique Lange, había fijado su residencia en Marrakech y era un habitual paseante de la plaza que disfrutaba con su incesante murmullo social y la diversidad de su vida cultural. En 1997 conoció que iban a edificarse edificios altos y de cristales en los alrededores de la plaza y a construirse un aparcamiento subterráneo, una incipiente ofensiva urbanística de reordenación general del entorno apoyada por las autoridades locales que amenazaba la pervivencia de la plaza como el gran espacio cultural y de socialización comunitaria que fue durante siglos. La movilización que impulsó Goytisolo junto a otros intelectuales marroquíes detuvo la operación y promovió la mencionada inscripción de la plaza Jemaa el Fna en el Patrimonio Oral e Inmaterial de la Humanidad. Es una experiencia aleccionadora y ejemplar en la dirección opuesta a las metástasis urbanísticas y financieras que, en la mayoría de nuestras ciudades, están fulminando experiencias y espacios públicos poblados de convivencias plurales e intercambios culturales.

Las ciudades en el neoliberalismo, centros mercantilizados, periferias degradadas

Los centros históricos de las ciudades están siendo reordenados bajo intensos procesos de mercantilización que producen extrañamiento cultural y duras lógicas de exclusión y gentrificación. Las ciudades, esos bosques de la modernidad (Baudelaire, W. Benjamin), han constituido espacios transformadores de las relaciones políticas y han sido transformados por ellas. Pero la reconfiguración urbana bajo lógicas neoliberales está escindiendo la cuestión humana de la sociabilidad de su ligazón histórica con la producción colectiva de los espacios. El valor de uso del espacio urbano es sustituido por el valor de cambio. Los centros históricos de las ciudades son deformados bajo la racionalidad financiera e instrumental que los convierte en parques temáticos turistificados, infestados de bares y restaurantes, de tiendas de souvernirs, de marketing “cultural” y de las mismas grandes marcas comerciales, una suerte de elitización del espacio y de economía inmoral de la banalidad y los negocios. En el revés de este proceso de mercantilización y de apropiación privada de la ciudad, de salida para los excedentes de capital y de “buen clima” para los inversionistas, están los barrios degradados de las periferias, heridos por la precarización, el paro endémico, el empleo de subsistencia, la erosión de los escasos servicios públicos, la cultura de la beneficencia y el conflicto con la seguridad.

En el capitalismo neoliberal la fábrica no es ya el centro exclusivo de la valorización del capital y todas las esferas de la vida se mercantilizan (Wendy Brown). A la economización de la política (la desdemocratización y la pérdida de soberanía de los Estados, que quedan sometidos a la voluntad y los chantajes de los mercados), se añade la intensificación del espacio como soporte y solución al problema de los excedentes de capital (David Harvey).

El derecho a la ciudad

Es el derecho a la ciudad de la que hablaba Lefebvre el que se ha comprometido, pero no el derecho a usarla, sino el derecho popular a transformarla, a recrearla, a vivirla e inventarla. La vivencia de la ciudad fue clásicamente una experiencia de socialización, encantamiento, aprendizaje, recreación, indagación sensorial y cognitiva. Perder el tiempo paseando la ciudad había sido a lo largo de la historia moderna una experiencia de observación y construcción vivencial del mundo propio que empezaba en la infancia. Sin embargo, con los espacios urbanos rediseñados a imagen y semejanza del varón adulto blanco que va de su casa al trabajo en coche, hoy los niños no pueden explorar sus calles y son llevados por los padres en ese mismo coche desde la puerta de la casa hasta la puerta del colegio. Los niños y niñas han sido expulsados de las calles, donde  jugar es inseguro, salvo en pequeños y uniformizados guetos, a modo de reservas infantiles, en los que se hacinan bajo la mirada vigilante de sus padres. La infancia en las ciudades ha sido privada de descubrir y vagabundear por el entorno urbano, de vivir riesgos, del derecho y la necesidad cognitiva a una movilidad autónoma y de disfrutar de la experiencia estética de curiosear la proximidad.

Una fuerte pérdida de soberanía social sobre los entornos urbanos ha reforzado mecanismos de segregación espacial y colonialismo urbano, de degradación ambiental y de acumulación por desposesión en detrimento de la idea de la ciudad como bien común. Este proceso, sin embargo, no ha transcurrido sin resistencias y sin la aparición de nuevas luchas urbanas (ecologistas, por la vivienda, por los servicios públicos, por la cultura) que disputan el derecho a la ciudad y la “producción social del espacio” (D. Harvey)

La gran explanada que es la plaza Jemaa el Fna no configura un entorno físico, sino una historia colectiva y diversa de producción cultural o, lo que es lo mismo, la pervivencia de un espacio urbano como valor de uso, más allá de las necesidades de valorización del capital concentrado en unas pocas manos. Jemaa el Fna simboliza la salvaguarda de un tesoro colectivo: la producción política a lo largo del tiempo de un espacio como bien común atravesado por la oralidad, los sonidos, los aromas, la danza, el murmullo, la seducción, los sabores, las historias y los cuentos.

Al contrario, pensemos, por ejemplo, en la Alameda de Sevilla, un entorno urbano hoy extraño y banal, asfixiado de bares y tomado por el “buen clima para los negocios” ¿Cuántos espacios urbanos, plazas, laberintos de calles y barrios de Andalucía, igualmente constituidos y entretejidos por el hacer, el decir y el experimentar social y cultural de lo popular y común, deberían tener, como la plaza de Marrackech, un mismo destino protegido y a salvo de la mercantilización neoliberal? Ojalá proliferen mil resistencias y luchas populares que articulen alternativas contrahegemónicas contra la desposesión urbana, para recuperar el derecho a la ciudad, a vivir y reapropiarse la ciudad como bien colectivo.