Andaluzas de corazón y guerrilla

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«…No es de ahora, sino de antes, cuando en Sevilla estábamos “atosigás” de “fachas”, que nosotras las mujeres sevillanas luchamos contra el falangismo. No hemos olvidado, no olvidaremos jamás, los crímenes que ellos han cometido en Sevilla. Y pueden estar seguros que pagarán hasta el último. No se nos puede ir de la cabeza lo que hicieron con la pobre madre de Berneto, ni con la cigarrera Carmen, la hermana de José Díaz […] Nosotras trabajamos mucho, hemos formado comités de mujeres que ayudan a presos, que se encargan de repartir manifiestos ilegales que ayudan a los antifascistas a esconderse de la policía; que hacen propaganda entre los sondeos para que ayuden a los presos de los batallones de trabajo; que trabajan entre las mujeres de los mercados, en las colas y en todas partes donde hay mujeres. Y no crean ustedes que en nuestro comité hay solo mujeres de pueblo y obreras, tenemos hasta señoras que nos ayudan mucho, porque para ellas el trabajo es más fácil y menos peligroso. […] nos las han hecho conocer el tendero de la calle, el carnicero, el electricista, el zapatero. Con las obreras es pan comido. No hay una obrera con dignidad que no nos ayude. […] Y con esta carta queremos decir a todas las mujeres de España que hagan como nosotras, que ya nos queda poco tiempo de aguante. Por las Mujeres Antifascistas de Sevilla. Carmencita de Triana…»

Esta carta deja en pañales cualquier intento de homenaje a la mujer trabajadora andaluza en este tiempo de pandemia. Su autora, la cordobesa Carmen Monge, militó en la resistencia antifascista al término de la guerra, antes de cumplir los 20 ya conoció el presidio.

Las mujeres me lo han dado todo, algo más que la vida: el sentido de ésta, desde párvulo. Mi vida es un guión tejido por ellas, ellas me han edificado entre sus primeras caricias  contra el desamparo, entre sus amores, sus susurros, sus asuntos y disgustos. Sin ellas no me entiendo, sin ellas, y no exagero, yo no soy, o no sabría quién soy. Mi madre aún vive, aún sus palabras y visiones de 90 años alumbran inesperadamente algún aspecto de mi existencia. Luego está mi compañera, profesora de corazón republicano y solidario que deja el mío en pañales. Y ante la efigie de su Buda portátil, observo a mi hija, 18 años, aún creyendo en el ser humano, envuelta en «esa nube mágica» que, como describiera Hölderlin, aun le impide captar “todo lo mezquino y bárbaro del mundo que la rodea“.

¿Sexo débil? ¿Quién parió semejante mamarrachada?

En el mes de la mujer me retrotraigo a los paseos con mi madre por las calles del tardofranquismo cubiertas de pasquines y sangre de estudiantes y obreros de Sevilla, explicando a este mocoso de 9 años la diferencia entre democracia y dictadura. Y es ahora, en este portal, cuando rescato ejemplos de andaluzas que la historiadora almeriense Sofía Rodríguez ha puesto en valor mediante sus trabajos de investigación: esa legión de mujeres sin otras armas que sus voces, sus cuerpos y sus espontáneas emergencias contra la injusticia y la opresión del franquismo en sus primeras tomas de conciencia como sujetos políticos.

Nombro a Encarnita Magaña, que ostentaba el dudoso honor de ser la única mujer fusilada por el franquismo en Almería, la joven secretaria de Mujeres Libres.

Nombro a la almeriense Pepita la Collado, quien tuvo el honor de ser considerada   «concubina al estilo marxista”, pirueta verbal del nacional-catolicismo, tras abandonar la cárcel de Saturrarán, donde cumplió condena por su militancia comunista durante la guerra civil. No puede envidiarla su camarada y paisana Ana “La Zocata”, también distinguida por  «muy mala conducta, tanto política como moral», otra de las «invertidas sexualmente» en el Partido Comunista de Almería.

Nombro a la figura particularmente llamativa de la “duquesa Roja“, realmente de Medina Sidonia, Luisa I. Álvarez de Toledo, quien no dudó en sumarse a los vecinos de Palomares  para impedir la instalación de bases atómicas americanas en 1968. “Osadía“ que las autoridades se cobraron con un periodo de ocho meses a la sombra. Si a la rebelde aristócrata no faltaron bibliotecas y acceso a refinadas formas de cultura y conocimiento, el lado opuesto lo representan a viva voz y puño en alto las mujeres del barrio de  Pescadería, en Almería, las que en 1958, desde su “activismo sin militancia”, dieron en inundar el despacho de la autoridad competente de solicitudes de ingreso para sus hijos párvulos en un Centro Graduado. Por entonces, a las clases más deficitarias les estaba vedado el acceso gratuito a guarderías.

A todas las nombro, si no en el papel sí en mi corazón, a todas, a las miles de andaluzas que no se acomodaron al destino que la opresión nacional-católica les quiso marcar, y nombro a las que hoy se levantan contra quienes se creen hegemónicos dueños de sus vidas.

Y nombro, cómo no, a la almeriense Sofía Rodríguez, genuina autora de los materiales que me han servido para componer este torpe canto, historiadora andaluza, actualmente en la docencia, de cuyas prolijas investigaciones he obtenido los datos para mi modesto homenaje.

Madres de nuestra matria.