OTAN, la multinacional de la guerra

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«Bienvenido Mister Marshall» es el título de la película satírica de Luis García Berlanga, que nos recuerda la llegada de los americanos a España en 1953, en plena dictadura franquista. Decían que el Tío Sam venía con leche en polvo, queso y mantequilla para quitarnos el hambre de la postguerra. Según la propaganda del régimen: «Con la ayuda americana/ya no hay nada que temer/tomaremos leche en polvo/en vez de tomar café», era el estribillo que circulaba, inspirado en la letra del himno de los Marines. Estos productos se repartían en las escuelas. Por la mañana, la leche en polvo se diluía en agua templada y tomaba su estado característico; y por la tarde, el queso y la mantequilla, en plan de merienda. Estos donativos llegaban a través de UNICEF, que hace casi setenta años firmaba el primer convenio con España que supuso la llegada de 300 millones de kilos de leche en polvo. Los maestros se ocupaban de este trabajo, en el papel eventual de padres de familia, velando por el cuidado alimenticio de sus alumnos.

Pero todo aquello resultó ser una tapadera. La gran superpotencia, que decía liderar el mundo libre, en realidad venía a otra cosa. No pretendía, ni mucho menos, quitar una dictadura que había dejado más de 100.000 desaparecidos en fosas comunes. Su propósito era muy distinto. Venía para reconocer a un régimen que violaba los derechos humanos, pues su verdadero objetivo era pactar la instalación de bases militares. Dos de estas bases se instalaron en Andalucía. Desde Rota y Morón despegaban aviones, con su carga mortífera, hacia todas las guerras que emprendían los americanos. También hacia la guerra ilegal de Irak, que intentaron justificar con el bulo de las armas de destrucción masiva. Una mentira mil veces contada, que incluso llegaron a difundir diarios, hasta entonces tan prestigiosos, como el New York Times o el Washington Post. Después se disculparon ante sus lectores, pero ya era tarde.El momento de mayor peligro llegó en 1966,  con las cuatro bombas termonucleares que los americanos soltaron por accidente en la playa de Palomares, un pequeño pueblo andaluz del Levante almeriense. El Tío Sam y el régimen franquista se pusieron de acuerdo para imponer una férrea censura informativa, con el fin de ocultar el alto riesgo de radioactividad para la población civil. Incluso el ministro franquista, Manuel Fraga Iribarne, se dio un baño en la playa de Palomares para demostrar que no había radioactividad, una farsa ampliamente difundida por el NO-DO, que era el noticiario de propaganda del régimen.

OTAN no, bases fuera

Cuando llegó la Transición, en 1978, empezaron las manifestaciones en las que gritábamos ¡OTAN no, bases buera!. Y se organizaron marchas populares para exigir el cierre de las bases militares de Rota y Morón. El PSOE de entonces también gritó contra la OTAN, claro que estaba en la oposición. Pero en 1986, una vez en el poder,  Felipe González cambió de opinión. Convocó el referéndum que había prometido, pero hizo trampa. La propaganda socialista decía: OTAN, DE ENTRADA NO, pero puso en marcha una campaña mediática sin precedentes para que saliera el si y salió. El PSOE nos había otanizado.

Y el soldado Sánchez se alistó en la OTAN. En la reciente cumbre celebrada por la alianza militar en Madrid, Pedro Sánchez nos recordaba al actor Pepe Isbert, dando la bienvenida a Mister Biden, como si fuera el protagonista principal de un remake de la película de Berlanga. La imagen se repite. En 2003, la foto de las Azores fue el preludio de la guerra ilegal de Irak: el emperador Bush puso su mano sobre el hombro del súbdito Aznar, que le rindió pleitesía. Y en 2022, la cumbre de la OTAN fue el preludio del rearme mundial: el emperador Biden volvió a poner su mano sobre el hombro del súbdito Sánchez, que también le rindió pleitesía. Nada que ver con la dignidad y valentía del presidente Zapatero, pues se atrevió a condenar la invasión de Irak por parte de Estados Unidos, por haber vulnerado el Derecho Internacional.

En la cumbre de Madrid, la OTAN ya ha aprobado un aumento del contingente militar en Europa, de 40.000 a 300.000 soldados. También aumentará considerablemente la inversión militar en las bases de Rota y Morón. Y para pagar la factura, tendrán que recortar gastos sociales, en plena crisis. Andalucía no tendrá una potente industria automovilística, ni informática, ni electrónica, pero sí contará con dos de las bases militares más grandes del mundo.  Con Sánchez, no estaremos industrializados, pero sí otanizados.

La OTAN es una multinacional de la guerra que reunió en Madrid a sus 30 Estados miembros y va a sumar dos más: Suecia y Finlandia. Esta organización militar no ha dejado de crecer desde su fundación en 1949, con el inicio de la llamada guerra fría. Es más, aprovechó la caída de la Unión Soviética, no para promover un clima de distensión, sino para extenderse por países como República Checa, Polonia, Hungría o Rumanía, que habían formado parte del desaparecido Pacto de Varsovia. Y también se extendió por Letonia, Estonia y Lituania, las tres repúblicas bálticas. Es decir, la OTAN avanzó hasta la mismísima frontera de la nueva Federación Rusa, sin dejar ningún territorio neutral, y estuvo a punto de aceptar la candidatura que presentó Ucrania para entrar en la alianza militar.  Pero en el Kremlin ya no estaban ni Gorbachov ni Boris Yelsin, en ese momento mandaba Putin, que soñaba con la Gran Rusia.

El nuevo zar ruso pensó que la invasión iba a ser un paseo militar, pero se equivocó. Se ha convertido en un conflicto entre dos potencias, Estados Unidos y Rusia, que se libra en Ucrania y está derivando en una peligrosa guerra de desgaste. No olvidemos que el ejército ucraniano está resistiendo a la potente maquinaria bélica rusa gracias a la alta tecnología militar que la OTAN ha puesto a su disposición. Es decir, que la Alianza Atlántica pone las armas y el pueblo ucraniano, los muertos. La población civil vuelve a llevarse la peor parte, como en todas las guerras. Ni Rusia ni la OTAN parecen de momento interesadas en buscar una salida diplomática al conflicto, pues la guerra de Ucrania les proporciona la excusa que necesitan para rearmarse y remilitarizar sus zonas de influencia.

Estamos hablando del negocio de la guerra. La prolongación del conflicto sólo interesa a la industria de armamento, pues supondrá un incremento desorbitado del presupuesto militar, en detrimento de los gastos destinados a sanidad, educación o cooperación internacional. La sociedad civil debería movilizarse, como lo hizo con la guerra de Irak, para exigir a Rusia y a la OTAN una salida dialogada que ponga fin a la masacre de Ucrania. Si no detenemos este conflicto, acabará provocando hambruna  y una crisis migratoria sin precedentes, que podríamos calificar de un nuevo crimen contra la humanidad. Frente a la barbarie de la guerra, tenemos que defender, una vez más, la cultura de la paz.