A José María Manjavacas

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Jamás he escrito un obituario en prensa y creo que poco tengo nada relevante que añadir. Tan solo me hace bien recordar cómo pasó todo. No es para ser leído sino escrito.

Después de un verano de curro a destajo me dije, «dejo el Periodismo». Y como hacer Educación Social me parecía un pasote, dije, enga, el ciclo superior de Antropología. Y se me cayeron los palos del sombrajo… ¡a septiembre yo! ¡segundas matrículas! Recuerdo cargar como una mula con tochacos de textos, apuntes sobre la reflexividad, el objeto de estudio, Pierre Bourdier, ecuaciones como de matemáticas de las reglas de filiación. Grandes nombres feministas de la academia, grandes doctos de despacho me dieron clase.

Y en una optativa, entró con su pelo revuelto hablando de Blas Infante, de Isidoro Moreno, de andalucismo, de presupuestos participativos de identidad, de folclore, de clases populares, de revolución del pueblo. Bastaron unos cafelitos para que ese señor de CV inabarcable -que siempre se olvidaba de actualizar, por cierto- me cautivara contándome de las Peñas de Cádiz, del Fletilla, de Paco Alba, de los cantes de los astilleros, de su admiradísimo Isidoro Moreno.

Yo que iba como el culo en la carrera, estuve una clase entera exponiendo el trabajo de su asignatura, «Carnaval de Cádiz Sociedad Ilimitada», de la profesionalización de los grupos y la economía de esa forma de arte. Acabó siendo un diálogo de a dos y allí la gente con sus temas académicamente sesudos resoplando.

Al final, acabé viendo que aquello tan abstracto no era lo mío y guardé los apuntes en el altillo.

Un día volviendo de los tribus, por el paso de cebra de Roldán escucho, «cordobesa carnavalera».

«No puede ser, no me creo que dejaras Antropología, si te encantaba el trabajo de campo, entrevistar, grabar…» me dijo. «Sí pero me topé con el marco teórico y la metodología y prefería volver a la libreta y al boli». «Ven al despacho y charlamos», se despidió.

Y como había acabado yo dolida por eso de no aprobar a la primera, pensé, mira no voy a defraudar a este hombre, no tengo yo esa capacidad analítica y de filosofar el mundo.

Peeero resulta que en la rdp de presentación del congreso de los Patios de Córdoba no me pude resistir. Ahí fui yo la que me acerqué, «justo ahora que estoy a tope». Pero echamos un cafelillo en Turismo. De ahí solo salió una entrevista.

Ante una propuesta literaria hace un par de años, lo consulté y me dijo. «Si si, yo te ayudo en lo que sea pero matricúlate en el máster de Antropología».

«Que yo no sirvo pa eso, que soy más pragmática, la academia me aburre, no me enteraba de las clases, ¡solo saqué buena nota en tu asignatura!», le dije. Y me preguntó, «¿qué es lo que más te gusta del mundo?», y le dije «pues qué va a ser, Cádiz y su Carnaval». «Pues nada, chiquilla, ya tiene usted el tema del doctorado».

Tardé dos años en decidirme, pa que nos vamos a engañar, no tenía buenos recuerdos de los docentes y pensé que después del mástercito en RRII ya había cerrado los libros para siempre.

En septiembre del año pasado lo llamé y le dije, «acabo de matricularme, pero tú me diriges la tesis sí o sí». Hablamos de la vida, de la suya, de la mía, de los mesecitos malasombra que llevábamos, de que el futuro no estaba negro, pero tampoco blanco, pero me acabó prometiendo que daba igual quién firmara el papelito que me acompañaría y me ayudaría en todo.

Pues me cago en la madre que parió al barquero, que solo pude tener una tutoría contigo. ¡Pero qué tutoría! Después de una noche de Falla, ese paseíto por la Playa de la Victoria no lo cambio por nada del mundo.

Hoy Cádiz es menos Cádiz sin tu sabiduría y tu cariño. Los Patios de Córdoba te lloran. La participación ciudadana es menos democrática sin ti y el pueblo, ese pueblo andaluz que era tu musa, se ha quedado huérfano del académico que supo transmitir el lenguaje académico a modo de chascarrillo de vecinos y las vivencias de un corrillo de barrio en el más culto ensayo científico.

Autoría: Estrella Serna. Periodista.