La vuelta a ¿qué normalidad?

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Estamos comenzando lo que llaman la “desescalada hacia una nueva normalidad”. Vayamos por partes. Lo de desescalada se entiende bien, aunque los filólogos sean críticos con el palabro. Se trata de ir aligerando, gradualmente y según edades y actividades, las medidas de confinamiento de la población y de paralización (la llaman hibernación) de la vida económica y social. A los niños se les permite ya salir al aire libre una hora al día y parece que los adultos podremos hacer lo mismo desde el próximo sábado. Muy controladamente, desde luego, y sin que ello suponga el ansiado encuentro con familiares y amigos, ni que podamos volver a desayunar mientras leemos la prensa en la abacería de la esquina, o tomarnos una caña en el bar en que solíamos. Continúa el mandato de no acercarnos, menos aún tocarnos, excepto a quien vivan bajo nuestro mismo techo. Parecería una novela de ficción que hace propaganda de la monogamia y del onanismo. En todo caso, es una situación que nos deshumaniza, sobre todo a quienes, como los andaluces, no nos basta con las videollamadas (aunque ahora las hagamos con profusión), ni con las caricias o el sexo virtuales. Los pueblos mediterráneos tenemos la sociabilidad como una de nuestras características culturales y a la plaza –el ágora-, las calles, tabernas, bares, mercados y peluquerías como lugares de encuentro. La suavización del confinamiento obligado –que en millones de casos está produciendo situaciones físicas, psicológicas y económicas muy negativas- es, sin duda, una buena medida para relajar la tensión en que vivimos durante ya seis semanas. Pero conviene subrayar que nos la presentan  como un paso hacia la “nueva normalidad”.

Respecto al confinamiento, algo sí es necesario señalar. Y es que en este nuestro supermoderno e hipertecnologizado siglo XXI el ponernos en cuarentena, distanciarnos físicamente, aislarnos lo más posible de los “otros” (que son sospechosos de ser portadores potenciales de la enfermedad), sigue siendo, como hace siglos e incluso milenios, el principal y casi único instrumento para impedir los contagios. Lo que debería llevarnos a reconocer que la ciencia y la tecnología, que se han mostrado capaces de llevar al hombre a la Luna y de fabricar superordenadores, se muestran muy poco efectivas respecto a la prevención y el tratamiento de situaciones como la de la pandemia actual. Y lo más grave es que cuando se logre la vacuna contra el Covid-19 (y esperemos que sea pronto y no sea secuestrada por alguna poderosa empresa farmacéutica) emergerán nuevos virus y se producirán situaciones de catástrofe no solo de raíz  biológica sino debidas al cambio climático, al calentamiento del planeta, al deshielo de los polos, a la destrucción de las selvas y bosques, a la modificación de las corrientes marinas, a la desaparición de cientos de miles de especies animales y vegetales… Catástrofes biológicas y “naturales” consecuencia, en su gran mayoría, del modo de relacionarnos con la naturaleza que triunfó hace doscientos años en Europa y se extendió al mundo: una relación de explotación creciente y cada vez más intensiva de los llamados recursos naturales (en realidad, bienes comunes de la humanidad) para obtener beneficios privados, lo que ha dado lugar en las últimas décadas al rompimiento de equilibrios que son indispensables para mantener el ecosistema de nuestro planeta.

Y aquí sí debemos entrar en el debate sobre la “nueva normalidad” a la pretenden encaminarnos. Cuando los políticos hablan de ella (a veces, como hace Sánchez, desde su papel de “mando único”) quieren decir, aunque no lo expresen con claridad, que deberemos aceptar un periodo de tiempo de varios meses o incluso puede que de más de un año en el que la actividad económica sí haya sido normalizada, al menos en el ámbito productivo (en el financiero, como es un ámbito virtual nunca se detiene), pero no así la actividad social, nuestra forma de vivir la cotidianidad. La prioridad de lo económico sobre lo social se agudizará aún más de lo que ya estaba antes. Incluso el fútbol se reanudará, más pronto que tarde, a puerta cerrada y solo podrá verse televisado. Con lo que las Sociedades Anónimas “Deportivas” (los grandes clubes) se garantizarán la mayor parte de los ingresos previstos pero los aficionados no podrán entrar en los estadios a emocionarse, aplaudir o abroncar en vivo. ¿Y qué ocurrirá con las grandes fiestas y otros eventos de masas, como grandes conciertos, ferias, procesiones o manifestaciones reivindicativas? ¿Y con los actos culturales? En algunos casos, quizá podrán seguir el ejemplo del fútbol para que se asista a ellos virtualmente, pero en otros, al no ser ello posible, lo más probable es que desaparezcan o no sean autorizados en nombre de la seguridad y del éxito en la “guerra” contra el virus, el cual –se nos hará saber- no habrá desaparecido sino que estará agazapado y presto para matar.

Para que una “nueva normalidad” de este tipo pueda ser viable, se acentuará el control sobre las personas y los colectivos. Un control dudosamente compatible con el respeto a los derechos y libertades democráticas. No es casualidad que el gobierno “de coalición progresista” aun mantenga vigente la Ley Mordaza y, de hecho, se esté utilizando esta  en el actual estado de alarma. Tampoco es inocente la visibilización de uniformes militares y el que se equipare la labor de las fuerzas armadas y policiales a la de los trabajadores de la Sanidad. Y aún más grave es –aunque pueda no parecerlo- el que se ponga como modelo de actuación eficaz contra el virus a los regímenes totalitarios asiáticos que utilizan la tecnología de los teléfonos móviles de una forma no muy diferente a como los nazis utilizaban los brazaletes y las estrellas de David. Ahora no para señalar a los judíos sino para distinguir (¿o, más bien, estigmatizar?) a los contagiados de los no contagiados. Una sofisticada tecnología sería ahora el instrumento fundamental de control sobre las personas, como ya predijeron Aldous Huxley y otros.

La “nueva normalidad”, a la que se hace continua referencia pero no se explica, sería realmente el nombre de la salida política autoritaria o incluso parafascista a la actual crisis humanitaria y sanitaria convertida ya en enorme crisis económica y social. De lo que se trata es de garantizar la vuelta a la “normalidad” interrumpida anterior, haciendo posible el pleno funcionamiento del Sistema de capitalismo globalizador, neo(ultra)liberal y patriarcal que es precisamente el que ha generado esta múltiple crisis. Para ello, se acentuará el carácter autoritario y represor de los regímenes políticos para controlar a la ciudadanía y evitar en lo posible las protestas y reivindicaciones de los sectores sociales y de los pueblos. Y los medios de propaganda se esforzarán en convencernos de que es bueno rehusar voluntariamente a una parte importante de nuestras libertades a cambio de nuestra “seguridad”. En lo inmediato, ante la amenaza del Vicod-19. Y cuando se le haya encontrado una vacuna, ante el peligro de alguna mutación de este y de aparición de nuevos virus, que con seguridad surgirán como resultado del modo hiperintensivo y antinatural de producción agrícola y ganadera, del deshielo del Ártico (que hará “despertar” a virus muy antiguos, que no conocemos y están allí “dormidos”) y de un sistema irracional y altamente contaminante de transportes. Esta deriva autoritaria y liberticida funcionaría también, en el futuro, como escudo del Sistema ante episodios catastróficos, con marcos mundiales o de grandes regiones, que serán consecuencia del cambio climático que ya está a punto de convertirse en irreversible.

Aunque algunos puedan pensar otra cosa, afirmar lo anterior no es ser agorero sino realista. Nuestro presente, y sobre todo el futuro de las siguientes generaciones, es así de duro. La propia pandemia actual fue ya anunciada por la Organización Mundial de la Salud aunque ningún gobierno hiciera caso de la advertencia. Y todos los informes científicos serios señalan que nos quedan pocos años para poder cambiar de rumbo. Todavía tenemos la posibilidad de una salida diferente a la actual crisis, que podría actuar como punto de inflexión de la dinámica que está conduciendo a la humanidad hacia el colapso y el abismo. Para aproximarnos a esta salida alternativa –o incluso para hacer posible pensarla- lo primero es rechazar que el objetivo, hoy, sea volver a la “normalidad” anterior. Porque esa “normalidad” equivale al Sistema responsable de la actual pandemia y que generaría sucesivas y cada vez más frecuentes crisis cuyas consecuencias se intentarían controlar con regímenes políticos fuertemente autoritarios, incompatibles con la democracia, los derechos humanos y el ejercicio de la soberanía de las personas y los pueblos,.

Si lo anterior es así, ¿cuál sería, entonces, esa otra nueva normalidad por la que deberíamos luchar y cómo podríamos dar pasos hacia ella? Aunque en un próximo artículo intentaré responder a la pregunta, vaya aquí un adelanto. El objetivo sería, fundamentalmente, desglobalizar: construir sociedades donde lo comunitario y el cuidado de la vida estén en el centro, en el lugar que hoy ocupan el ansia de ganancia y de poder. Donde las relaciones sociales sean democráticas e igualitarias. Donde pueda vivirse en armonía con la naturaleza, con los “otros” y con uno mismo. Quizá muchos calificarán este objetivo de utópico pero, si analizan bien la situación en que nos encontramos, verán que es imprescindible.