Aire, falta aire

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Los dirigentes políticos siguen mirando las páginas de los boletines oficiales en vez de la cara de las andaluzas y andaluces. Asistimos a un desarrollo normativo minucioso, preciso, concreto, singularizado, ceñido; cuestión que evidencia la falta de altura de miras. En un mundo cada vez más globalizado, se hacen leyes cada vez más locales y cortoplacistas.

A la vez, todos dicen tener como objetivo el progreso. Si lo consideramos como vórtice común, debemos partir todos de que la idea de progreso se basa en el supuesto de que, si admitimos nuestra ignorancia e invertimos tiempo, esfuerzo y recursos en la investigación, las cosas mejorarán.

El concepto se volatiliza a la primera llamada y la meta se convierte en obtener titulares. Para conseguirlos, engrosan el boletín oficial o cocinan estadísticas. Que en 2020 bajaremos del 20% de paro son capaces de convertirlo en una buena noticia. Aventurarse con preguntas de calado, cuesta más, ¿estará la sociedad andaluza mejor en 2020? ¿Mejorarán las condiciones laborales al mismo ritmo que las exigencias de las condiciones de vida? ¿Habrá menos personas en riesgo de exclusión? ¿reduciremos la desigualdad?

Asirnos a indicadores obsoletos, gobernar a golpe de titular, no atrae inversión de la forma tan alegre que nos anuncian, no permite la mejora de calidad de vida de los ciudadanos y el territorio de forma sostenida a largo plazo. No corrige la gran lacra de las políticas neoliberales enraizadas y regadas cada día: la desigualdad.

El capitalismo y el neoliberalismo se sustenta en un principio crucial: las ganancias obtenidas por la otrora burguesía, hoy los empresarios, generan beneficio común gracias a la reinversión de dichos beneficios. Este principio enunciado por Smith, distribuye riqueza pero de manera ineficiente. Porque existen lucros que la cupulocracia saca del sistema, lo que, en la práctica, gracias al poder legal y financiero se traduce en una ruptura de lazos sociales y ecológicos. Unos pocos se hacen más ricos, otros muchos generan más riqueza de la que se llevan a su casa en forma de salario y servicios públicos.

A estas alturas, el no tan nuevo gobierno andaluz ha evidenciado su incapacidad para dar ese cacareado empujón a la sociedad y la economía andaluza. Los nuevos responsables han contrastado su escaso margen de maniobra y peligran con ahogarse en sus propios Tiempos Modernos del entramado jurídico, político y burocrático que ellos mismos alimentan.

Están perdidos, encandilados, en las refriegas partidistas en el parlamento. El desesperanzador resultado de estos seis meses son unos presupuestos en los que reluce, lamentablemente la victoria política de los que reniegan hablar de igualdad, tolerancia, inclusión, dignidad.

Tenemos que ser honestos y no hacernos trampas al solitario. No podemos dejar pasar el tiempo. Andalucía no puede contar con su gobierno para alentar un progreso que corrija desigualdad. Sectores económicos cruciales como la agricultura, la ganadería, la pesca, el turismo, la industria; movimientos sociales; tejido educativo; profesionales de la salud, no pueden esperar las bondades de la mano invisible de Adam Smith, porque se tornar en la que mece la cuna.

No hay motivos para celebraciones. Andalucía sufre una crisis estructural incomprensible. El gobierno que tanto se prometía a si mismo no es capaz de romper inercias ni despertar ilusiones. La prudencia del sector empresarial lo evidencia. El varapalo de unos presupuestos cobardes por miedo a pagar coste político o tensionar las relaciones entre los socios han tranquilizado al presidente y su equipo, a pocos más.

El progreso humano depende de hasta qué punto conocemos el universo, de nuestra capacidad de aceptar el kaos y tejer a partir de él, un modelo, un orden, un relato. Y siguen diciendo que su objetivo es el progreso.

Andalucía no está necesitada de reformas si las convertimos en sí mismas en un objetivo. De lo que necesitamos son de audaces, de valientes que sean capaces de leer la realidad y dibujar un horizonte. Las naves se irán alineando, seguro. Hasta el momento nada de esto ha asomado en el “equipo” de consejeros que hasta el momento destaca, sobre todo, por un perfil plano en iniciativas políticas y económicas. Parece que aún no han llegado, puede que nunca lo hagan. Los vientos de cambio no tienen nada del aire fresco que el progreso de Andalucía requiere.