Algunos apuntes sobre banderas y política en el reino de España

1. La bandera rojigualda

Igual que no hay no-lenguaje (incluso la negativa a comunicarse transmite información), no hay no-banderas. Las banderas no son trapos, tienen un fuerte contenido simbólico y político, no hay sociedades ni grupos humanos sin banderas. Ninguna bandera existe por sí misma, suspendida en el aire, cada una encarna un interés, una fuerza, una aspiración humana. Y cada cual tuvo siempre la(s) suya(s). Hay banderas muy honorables, representantes de luchas, valores y principios nobles y hay otras que encarnan una historia de infamias y opresiones. Los conflictos, los egoísmos y los particularismos no surgen de las banderas, sino de las desigualdades, de las injusticias y de los privilegios.

Es difícil encontrar una bandera de un estado que, como la del reino de España, la rojigualda, esté tan intensamente asociada a lo militar, a la reafirmación de un nacionalismo esencialista, cuya declinación natural ha sido siempre lo reaccionario o el fascismo, excluyente y amenazante frente a otros sentimientos de identidad nacional, a los que se exige subordinación, una bandera suturada a los que infligieron miedo y represión, y que, fuera de actos religiosos, militares, de rancio protocolo monárquico o institucional o de afirmación ultraderechista, jamás es enarbolada en movilizaciones de trabajadores, de mujeres, de estudiantes, de solidaridad internacional, de defensa de los sectores más vulnerables o de crítica a los poderes dominantes.

Es difícil encontrar una bandera de un estado que exhiba el gradiente de clase de la bandera rojigualda (véase su distribución según barrios en exclusión social o barrios de gente adinerada), un signo más evocador de la cámara oscura de la conciencia y las relaciones de clase en que se muestran invertidas. La actual proliferación de banderas españolas en balcones, mascarillas y actos políticos es una imagen más pedagógica que mil tratados y declaraciones ideológicas sobre su función en la abascalización de los espíritus y sobre el contenido político profundo, sagrado, no profano ni democrático, de lo que significa España y de sus símbolos e instituciones. Disputar democráticamente la apropiación colectiva de esta bandera es una pasión inútil y una pérdida de tiempo.

2. Comunismo o libertad

Así dio comienzo la UltraEspaña (Ayuso and company) la llamada batalla por Madrid. Toda una exhibición de lo que vienen haciendo desde hace años: derechizar a la sociedad mediante la estrategia de despreciar la realidad e hiperpolitizar el discurso. Porque a la gente le interesa la política. El feminismo, la inmigración, el soberanismo republicano, los movimientos antidesahucios, los sindicatos o movimientos contrahegemónicos extranjeros como el que impulsó Hugo Chávez… se constituyen en los objetivos políticos de estas ultraderechas para, demonizados y deformados, presentarlos como los causantes del malestar, los problemas y la ansiedad social.

Frente a esto, el campo progresista ha venido respondiendo con dos estrategias fundamentales:

  1. El moralismo. Los votantes de las derechas, como los de Trump, son tildados de paletos sin educación, los abstencionistas de irresponsables, las políticas de inmigración de inhumanas, las diferencias políticas como distinciones en el uso de los cargos públicos (“nosotros no robamos”). Se trata de la condena psicologista de los efectos sin la crítica materialista de las causas y estructuras. Criticar, por ejemplo, a la monarquía por los vicios y defectos morales del Rey y no por la naturaleza intrínsecamente perversa, saqueadora y antidemocrática de la institución, a los políticos corruptos desligándolos de la institucionalidad y legalidad del régimen político que se realimenta en la hibridación entre lo público y el interés privado, sermonear sobre los efectos de las políticas de austeridad dictadas por Bruselas sin mencionar el armazón jurídico y político de la UE (Tratados europeos, etc.), denunciar las políticas migratorias de la UE sin relacionarlas con las “intervenciones humanitarias” occidentales, la OTAN y el neocolonialismo capitalista.

  2. La oposición y escisión entre aspiraciones político-democráticas y reivindicaciones económico-sociales. La hiperideologización de los admiradores de Franco contrasta con la desideologización progresista (el programa se resume en “cambiar la vida de la gente… a la gente lo que le interesa son las cosas de comer”), que se proclama como una virtud cuando no es sino el abandono de reivindicaciones políticas y democráticas en las distintas esferas (política de defensa y gastos militares, relaciones internacionales, derecho a decidir, papel de la Iglesia en la educación…). La operación consiste en desacoplar la gobernanza (administración y soluciones prácticas “de progreso”) de la política, reduciendo las inflexiones progresistas a la parte compasiva del programa neoliberal. La renuncia a proponer transformaciones estructurales y a sostener una mirada integral abarcadora de aspectos económicos, pero también democráticos y políticos, se legitima descalificando sutilmente a la gente, que no dispone ni dispondrá de suficiente capital cultural para interesarse por principios y propuestas ideológicas y que para atraer su voto y su simpatía basta con hablarles de aquello que les llena la barriga. En terminología de Nancy Fraser, una disociación entre lógicas de distribución (“cambiar la vida de la gente”) y lógicas de reconocimiento (identidad nacional y soberanía política, por ejemplo), entre políticas económicas y políticas democráticas que no sólo te disipa en términos de identidad y como portador de visiones contrahegemónicas del mundo, sino que además electoralmente te desvitaliza.

3. Proyecto Miedo

La renuncia a dar la batalla por los símbolos (por cierto, el verdadero antagonismo radical de la bandera rojigualda no es ahora la tricolor republicana, sino la roja y las de las distintas naciones del estado), la asunción de la banalidad retórica del cosmopolitismo neoliberal (contra las banderas, contra las fronteras, contra las reivindicaciones de soberanía nacional) y la reutilización del “proyecto miedo” convierten la oposición al avance de la ultraderecha española en una batalla desdibujada y condenada a la derrota. El concepto «Proyecto Miedo» fue utilizado por los independentistas escoceses para acusar al poder central de instigar el pánico entre la población ante la debacle económica que la ruptura con Londres conllevaría. En el referéndum del Brexit fue el arma elegida por los opositores a la salida de la UE. Mientras los partidarios del Brexit utilizaban la consigna “recuperar el control” como una apelación a la soberanía política derruida por la UE, “uno de los aparatos políticos y económicos más depurados de la globalización neoliberal”1, lo que podría conectar con el deterioro de la vida de millones de personas a consecuencia de políticas dictadas por tecnocracias y élites desde Bruselas, los otros simplemente agitaban el «Proyecto Miedo»: advertir de las terribles consecuencias económicas que tendría la ruptura con la UE y ofrecer un multiculturalismo abstracto que invisibiliza desigualdes estructurales y agencias políticas no democráticas. Igual que todo lo que se presenta como natural, la actual correlación de fuerzas tiene también una historia y enfrentarse a ella es lo que hace inteligible la actual debilidad de los proyectos progresistas.

En el reino de España ahora el proyecto Miedo está focalizado en el peligro fascista-VOX. Pero el futuro antifascista y democrático no presagia nada bueno si está basado en moralizar y agitar el miedo en ausencia de un proyecto cultural y de una estrategia con contenido simbólico-identitario (banderas, mitos, sentimientos de pertenencia, memoria, fraternidades), con capacidad de diagnosticar, cartografiar y confrontar las estructuras que producen desigualdad y los poderes ocultos en los bajosfondos, eso que Gramsci llamaba el “parlamentarismo negro”. El proyecto Miedo que no se agitó cuando se robustecía frente a la criminalización del republicanismo soberanista catalán, el progresismo español estaba instalado en la equidistancia, es ahora inservible. El problema con la caracterización del contenido político de las ultraderechas actuales y de lo que signifique ser de izquierdas no es tanto un asunto de orígenes, como de trayectorias. Por eso, sin pulsión destituyente ni hoja de ruta para abordar los grandes retos democráticos y progresistas (neoliberalismo, monarquía, militarismo, relaciones con otros pueblos, como los del norte de África, anticlericalismo, soberanía política, derecho de autodeterminación…), el proyecto Miedo, la indolencia sobre referencias identitarias y simbólicas y la vaguedad e insulsez programática (“cambiar la vida de la gente”) configuran una resignación defensiva que resulta ya inútil para frenar la extensión hegemónica y cultural de lo regresivo y antisocial e impotente aún más para… cambiar la vida de la gente.

1 El Brexit y el “fin” de la globalización. Miguel Urbán Crespo. https://www.elsaltodiario.com/brexit/fin-globalizacion