Artesanías cofrades en Andalucía: a propósito del valor de los bienes simbólicos

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El ayuntamiento de Sevilla acoge en estos días, y hasta el Domingo de Resurrección, la exposición Sevilla Fecit, que exhibe distintas obras de hombres y mujeres especializados en artesanías cofrades[1], sobre las que aquí reflexionaré en tanto que bienes simbólicos, dada la importancia que en Andalucía tienen tanto la Semana Santa como fiesta colectiva, cuanto los propios talleres artesanos.

En primer lugar es necesario advertir que el rubro “artesanías cofrades” recoge un sinfín de actividades: diseñadores, carpinteros, ensambladores y ebanistas, charolistas, estofadores y policromistas, orfebres, bordadoras, pasamaneros, bolilleros, cordoneros, tallistas, imagineros, doradores, cererías, músicos, floristas, pero también priostes y sus ayudantes, la “gente de abajo” (costaleros, cargadores, hombres de trono), encendedores, las artesanías dedicadas al ajuar del nazareno. Solo esta retahíla nos permite hacernos una idea de la importancia de los oficios, los conocimientos, procesos de transmisión cultural que, históricamente y tras varios siglos de consolidación, primero en gremios, después en talleres autónomos, se han ido constituyendo en los pueblos y ciudades de Andalucía, en relación a actividades cultuales de distinto tipo, siendo especialmente importantes las de Semana Santa.

En primer lugar, definiremos el procedimiento artesanal, siguiendo a Hannah Arendt[2], como aquel en el que el hombre concibe y domina el proceso de fabricación, gracias a ideas, a saberes, a destrezas aprendidas, con la ayuda de útiles que podemos entender como prótesis, prolongaciones que sabe usar para ponerlas ponen a su servicio. A diferencia de los bienes producidos por el metabolismo industrial, en el que el trabajo se convierte en actividad crecientemente masificada y descualificada, intercambiable y cuyo producto, desechable, se agota en el acto de consumo, artistas y artesanos permanecen en el mundo contemporáneo como creadores de bienes con el que contribuyen creativamente al artificio del mundo. El trabajo de la artesanía cofrade se caracteriza, entonces, por aprovechar la materia del mundo –tejidos, metales, madera, cera, flores o cualesquiera que el propio hombre sea capaz de crear- para producir un nuevo bien que hace el mundo más diverso, no con el sentido de un consumo que lo agote, sino con el de hacer recrecer un patrimonio común, en el que los elementos felicitarios de la vida –aquellos mediante los cuales nos reconocemos como humanos porque nos permiten disfrutar, vivir, gracias a nuestras convicciones y a nuestra voluntad de conectarnos en el mundo- son los que pasan a primer plano, gracias a cualidades estéticas, simbólicas, o cualesquiera otras que emplazan a los humanos a seguir viviendo en el artificioso mundo que ellos mismos han creado. El producto del artista, del artesano, debe ser un fin en sí mismo.

En segundo lugar, hemos de conocer la compleja trama de valores culturales que acompañan a estos bienes: los que tienen que ver con el significado cultual, pero también con su dimensión estética. Los valores que se relacionan con unos conocimientos y habilidades especializados, compartidos entre todas las manos que, colectivamente, van construyendo ese bien simbólico a lo largo de la biografía de cada objeto. El producto que observamos deviene en mercancía solo en un momento concreto, y luego se reintegra de nuevo en un contexto ritual en el que recobra todo su sentido. Y es verdaderamente difícil trasladar la urdimbre de valores cualitativos, con un acendrado sentido moral, a un valor cuantitativo, meramente mercantil. Ese traslado es complejo debido a que los objetos de artesanía se asemejan a los dones, los objetos de culto o los bienes de lujo. Cuando hablo de dones me refiero al hecho de que los artesanos –de nuevo sus manos, sus habilidades, los materiales que sabe elaborar, pero también su fe- están incorporados en su objeto, formando parte del mismo: en cierta medida, regalan algo de sí en cada producto. El conocimiento y el hacer del artesano, por tanto, acompañarán siempre al bien, y mientras mayor sea el prestigio del creador, mayor lo será el del bien, y con ese apellido circulará en el mundo social. Así, el valor no está sólo en el objeto mismo, sino en las relaciones que le sirven de cauce y contexto y en las personas que sostienen esas relaciones.

Al referirnos a bienes de lujo, siguiendo a Arjun Appadurai[3], queremos decir que a) son enseres que circulan en ámbitos restringidos; b) disfrutan de “virtuosidad semiótica” (son capaces de emitir mensajes complejos); c) se necesita un conocimiento especializado para participar en sus transacciones y en su disfrute; y d) mantienen una relación intensa con el cuerpo, la persona o la personalidad del creador, de los creadores.

En tercer lugar, al afirmar la condición de bienes simbólicos para las artesanías, no basta, siendo importante, con que imaginemos el proceso de creación de los objetos: es necesario comprender lo que ocurre a continuación, una vez que el bien sale del taller. Desde esta perspectiva, el culto procesional de la Semana Santa se entiende como coalescencia de múltiples conexiones y urdimbres que unen al artesano con el resto de actores del ceremonial; una extraordinaria obra coral que se caracteriza por su perdurabilidad, más importante en su significado que en su materialidad, que surge de un esfuerzo colectivo. Mediante el disfrute durante el rito, esta sinfonía imperfecta no termina, sino que debe ser renovada en otro momento, un instante continuo que nos devolverá al eterno presente en el tiempo sagrado de la fiesta.

Una última nota a nuestros gobernantes. Independientemente de nuestras creencias y de nuestra relación con la Semana Santa como rito colectivo, es inevitable considerarla como manifestación plural y deberíamos ser conscientes de su singularidad. Las artesanías que sirven de soporte a esta manifestación, y el mismo contexto socio-simbólico de la Semana Santa, detentan este valor de construcción colectiva, de testimonio de inmaterialidades que tienen la posibilidad de religarnos, de vincularnos a una historia, a un territorio, a un grupo social, a unos valores compartidos. Cualquier aproximación que no tenga en cuenta estos elementos, especialmente cuando pretendemos promocionarla de cara a su traducción en valores monetarios (vía turismo, por ejemplo) supone, amén de desconocimiento, no tener en cuenta sus cualidades.

[1] Fernández de Paz (Dir.) (2003) Arte y Artesanías de  la Semana Santa Andaluza.  Editorial Tartessos, Sevilla. 9 volúmenes.

[2] Arendt, Hannah (1996), La condición humana. Editorial Paidós, Barcelona

[3] Appadurai, Arjun (ed.) (1986), La vida social de las cosas. Perspectiva cultural sobre las mercancías. Editorial Grijalbo, México, D.F.