Bendita Fiebre

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Este fin de semana se ha celebrado en Espiel, Córdoba, la primera edición de un nuevo festival flamenco llamado «Fiebre del Cante». Así se presentaba en su web: “La Fiebre tiene formato de festival, con conciertos desde el viernes noche hasta la madrugada del sábado al domingo. También habrá charlas, jam session y hasta un mercadillo en el que puedes participar (…). Después de los conciertos organizaremos sendas pinchadas de flamenco y lo que surja. Llamadlo rave, si queréis. O fiebre del sábado flamenco. Existen diferentes opciones de alojamiento: acampada o furgoneta, camas y literas en refugio, habitaciones con literas y hostales en los alrededores. Durante el festival habrá una cantina abierta con comida y bebida a precios populares. Puedes traerte de casa lo que quieras, por supuesto.” Nos quedó claro, a la gente que allí estuvimos, que es un nuevo festival flamenco en el que prima el valor de uso al valor de cambio. Es decir, el hecho cultural flamenco por encima del lucro monetario. Dato claro en este sentido: ¡no había taquillas, no había control de acceso!

El sábado, el que suscribe, participó como componente de “Flamenconomía. Nociones de economía y otros cantes.” Además, en el festival se pudo asistir a la presentación de un libro titulado «Contra el flamenco», u oír, en un corro, a un pedazo de acordeonista como Pedro Lopeh (uno de los «irresponsables» de esta bendita locura) tocando un éxito de Camarón. Pero además no faltó el flamenco más ortodoxo, de artistas en el escenario, y de asistentes o público que se arrancaban en cualquier rincón por bulerías, o lo que hiciera falta. Como escribió la asistente Rocío Niebla en los comentarios en redes tras el festival: «la amistad me pone por bulerías el corazón.» Cosa más bonita.

Desde aquí doy gracias a los organizadores que creyeron que Flamenconomía, algo difícil de etiquetar, tenía allí un hueco. Era un espacio en el que todo estaba regado y abonado para que pudiéramos alcanzar nuestro principal objetivo: transmitir, intentar hacer sentir, razonamientos sobre socioeconomía en clave flamenca. La cantina de la antigua estación de tren se convirtió en un lugar mágico en el que veía cómo se escapaban preciosas lágrimas de asistentes mientras Sara Holgado cantaba los «fandangos del parné» o las «peteneras de Andaluzas de»; David, el DJ Ion din Anina (hay flamencos pa to, por suerte), que actuaría por la noche, «flipaba con las bases electrónicas» de Jose Alcántara; el personal se situaba en la Puebla de Cazalla de los 70 cuando nuestra flamencóloga-flamencónoma morisca, Ana Ruiz, recitaba con nuestro (su) acento a Moreno Galván; o había un momento de subidón emocional con «Andalucía Residente», nuestro modo a lo «René» de expresar cómo es-está nuestra Andalucía.

Una reunión flamenca sin jerarquía

Hace unas semanas escribí unas letrillas para introducirlas en próximas versiones de este «Andalucía Residente». No las cantamos en Espiel. Ya caerán. Dicen así:

«Somos una gran caseta de feria privada. Ofreciendo a escondidas nuestra carne explotada.»

«Lugar de ofrendas a la desigualdad. De vivas y oles a la diferencia social.»

«De fiestas y misas a la jerarquía. Pero, también, de impenitentes insumisas a estas alegrías.»

La Fiebre del Cante ha sido todo lo contrario de esa Andalucía de caseta de feria privada. El festival ha nacido como un lugar de «impenitentes insumisas a estas alegrías» con base en la desigualdad, la explotación, lo privado. La Fiebre ha sido una reunión sin jerarquía donde se han dado vivas y oles a las y los iguales.

No tiene precio, ni podrá tenerlo. Lo que sentimos en espacios y experiencias comunitarias como la de este fin de semana no puede cuantificarse con ese equivalente general llamado dinero. No hay forma de medir la emoción de poder hacer sentir la realidad socioeconómica que ha vivido y vive nuestra gente; el verdadero fin de ese flamenco de y para el pueblo que nos enloquece y nos hace tener benditas Fiebres.

Larga vida a la Fiebre del Cante. Larga vida al flamenco que dice, que no está en venta, que nos hace sentir nuestra realidad y, así, a nosotras mismas. En épocas de tanta virtualidad, espacios de contacto y comunidad como el vivido en esa antigua estación de tren de Espiel es la mejor forma de darnos cuenta de que somos, que estamos vivas, y, así, reencontrarnos con nuestra capacidad de hacer, llorar, reír, bailar, cantar, transformar(nos). En fin, de sentir, en comunidad, con y por otras.