Carnaval te quiero

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En el Facebook de Antonio Rivas Cabañas, un carnavalero gaditano reputado, he visto un enlace a una noticia del Diario de Cádiz donde habla de los efectos positivos del carnaval gaditano, acompañado de una escueta pero significativa frase que dice: “Estas son las noticias que convienen resaltar, y no cuantas toneladas de basura se recogen”. Refleja la incomprensión hacia un sector de la población que rechaza esta fiesta. Para muchas personas, entre las que me encuentro, el carnaval es un acto festivo inconmensurable, pues es una manifestación de la cultura popular, del pueblo llano que se realiza en la calle. A priori nos cuesta entender las razones de lo que se posicionan en su contra.

El carnaval es invertir la situación social y política durante un tiempo, es utilizar la crítica para denunciar lo que durante el resto del año no se puede, es utilizar la libertad para vivir como en el resto del año no se hace. Hay que conocer su origen medieval, como algo temporal y previo a la llegada de la Cuaresma para entenderlo. También todas las cortapisas que tradicionalmente el poder le ha impuesto y todas las batallas que con él ha tenido y sigue teniendo. Como dice Alberto Ramos Santana: “Tengo para mí que la historia del Carnaval es la historia de una lucha por la libertad, o lo que es lo mismo, de una lucha por la supervivencia”.

El carnaval se caracteriza por la participación. En sus mejores momentos no hay espectadores, sino los que asisten a él son los protagonistas. Público y actores no se diferencian, son la misma entidad. Eso explica que en las cabalgatas una de las frases más coreadas sea eso de “vosotros mirones, bajad de los balcones” o los interminables e innumerables conflictos con aquellas personas que están escuchando a las agrupaciones y no lo hacen con la suficiente atención “tras cuatro meses de privaciones y esfuerzos en los ensayos”, o “esto es carnaval” tras la actuación de una agrupación para expresar su satisfacción. Esa participación activa de las clases populares hace que entre sus coplas menudeen las letras picantes, soeces, escatológicas, sexuales…también los temas sociales y la crítica política.  Lo que para determinados sectores conduce a considerarlo una manifestación de segundo orden, banal y superficial. Que ciertos términos tengan un significado despectivo como chirigota (algo sin fundamento) o comparsa (algo sin importancia) se explica en este contexto.

Para esos mismos sectores el concepto carnaval implica desorden, anarquía, falsedad, hipocresía, simulación, pamplina… Mariano José de Lara publicó en 1833 en El pobrecito hablador el famoso artículo: “El mundo todo es máscaras: todo el año es carnaval”. En él defiende que la sociedad es hipócrita, que nada es lo que aparece y que las apariencias engañan, igual que en carnaval. El carnaval utiliza para realizarse una serie de herramientas que lo identifican y caracterizan. En primer lugar, el disfraz. Este facilita la posible ocultación, el elemento lúdico, el apartado creativo y, sobre todo, la participación popular… El segundo elemento es la risa. Esta se opone a la seriedad oficial, permite una visión jocosa y lúdica de la vida, alienta un alegre relativismo y es un antídoto contra el miedo y la represión. “La risa mata el miedo, y sin miedo no puede haber fe, porque sin miedo al diablo ya no hay necesidad de Dios”. La frase aparece en el “El nombre de la rosa”, de Umberto Eco, se la dice el Venerable Jorge de Burgos a Guillermo de Baskerville. Ello se completa con la teatralidad y la música. Se trata de abusar de la exageración, de las palabras “malsonantes”, de lo popular, de eufemismos, de la ironía, de los dobles sentidos, del juego de palabras, de las ocultaciones, circunlocuciones y disimulos que crean un micromundo propio muy rico.

Hay gente que no le agrada el carnaval porque lo consideran “bajuno”, propio de clases inferiores y siempre como una manifestación incorrecta e irreverente. Expresan su rechazo y reflejan su recelo de diversas formas. Los entiendo y respeto. Se trata de posicionamientos ideológicos. En momentos propicios para la libertad estos grupos disminuyen su influencia, en los malos aumenta hasta poder llegar a prohibirlo, como pasó en el franquismo. Pero ahora que acaba de pasar esta fiesta popular, participativa y libre yo quería aprovechar este artículo para decirle otro himno carnavalero: “Carnaval te quiero” y de paso intentar explicarme porque hay una corriente de la población, que fluctúa pero que no desaparece, que intenta despreciar y devaluar el mundo del carnaval.