Cultura, turismo e inversiones

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Dudaba este mes si escribir esta colaboración sobre cómo nosotros mismos nos hemos cargado eso de las tapas. Ese invento, no tan antiguo como algunos quieren hacer ver, pero sí lo suficientemente viejo como para que forme parte de nuestra vida social. Eso sí con grandes diferencias. Ahora han sido sustituidas por los platos para compartir y han servido para que por menos de cinco euros sean pocos los sitios donde puedas tomar una. Pero diversas noticias culturales institucionales me han hecho cambiar de idea.

También venía observando que cada vez más la isla en la que se encuentra Gadir, la actual Cádiz, ubicación del templo de Melkart aparte, se parece a eso, a que es una isla pegada a la costa andaluza tanto por su geografía como por su consideración. A veces recuerda a una Ceuta o Melilla en territorio geográfico marroquí, o a un Gibraltar considerado más roca que peñón.

La vieja Gades se ha convertido en un lugar del Sur en el que incluso por alguna empresa de cruceros se le ha robado su muelle para convertirlo en puerto de Sevilla. Y qué decir de mesetarios, madriles y otros para los que es una playa estupenda del Sur (toda Andalucía lo es) que lo sería aún más si no soplara el levante que te puede arruinar la inversión veraniega de más de mil euros por quincena y si los lugareños además de graciosos y acogedores fueran más serviciales y menos vagos. El tópico queda configurado en torno a un Cádiz en donde hay mucha gente con arte (consideración también extensible a Andalucía) y se viene a patear (y muchos a otras cosas más no tan edificantes) sus calles durante los “carnavales” donde reina la libertad más absoluta (entendida al modo ayusiano).

Lo que ocurre no es algo exclusivo, sino que corresponde a un fenómeno por el que cada vez más se está concentrando la actividad económica, social y demográfica en unos pocos lugares a costa de otros. Todo ello por encima de las modalidades administrativas que adopten los estados. Sean el centralista francés o el autonómico hispano. Da igual que sea París que Madrid.

Pero, como en todo en la vida, hay clases. El fenómeno tiene diferentes escalas. Si Madrid es España y España es Madrid, en Andalucía, casi una Portugal, es Sevilla, y un poco más que Málaga que todavía resiste al modo Lisboa/Oporto, quien es Andalucía y Andalucía es Sevilla. El resto, con su escalafón también, es el más allá que asume papeles especializados. Si Granada o Córdoba pueden tener un cierto papel cultural, ¡quién no conoce la Mezquita o la Alhambra (recuerden el monumento más visitado), a Cádiz le ha sido asignado con plena aceptación por cierto desde hace décadas por su propia sociedad, el papel del turismo de sol y de playa que, afortunadamente, de momento es familiar y no tiene ribetes mayoritarios tipo Magaluf y similares. Además de convertirse en un foco de especulación inmobiliaria.

Así que, por ejemplo, la ampliación de su Museo de Bellas Artes duerme el sueño de los justos desde hace ¿treinta años? La reforma de la cercana Casa Pinillos se ha convertido en otro contenedor semivacío de los que tanto abundan en una ciudad que tiene espacios e historia para regalar y a los que sólo se les mira en función del turismo. Todavía resuenan los ecos de las noticias sobre la actual situación del antiguo edificio dieciochesco del hospicio. Abandonado tras el desalojo de los movimientos sociales que lo ocuparon. Todo lo más se realiza una inversión significativa en el museo del Carnaval que esperemos no se convierta en una enorme peña. Es como si se dedicaran las atarazanas sevillanas a un museo de la semana santa, bar de capillitas incluido. Es lo que creo puede pasar (y espero equivocarme) con el palacio de los Rancaño.

Décadas llevan los vecinos galos intentando dinamizar los lugares precarios mediante la instalación de importantes equipamientos culturales. Pienso en el traslado a la periferia de sus archivos nacionales. Por aquí parece que el proceso es contrario. Se tiende a reforzar los entornos más poderosos y marginar a los más débiles. Parece que se busca que Cádiz se convierta exclusivamente en la playa de andaluces, mesetarios y jubilados europeos. Bien para estancias más o menos cortas o como lugar de residencia, mayoritariamente no habitual (pienso en Amsterdam). Acabada la industria de la Segunda Revolución Industrial (astilleros, aviación, automóviles), reducido al mínimo el comercio (puerto, establecimientos autóctonos) solo falta cerrar la especialización turística en playa, sol y gracia carnavalesca.

Lo dicho una Ceuta o un Melilla de unos 80.000 habitantes. O en el mejor de los casos el barrio de la playa de Sevilla.