Desde la educación: democracia frente al fascismo

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El fenómeno del neofranquismo de VOX ha sido analizado desde diferentes puntos de vista. Politólogos, sociólogos, economistas, historiadores, … se han asomado a las tribunas públicas para explicar, desde su ámbito, como especialistas, el resurgimiento de una opción política que adormecía entre bambalinas y que, por diversos motivos, ha saltado a la palestra, utilizando para colmo los escaños del Parlamento andaluz.

A pesar de esa gran cantidad de argumentos y explicaciones, el análisis de la situación debe encontrar también respuestas desde la Pedagogía y, más concretamente, desde la política educativa. Considero que la democratización de un país pasa también por su sistema de educación, y desde la década de los ochenta, en Andalucía y España, se ha perdido la oportunidad de consolidar los valores democráticos desde los colegios. Es decir, la aparición del fascismo en nuestro Parlamento también debe explicarse porque en los cuarenta años de gobiernos autonómicos se ha perdido la oportunidad de fortalecer la democracia en y desde las escuelas. En este caso no me refiero tan sólo a la inclusión de asignaturas y contenidos nuevos. La educación no se puede simplificar de esa forma. Los problemas sociales no se suelen arreglar tan sólo incluyendo asignaturas. El sistema educativo es algo más complejo.

Existen numerosos ejemplos sobre cómo la Consejería de Educación de la Junta no ha apoyado actuaciones para que los colegios andaluces gocen de un clima plenamente democrático, y sean ejemplos donde se ejercite la democracia radical. Por razones de espacio, veamos sólo uno de ellos.

La escuela debe convertirse en un escenario de ejercicio democrático con el aprendizaje colaborativo y participativo entre docentes, familias y estudiantes. Pero esto no sucede. Sobre el papel, en la normativa, todos los derechos y deberes de estudiantes y familias diseñan un espacio de trabajo entre iguales, implicados en la formación de las jóvenes generaciones. Sin embargo, la distancia real entre los miembros de toda la comunidad educativa, en general, es muy amplia. Los datos cuantitativos más relevantes demuestran la escasa presencia de madres y padres o tutores en la vida cotidiana de las aulas andaluzas. Una muestra: la participación en las elecciones a consejos escolares en nuestro país raramente supera el 30% del censo. ¿Imaginan que ocurriera igual en los próximos comicios del 28 de abril?

La inserción de las familias en la gestión de los aprendizajes de los estudiantes es una herramienta activa, más que demostrada, para consolidar la formación en democracia, y así manifestar la validez de esas prácticas: se ejercita el consenso, el diálogo, la empatía, la participación constructiva, la integración, la inclusión de todos/as, las diferencias se entienden como un logro y no como un obstáculo.

Familias y docentes deben trabajar codo con codo y no recelar los unos de los otros. Los padres y madres deben acudir al centro escolar para algo más que sólo pedir cuentas al educador por las notas de un examen. Eso no es participación democrática. Tampoco es colaboración pedir una cita al tutor/a para recriminarle por el “muy injusto” castigo impuesto a nuestro niño/a. Pero, todo ello ha quedado sobre el papel.

Las pocas experiencias existentes -las comunidades de aprendizaje, por ejemplo- no se han generalizado, porque no se ha informado, preparado e incentivado desde la Administración. Muy probablemente por dejadez, por falta de voluntad política o simplemente porque se creía que el sistema democrático ya estaba plenamente asentado y no era prioritario. Se podrían exponer más ejemplos, insisto, pero no hay espacio para profundizar más.

Lo cierto es que la educación -la escuela- juega un papel muy relevante a la hora de formar a los ciudadanos y experimentar el ejercicio de la democracia. Este asunto representa aún una asignatura suspensa o pendiente, aunque como todos los suspensos, todavía se puede aprobar en las convocatorias extraordinarias. No debemos olvidar que el espacio dejado por una democracia timorata, confiada, moderada, conservadora y reticente, lo ocupa el fascismo. Y aquí, en Andalucía, ya lo estamos contemplando en primera fila.