El incómodo inquilino de la Macarena

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Cuando llegué a Sevilla en 1989 me instalé en un barrio de Triana que todavía
mostraba su cariz popular con numerosos patios y corrales de vecinos, y multitud de
tabernas y comercios de cercanía, incluyendo el antiguo mercado de abastos junto al
rio. Apenas llevaba unos meses, cuando fui testigo en el barrio de un hecho que me
resultó muy revelador. Fue una tarde del otoño avanzado –tiempo del mosto del
Aljarafe–, en la hoy desaparecida taberna Macario, en la calle Procurador, convertida
en lugar habitual de encuentro de vecinos, mayoritariamente hombres ya jubilados.
Estaba con un amigo muy bético y macareno, de los que se pavonean de que sus
padres lo hicieron socio del Betis y hermano de la Macarena antes de inscribirlo en el
registro civil, lo que le otorga ya de por sí el alto grado de sevillanía de la que
presumía. Me contaba estas cosas cuando interrumpe un hombre de rostro curtido y
pelo cano, en esa costumbre tan tabernaria y tan nuestra de entrometerse y
colectivizar la conversación, con una pregunta desafiante del estilo: ¿Qué hace un
macareno como tú en un sitio como este? El disparo dio inicio a una hilarante
contienda en la que entró al trapo el pequeño grupo de parroquianos presentes,
mientras que yo, como forastero –y neófito en estas lides–, no podía hacer otra cosa
que reír a carcajada limpia. Estaba totalmente fascinado con la enorme cantidad de
recursos dialécticos, cargados de ironía, gracejo y guasa, que ambas partes utilizaban
para alimentar el pique, usando siempre a una virgen u otra, erigidas en auténticos
iconos de identificación barrial, trascendiendo toda dimensión religiosa. Pasado el
rato, siempre en un ambiente muy distendido, el hombre mayor se puso serio y dijo
con aplomo más o menos estas palabras –las gruesas son literales: “La Macarena es un
gran barrio, ha sido siempre un barrio luchador, con muy buena gente, pero lo malo es
que tiene a ese hijo de la gran puta allí enterrado”. Mi amigo agachó la cabeza
mientras el resto asentía. Todos menos yo sabían que se refería a Gonzalo Queipo de
Llano enterrado desde 1951 en la Basílica de la Macarena. Por aquel entonces,
conociendo del general golpista sus responsabilidades en la muerte de García Lorca, no
tenía sobre él la consideración como genocida que adquirí después. El viejo
republicano trianero nos habló un buen rato de la resistencia que ofrecieron los
obreros de Triana y la Macarena a las tropas sublevadas de Queipo, y la terrible
represión que sufrió la ciudad. Él fue testigo de aquellas atrocidades y no olvidaba. Por
esa razón, nos decía, jamás había pisado la basílica macarena. Actitud que después he
encontrado en otras personas con biografía similar e, incluso, en gente más joven con
fuertes convicciones.

Mi amigo y yo salimos de la taberna muy impresionados, relatando, como estudiantes
de Geografía e Historia que éramos, sobre aquella lección ejemplar que difícilmente
podríamos recibir de algún profesor de la facultad. La represión fascista era un tema
tabú al que la Academia no solo no le metía mano, sino que ponía trabas a su
investigación, tal como ha denunciado en diversas ocasiones el historiador Francisco
Espinosa, uno de los pioneros en los estudios de este campo. Este autor, en el año
2000, editó por sus propios medios una de sus obras más emblemáticas con el título La
Justicia de Queipo: Violencia selectiva y terror fascista en la II División en 1936. Sevilla, Huelva, Cádiz, Córdoba, Málaga y Badajoz. Dos mil ejemplares que volaron de las librerías
en poco tiempo sin más campaña que el boca a boca. Se llegó a programar una
presentación del libro en la Casa de la Provincia de la Diputación de Sevilla, gobernada
por el partido socialista, que no llegó a efectuarse. Alguna mano oscura censuró el
acto. El libro fue reeditado por Crítica en 2005, con prólogo de Paul Preston, y tuvo un
alcance mucho mayor.

Cuadro de Queipo de Llano en el Círculo de Labradores de Sevilla.

La irrupción del memorialismo los primeros años del milenio, espoleado por los
avances de la investigación histórica sobre la represión en Andalucía, ha servido como
fuerza impugnadora que cuestiona el lugar público que ocupa en Sevilla Queipo de
Llano. Durante décadas ha gozado de un lugar honorable, ante un desconocimiento
ciudadano generalizado fruto de la imposición de un silencio y olvido cómplices. Sin
embargo, existía una memoria indignada que, como la del viejo republicano de Triana,
solo podía emerger en pequeños corrillos.

Conforme se ha ido extendiendo el conocimiento sobre la acción criminal de Queipo
–el otro día, Francisco Vigueras, nos recordó en este Portal parte de su sanguinario
Currículum –, su figura se ha tornado incómoda, en tanto que el silencio ya no lo
legitima. El debate sale de los pequeños ámbitos y se hace mediático. La acción
memorialista logra sus primeras victorias. El Ayuntamiento de Sevilla, por iniciativa del
grupo municipal de IU y con la unanimidad del resto, PSOE y PP, retira a Queipo en
2008 el título de hijo adoptivo y la medalla de la ciudad. Un año después, la
hermandad macarena borra de la lápida las alusiones militares y golpistas y prescinde
del fajín de Queipo que la virgen exhibía en las procesiones. Aunque esta no es una
decisión definitiva y visto lo ocurrido esta última semana santa con la hermandad del
Baratillo, cuya virgen ha salido con un fajín de Franco, en una claro desafío provocador,
tal como denuncia Isidoro Moreno en un artículo en Diario de Sevilla, la posible
regresión es una realidad a contemplar.

La basílica macarena no constituye una excepción, ni mucho menos, en lo relativo a
que la Iglesia dé cobijo a un personaje de indigna moralidad. Existen multitud de
templos a los largo y ancho de la cristiandad donde cohabitan –y se veneran– a
víctimas de torturas, como fueron los mártires del cristianismo de los primeros
tiempos, con torturadores (inquisidores) y señores de la guerra históricos, hasta
tiranos contemporáneos. El hecho de que Queipo ocupe lugar destacado en uno de los
templos más emblemáticos y visitados de la ciudad, es entendido por el memorialismo
como signo de exaltación de la dictadura franquista y, por tanto, incompatible con la
Ley de Memoria Democrática de Andalucía todavía en vigor. De ahí surgen las críticas a
las instituciones públicas (Junta de Andalucía y Ayuntamiento), por la inacción o
excesiva lentitud que han mostrado porque se haga cumplir la ley, y se exija a la Iglesia
y a la hermandad la retirada inmediata de los restos del genocida. También, existe una
corriente, más minoritaria, en la línea de “allá la Iglesia con sus muertos”, que
considera que la decisión compete a la comunidad católica concernida, que debe
mostrar de manera pública su vergüenza por la cohabitación en la basílica de iconos
sagrados con un asesino de masas.

En cualquier caso, la protesta frente a la basílica, ahora con una plaza recién
urbanizada, se ha convertido en el mejor instrumento para vehicular un clamor
popular que se va extendiendo. La plaza, erigida en lugar de la memoria, ha sido
escenario de múltiples acciones reivindicativas, que son vivas expresiones de
impugnación al fascismo y de rememoración de las víctimas. Desde aquella
espectacular performance protagonizada en 2013 por colectivos feministas, llamada
las mujeres no olvidamos, hasta las concentraciones, ya ritualizadas, como la que se va
a celebrar el próximo 18 de julio convocada por una diversidad de entidades
memorialistas y republicanas.

Acción «Las mujeres no olvidamos, 1936-2013». Arco de la Macarena
(24/05/2013).

El debate sigue abierto y más enconado que nunca. ¿A quién corresponde –o debe
corresponder– la decisión de retirar los restos del genocida? El anterior gobierno
andaluz dilató la decisión durante años sin progreso alguno, y al actual este tema no le
interesa. La jerarquía eclesiástica, fiel a su estilo, da la callada por respuesta. La
hermandad no se atreve a afrontar el problema con determinación y, propone como
futurible, si la familia acepta, la posibilidad de trasladar los restos a un columbario de
próxima construcción. Mientras tanto, la inmensa mayoría de líderes de opinión del
amplio espectro conservador local, con enorme ascendencia en el mundo cofrade, han
adoptado posiciones que van desde una equidistancia perversa, hasta la defensa más
obscena del genocida. El ejemplo más palmario, la columna escrita por el laureado
periodista y pseudohistoriador sevillano, Nicolás Salas, en el Correo de Andalucía
en septiembre de 2017, pocas semanas antes de fallecer, titulada, por si hubiera
dudas, Queipo de Llano en la Macarena. Es descorazonador ver –no digo ya
analizar– el argumentario de este grupo de presión, carente de todo sentido
democrático, sin atisbo alguno de humanitarismo y empatía a las víctimas y
amparándose, a sabiendas, en falsedades históricas más que desmontadas. Desde
sus retorcidas miradas, entienden que cualquier cesión es claudicar ante la “izquierda
bolchevique”, y otorgarles ahora la victoria que no tuvieron en 1936 gracias a Queipo.

Bajo estas circunstancias, con un contexto político más desfavorable, se hace más
precisa que nunca la movilización y la divulgación de la verdad histórica. Hacer saber a
la ciudadanía quién es el personaje que custodia a uno de los iconos más populares de
Sevilla con el título de “Hermano mayor honorario”.